La ciencia y el relato



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Los datos de los últimos tiempos del Conicet justifican la sensación de optimismo que reina entre los agentes involucrados y en la opinión pública. Salarios satisfactorios, subsidios adecuados para la investigación, crecimiento y mejora de la infraestructura se corresponden con un aumento importante del presupuesto que le viene siendo asignado a la ciencia desde hace varios años. El principal organismo encargado de la formación de recursos humanos para la investigación científica y sus aplicaciones está mostrando los frutos de una correcta elección estratégica acompañada por una inversión pública sostenida. Lamentablemente esa realidad estimulante se ha visto, como suele ocurrir entre nosotros, oscurecida innecesariamente por afanes políticos. Un video emitido por el organismo para celebrar sus 55 años viene siendo objeto de rechazos y críticas por parte de integrantes de la comunidad científica. Entre varias manifestaciones se leyó días atrás en “La Nación” una nota firmada por Hilda Sabato bajo un título certero: “La épica del relato llegó a la ciencia”. La prestigiosa investigadora sostiene que en su relato y en su formato este video distorsiona el pasado. Que es falso y engañoso, por ejemplo, presentar la creación del organismo en continuidad con las políticas del primer gobierno de Perón, soslayando que el Conicet (al igual que el INTI y el INTA) se fundó en tiempos del gobierno de facto de Aramburu. Todavía más engañoso, dice, es el hecho de que prácticamente descarta el intenso proceso de reconstrucción del Conicet emprendido en 1983 y minimiza, en consecuencia, el cambio sustantivo que se produjo en esa etapa. Ocultando esta historia el gobierno quiere presentarse como una especie de “refundador” del organismo científico y vestirse con galas de ejecutor de políticas ejemplares y originales. “Se inventa un relato en el que los Kirchner aparecen como los únicos héroes”. Quiero agregar que hay hasta documentos para objetar esta propaganda oficialista desde el punto de vista de la justicia histórica. Si faltase el recuerdo de lo que pensó su fundador eminente Bernardo Houssay o lo que propusieron argentinos ilustres como Enrique Gaviola y Jorge Sabato, tenemos un libro en el que Manuel Sadosky dejó la memoria institucional de su período al frente de la Secretaría de Ciencia y Técnica. Se titula “Memoria crítica de una gestión 1983-1989” y contiene a lo largo de 150 páginas una reseña de los logros alcanzados en el sistema científico-tecnológico y particularmente en el Conicet durante un período en el que no se estuvo, como se está ahora, precisamente en un lecho de rosas presupuestario. Contiene también, bajo el título “Nuestro ideario”, reflexiones personales del autor fundamentadas en un incoercible optimismo “a la Sarmiento” sobre el futuro del país. Una de ellas, por ejemplo, expresa: “Se necesita un pensamiento público riguroso. Hace unos años se puso de moda sustituir el pensamiento riguroso por un pensamiento ‘popular’, como si fuera pertinente para nuestra sociedad que los razonamientos sean torpes y las conclusiones aproximadas. Para poder plantear políticas que sirvan es imprescindible partir de datos fehacientes, elaborarlos de acuerdo a normas serias y sacar las conclusiones que deben ser y no las que querríamos que fueran”. La nota de Hilda Sabato dio ocasión para una respuesta periodística del actual presidente del organismo. En “Un Conicet fortalecido” del 11 del corriente Roberto Salvarezza brinda una valoración oficial de los cambios e insiste en lo que cuestionó sustantivamente la historiadora, una actual “refundación” del organismo. Da números: se ha aumentado la cifra de investigadores y becarios desde 3.600 y 2.400 en el 2002 a 7.600 y 9.100 respectivamente en la actualidad. De 80 centros de investigación que existían se ha pasado a 192. El presupuesto para infraestructura alcanza ahora a casi 300 millones de pesos. Éstos son ejemplos de un crecimiento ininterrumpido del organismo en el período 2003-2013. Expresa, luego de dar otras cifras y estadísticas sobre avances, que en ellos “destacan los esfuerzos sin precedentes realizados a partir del 2003 que significaron sin duda la refundación de nuestra institución”. No es lo único objetable en sus argumentos. En primer lugar porque, al no estimar cambios probables del contexto socioeconómico (un “ajuste” repercute, antes y más que en ninguno, en un sector científico quizá sobredimensionado), no atienden a una mínima prudencia de futuro. En segundo término, porque se analiza la trayectoria del Conicet según un arbitrario período homogéneo de 20 años (1983-2002) –al que califica de “desinterés del Estado en el desarrollo de la ciencia y la tecnología”– sin distinguir entre la administración de Alfonsín, que tuvo claro interés, y la de Menem, que ejecutó –con Cavallo– una política de renuncia al desarrollo científico propio, según lo aconsejado por el Consenso de Washington. La nota concluye con un párrafo curioso, aludiendo a que investigadores argentinos reciben premios en el exterior y que entre el primer Nobel (Houssay) y el segundo (Leloir) que recibió la Argentina (Milstein, quien se formó aquí, no cuenta porque lo consiguió afuera pero quizá porque lo obtuvo en 1986, gobierno radical) “tuvimos que esperar 23 años”. Manifiesta que “sería injusto pretender que tan sólo en diez años de recuperación del Conicet tuviéramos un reconocimiento de tal nivel”. La última nota, hasta ahora, de la saga del famoso video. Días pasados Mario Barletta, presidente de la UCR, dirigió una nota al ministro Lino Barañao en la que manifiesta su malestar por el video sobre el Conicet en el que se resume la trayectoria de la institución. Sin aludir a la extraña cronología elegida como fecha aniversario, lo conceptúa, en virtud de sus juicios y de sus olvidos, como un ejemplo de crónica sesgada y un caso típico de propaganda en un período electoral. Evidentemente, la épica del relato es incansable en olvidar la historia. (*) Doctor en Filosofía

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)


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