La debacle de Obama

Redacción

Por Redacción

Como era de prever, en San Petersburgo el presidente norteamericano Barack Obama fracasó en su intento de convencer a su homólogo ruso Vladimir Putin y al chino Xi Jinpiang de aprobar, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, un ataque punitivo contra la dictadura de Siria por haber usado armas químicas contra los habitantes civiles de una zona de Damasco dominada por rebeldes sunnitas. También resultaron infructuosos sus esfuerzos por persuadir a los gobernantes de países aliados como Alemania e Italia, además, huelga decirlo, de los latinoamericanos, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que asistían a la “cumbre” del G20 en la vieja capital de los zares. Puede que Obama finalmente logre el apoyo de la mayoría de los legisladores del Congreso de su propio país y que por lo tanto se crea con derecho a castigar, aunque sólo fuera de manera simbólica, al líder sirio Bashar al Assad por los crímenes de lesa humanidad que según los norteamericanos, franceses y británicos ha cometido, pero no le será dado recuperar el prestigio que ha perdido en el transcurso de las semanas últimas. Mientras que para algunos el Premio Nobel de la Paz resultó ser un hipócrita belicista, otros lo ven como un hombre irremediablemente débil que no supo ponerse a la altura de las responsabilidades, a menudo muy ingratas, que son propias del presidente del país más poderoso del mundo. Sea como fuere, parecería que en San Petersburgo se formalizó el fin de una etapa, que duró apenas veinte años, de “hegemonía” estadounidense indiscutible. Después de todo, si la superpotencia reinante no está en condiciones de incidir mucho en lo que está sucediendo en un país pobre y pequeño como Siria, su influencia en el resto del mundo será muy limitada. Puede que Estados Unidos siga siendo capaz de perjudicar económicamente a los que, como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, le parecen hostiles, pero en muchos países, sobre todo los del Oriente Medio, la economía no figura entre las prioridades de los mandatarios ni de los resueltos a derrocarlos. Por lo tanto, es virtualmente inevitable que la sensación, realista o no, de que Estados Unidos ha dejado de desempeñar un papel clave en el escenario mundial, sirva para envalentonar a los más violentos y desanimar a quienes preferirían que hubiera “soluciones políticas” –o sea, pacíficas– para todos los problemas internos. Los más fortalecidos por el fracaso humillante de Obama son Al Assad y su aliado Putin. A menos que el dictador sirio caiga de resultas de una intervención norteamericana, habrá desafiado con éxito al autoproclamado vocero de la “comunidad internacional” y, con la ayuda adicional de sus amigos rusos e iraníes que, además de armas le han asegurado el respaldo activo de la aguerrida milicia chiita Hezbollah, podría aplastar a los rebeldes que, por su parte, cuentan con el respaldo de una coalición sunnita coyuntural conformada por los yihadistas de Al Qaeda y grupos afines, Arabia Saudita, los emiratos del golfo Pérsico y Turquía. Aun cuando a Al Assad le resulte imposible restaurar plenamente la dictadura férrea de antes del inicio de la rebelión, no cabe duda de que se ha visto beneficiado por la debacle protagonizada por Obama. También lo ha sido Putin, quien ya no intenta ocultar el desprecio que claramente siente por el presidente norteamericano. De todos modos, para los pueblos del mundo musulmán, pero no necesariamente para los islamistas, el futuro se ha hecho aún más sombrío de lo que era antes. La ilusión, por irreal que fuera, de que en última instancia una superpotencia ajena podría intervenir para proteger a los indefensos, por lo menos servía para obligar a los muchos señores de la guerra en potencia que están en la región a pensar dos veces antes de perpetrar atrocidades contra la población civil. En adelante, no se sentirán cohibidos por nadie. Sorprendería, pues, que no se multiplicaran los ataques contra minorías vulnerables, en especial contra las cristianas en Siria, Egipto y otros países en los que aún se cuentan por millones, que ya tienen motivos de sobra para sentirse abandonadas a su suerte por sus correligionarios del Occidente, trátese de Obama o de los dirigentes europeos, con la excepción parcial del mandatario francés François Hollande.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 8 de septiembre de 2013


