La difícil relación entre el Vaticano y China

Por Redacción

El Vaticano es uno de los 25 países del mundo que todavía no reconocen la legitimidad de la República Popular China, sino la de Taiwán. No obstante, en los últimos tiempos los contactos bilaterales han aumentado en frecuencia, aunque aún no demasiado en profundidad. En China hay, en rigor, dos iglesias católicas que conviven sin mayores dificultades. Una de ellas es la que está bajo la órbita directa del Estado, que es quien designa a todos sus obispos. En algún momento, antes de hacerlo se consultaba al Vaticano que, dependiendo de las circunstancias, daba o no su imprimatur. Hoy esto ya no ocurre. Hay unos cuatro millones de fieles que se dicen católicos y militan en esta primera iglesia denominada Asociación Patriótica Católica, que no reconoce al papa como su cabeza. Existe, en paralelo, aunque no oficialmente, una iglesia católica que opera “en la clandestinidad” y reconoce la autoridad del sumo pontífice de Roma. Ocurre que, según la normativa china, ninguna institución religiosa puede “depender” de autoridades extranjeras, incluyendo al papa. En esta segunda iglesia, subterránea, habría unos seis millones de fieles. Sus obispos son todos designados y consagrados con el visto bueno de Roma. Sin excepciones. Las relaciones entre las instituciones religiosas cristianas (católicos y protestantes por igual) y el Partido Comunista son sumamente complejas. Ocurre que el partido evidentemente teme que, desde allí, se desafíe de alguna manera a su liderazgo, que por definición se supone como único. Por eso la decisión es la de “no abrirle la puerta al Dios cristiano”. En los últimos meses, esas relaciones se han deteriorado un poco y las autoridades se han dedicado a cerrar algunas iglesias: unas sesenta y cuatro, solamente en lo que va del año en curso; particularmente aquellos templos que son, en su opinión, “demasiado visibles”. Porque, por ejemplo, tienen –en sus respectivas torres– cruces que se ven desde los caminos o a la distancia. Para cerrarlas, lo que se hace siempre sin contemplación alguna de ningún tipo, se utiliza toda suerte de excusas, que muy frecuentemente tienen que ver con las normas y códigos edilicios, interpretados laxamente por las autoridades. Según el “New York Times”, hay documentos del Partido Comunista Chino en los que se recomienda concretamente restringir las actividades religiosas de aquellas denominaciones que, de pronto, son demasiado populares. Una clara expresión de temor o desconfianza. De inseguridad, además. Por esto se privilegia el taoísmo o el budismo, en el entendido que ambos cultos mencionados tienen una relación directa con la identidad china misma. Por esto también se promociona a Confucio. Ocurre que una cosa son los valores chinos y otra, distinta, los valores universales, a los que las autoridades chinas desconfían y temen visiblemente. Por eso, unos cien mil censores que trabajan día y noche en la red electrónica eliminan o censuran con frecuencia los mensajes de contenido cristiano. Implacablemente. Para las autoridades hay todo un tema en el futuro cercano. Para el 2025, China será el país del mundo que alojará el mayor número de cristianos. Toda una preocupación para el desconfiado Partido Comunista Chino, que no podrá alterar la realidad. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

EMILIO J. CÁRDENAS (*)