La fórmula de Alfonsín
Con el presunto propósito de convencer al electorado de que no se le ocurriría repetir el error, de consecuencias cataclísmicas, de su padre de despreciar todo lo relacionado con la economía, el candidato presidencial de la UCR, Ricardo Alfonsín, sorprendió a sus correligionarios al elegir como compañero de fórmula al ex mandamás del Banco Central Javier González Fraga. Por tratarse de un moderado, estrechamente vinculado con Roberto Lavagna, la decisión de Alfonsín puede tomarse por una señal de que espera encabezar una coalición centrista bastante distinta de la promovida por quienes soñaban con una alianza con los simpatizantes del gobernador santafesino Hermes Binner, un socialista con cierta influencia entre quienes se suponen progresistas. Mientras que Binner, fortalecido anímicamente por los resultados de las primarias que se celebraron en Santa Fe hace un par de semanas, pretendió prohibirle a Alfonsín acercarse al peronista bonaerense Francisco de Narváez, no hay motivos para creer que González Fraga sea reacio a alcanzar acuerdos con políticos que según sus adversarios son “derechistas”. En opinión de muchos radicales, hubiera sido mejor que Alfonsín se viera acompañado por un político con una clientela electoral mayor que la que imputan a González Fraga, pero puesto que, merced a la imagen ideológica que se ha creado en torno a su figura, Binner parece ser el único cacique provincial que estaría en condiciones de aportar algunos votos fuera de su propio distrito, los planteos en tal sentido no resultaron persuasivos. Según parece, Alfonsín entiende muy bien que lo que más necesita es brindar la impresión de ser un candidato serio que está interesado en algo más que hacer lo que podría considerarse una buena elección pero así y todo resignándose de antemano a ser derrotado por un amplio margen. Como ha afirmado en diversas ocasiones, no quiere que su candidatura sea meramente testimonial. Conforme a las encuestas de opinión más recientes, de postularse por fin la presidenta Cristina Fernández de Kirchner triunfaría con facilidad, acaso en la primera vuelta, de suerte que la tarea frente a la dupla Alfonsín-González Fraga parece ardua. Para tener alguna posibilidad de éxito tendrán que convencer a los indecisos de que el kirchnerismo ya se ha agotado y de que será necesario reemplazar el gobierno actual por uno que esté dispuesto a hacer frente a los muchos problemas que se han amontonado, de los que el más evidente es el supuesto por una de las tasas de inflación más altas del planeta pero que también incluye el hundimiento en la pobreza extrema de una parte sustancial de la población del país. Asimismo, el que González Fraga haya militado a su modo al lado del peronista –y ex candidato presidencial del radicalismo– Lavagna supone que Alfonsín cuenta con “la pata peronista” que, bien que mal, suele creerse imprescindible para garantizar un mínimo de gobernabilidad. Aunque Cristina dista de ser “carismática”, a partir de la muerte de su esposo en octubre del año pasado se ha difundido la impresión de que casi la mitad del electorado se siente moralmente obligada a mostrarle su solidaridad, razón por la cual “ya ganó” las próximas elecciones presidenciales. Alfonsín y González Fraga, además de las otras fórmulas que pronto se presentarán en público, se ven frente, pues, a una especie de mito que, si bien irracional, ha resultado ser tan poderoso que desde varios meses atrás domina la política nacional. Los aspirantes de la coalición armada por la UCR esperarán convencer a la ciudadanía de que la suya es una alternativa auténtica, moderada, sensata y realista que podría ahorrarle al país las desgracias que con toda seguridad le aguardarían si triunfara Cristina y el gobierno resultante se pusiera a “profundizar el modelo”. En vista de las deficiencias más notorias del llamado “modelo” –la inflación, la transformación del Indec en una herramienta propagandística, la creciente inequidad social, la corrupción típica del “capitalismo de los amigos”, la torpeza administrativa y así por el estilo–, a Alfonsín y su compañero de fórmula no les debería resultar demasiado difícil seducir al electorado, pero puesto que en política los factores emotivos suelen importar mucho más que las propuestas concretas, no les convendría subestimar la magnitud del desafío que enfrentan.