La complicidad del Estado
Según Hebe de Bonafini y quienes están procurando desvincularla del escándalo que ha estallado en torno a la empresa constructora de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, los hermanos Schoklender son estafadores, cabecillas de una banda que logró amasar una fortuna multimillonaria defraudando al Estado. Parecería que están en lo cierto, pero para hacerlo los acusados habrán necesitado contar con la complicidad o, cuando menos, la negligencia de muchos funcionarios y, es de suponer, de algunas Madres también. Sea como fuere, con el propósito de minimizar el daño a la reputación de la línea de Madres de Plaza de Mayo que lidera Bonafini, los voceros del gobierno nacional están procurando hacer pensar que ellas también fueron víctimas inocentes de las maniobras de Sergio y Pablo Schoklender. El ministro de Planificación Julio De Vido jura estar dispuesto a poner “las manos en el fuego por Hebe”, dando a entender así que a su juicio no tuvo nada que ver con las irregularidades que se han denunciado, pero si bien puede argüirse que a los hermanos les habrá resultado fácil engañar a las Madres que, sería de suponer, carecían de experiencia en el mundo a veces turbio de los negocios inmobiliarios, no debió haberles sido tan sencillo burlarse de los mecanismos de control de las diversas reparticiones estatales, entre ellas el Banco Central, que según se informa no sólo los ayudaron a continuar consiguiendo sumas importantes de dinero sino que también han intentado ocultar datos que podrían perjudicarlos. De resultar ciertas las acusaciones en tal sentido, estaríamos frente a un escándalo aún mayor que el inicialmente sospechado, lo que, dadas las circunstancias, no ocasionaría mucha sorpresa, ya que, como es notorio, el gobierno kirchnerista siempre ha manejado el gasto público conforme a criterios netamente políticos, privilegiando a los supuestamente comprometidos con lo que llama su “proyecto” y boicoteando a los demás, sin prestar atención alguna a las reglas formales. Las protestas motivadas por la discrecionalidad extrema que es característica de la gestión kirchnerista no han prosperado porque en nuestro país es considerado normal que el Poder Ejecutivo aproveche los recursos que maneja para comprar adhesiones, pero parecería que en esta ocasión el gobierno ha ido demasiado lejos, acaso por estar convencidos los encargados de controlar el uso que se hace del dinero público de que a nadie se le ocurriría dudar de la honestidad de todos los vinculados con la Fundación Madres de Plaza de Mayo. De ser así, se equivocaron. Aunque incluso los adversarios del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner siguen esforzándose por separar a las Madres mismas del escándalo protagonizado por el ex apoderado de su fundación, está haciéndose cada vez más difícil creer que ninguna haya sospechado que algo muy raro sucedía. De todos modos, era de prever que tarde o temprano la discrecionalidad politizada con la que el gobierno reparte el contenido de “la caja” que ha sabido mantener atiborrada de fondos daría pie a un escándalo monumental. En todas partes abundan personajes inescrupulosos que, al enterarse de que si obran con astucia podrán hacer de su hipotética militancia a favor de una causa que merece la aprobación oficial una fuente de muchísimo dinero, se pondrán a aprovechar la oportunidad para lucrar, pero en la Argentina hay más que en países en que los organismos del Estado se destacan por su eficiencia. He aquí un motivo por el que no es nada fácil diferenciar entre los militantes kirchneristas sinceros y los simuladores, pero es legítimo suponer que éstos incluyen en sus filas a gobernadores provinciales, intendentes municipales, legisladores, “luchadores sociales”, intelectuales, periodistas, empresarios y otros. Nadie ignora que la “construcción de poder” político siempre se ve facilitada por la existencia de una caja llena, pero mientras que en algunas partes del mundo funcionan controles destinados a impedir que la política termine asemejándose a un bazar caótico en que todo está en venta, parecería que aquí los organismos correspondientes están en manos de individuos tan comprometidos con el “proyecto” gubernamental que están más que dispuestos a colaborar con cualquiera, por cuestionables que sean sus antecedentes, que afirme compartir sus objetivos.