Como era de prever, en San Petersburgo el presidente norteamericano Barack Obama fracasó en su intento de convencer a su homólogo ruso Vladimir Putin y al chino Xi Jinpiang de aprobar, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, un ataque punitivo contra la dictadura de Siria por haber usado armas químicas contra los habitantes civiles de una zona de Damasco dominada por rebeldes sunnitas. También resultaron infructuosos sus esfuerzos por persuadir a los gobernantes de países aliados como Alemania e Italia, además, huelga decirlo, de los latinoamericanos, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que asistían a la “cumbre” del G20 en la vieja capital de los zares. Puede que Obama finalmente logre el apoyo de la mayoría de los legisladores del Congreso de su propio país y que por lo tanto se crea con derecho a castigar, aunque sólo fuera de manera simbólica, al líder sirio Bashar al Assad por los crímenes de lesa humanidad que según los norteamericanos, franceses y británicos ha cometido, pero no le será dado recuperar el prestigio que ha perdido en el transcurso de las semanas últimas. Mientras que para algunos el Premio Nobel de la Paz resultó ser un hipócrita belicista, otros lo ven como un hombre irremediablemente débil que no supo ponerse a la altura de las responsabilidades, a menudo muy ingratas, que son propias del presidente del país más poderoso del mundo. Sea como fuere, parecería que en San Petersburgo se formalizó el fin de una etapa, que duró apenas veinte años, de “hegemonía” estadounidense indiscutible. Después de todo, si la superpotencia reinante no está en condiciones de incidir mucho en lo que está sucediendo en un país pobre y pequeño como Siria, su influencia en el resto del mundo será muy limitada. Puede que Estados Unidos siga siendo capaz de perjudicar económicamente a los que, como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, le parecen hostiles, pero en muchos países, sobre todo los del Oriente Medio, la economía no figura entre las prioridades de los mandatarios ni de los resueltos a derrocarlos. Por lo tanto, es virtualmente inevitable que la sensación, realista o no, de que Estados Unidos ha dejado de desempeñar un papel clave en el escenario mundial, sirva para envalentonar a los más violentos y desanimar a quienes preferirían que hubiera “soluciones políticas” –o sea, pacíficas– para todos los problemas internos. Los más fortalecidos por el fracaso humillante de Obama son Al Assad y su aliado Putin. A menos que el dictador sirio caiga de resultas de una intervención norteamericana, habrá desafiado con éxito al autoproclamado vocero de la “comunidad internacional” y, con la ayuda adicional de sus amigos rusos e iraníes que, además de armas le han asegurado el respaldo activo de la aguerrida milicia chiita Hezbollah, podría aplastar a los rebeldes que, por su parte, cuentan con el respaldo de una coalición sunnita coyuntural conformada por los yihadistas de Al Qaeda y grupos afines, Arabia Saudita, los emiratos del golfo Pérsico y Turquía. Aun cuando a Al Assad le resulte imposible restaurar plenamente la dictadura férrea de antes del inicio de la rebelión, no cabe duda de que se ha visto beneficiado por la debacle protagonizada por Obama. También lo ha sido Putin, quien ya no intenta ocultar el desprecio que claramente siente por el presidente norteamericano. De todos modos, para los pueblos del mundo musulmán, pero no necesariamente para los islamistas, el futuro se ha hecho aún más sombrío de lo que era antes. La ilusión, por irreal que fuera, de que en última instancia una superpotencia ajena podría intervenir para proteger a los indefensos, por lo menos servía para obligar a los muchos señores de la guerra en potencia que están en la región a pensar dos veces antes de perpetrar atrocidades contra la población civil. En adelante, no se sentirán cohibidos por nadie. Sorprendería, pues, que no se multiplicaran los ataques contra minorías vulnerables, en especial contra las cristianas en Siria, Egipto y otros países en los que aún se cuentan por millones, que ya tienen motivos de sobra para sentirse abandonadas a su suerte por sus correligionarios del Occidente, trátese de Obama o de los dirigentes europeos, con la excepción parcial del mandatario francés François Hollande.

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