La función del FMI
Puesto que la ministra de Finanzas francesa Christine Lagarde cuenta con el apoyo de casi todos los países europeos y es bien considerada en Estados Unidos, donde la secretaria de Estado Hillary Clinton ha dado a entender que la respalda, es sin duda la favorita para suceder a su compatriota Dominique Strauss-Kahn a la cabeza del Fondo Monetario Internacional. Por tratarse de una institución en que Estados Unidos y la Unión Europea aportan más de la mitad del dinero y por lo tanto disponen de la mayoría de los votos, sólo una imprevista decisión norteamericana de oponérsele podría impedirlo. Los contrarios a dejar el FMI en manos de los europeos, para no decir de los franceses, insisten en que el desempeño actual de muchos países emergentes es superior a aquel de Estados Unidos y Europa porque están creciendo con mayor rapidez, pero parecería que en esta oportunidad no prosperarán los argumentos en tal sentido, lo que sería motivo de alivio para nuestro gobierno ya que, de suceder a Strauss-Kahn un latinoamericano o asiático, el nuevo mandamás podría creerse obligado a asumir una postura decididamente más rigurosa que la preferida por un europeo. Por cierto, un mexicano o chino, digamos, no se sentiría demasiado impresionado por las alusiones oficiales a las penurias de los argentinos, ya que en su propio país decenas, cuando no centenares, de millones son todavía más pobres. Asimismo, el consenso de que el terremoto financiero que tantas convulsiones ha causado en el “Primer Mundo” fue provocado por la convicción de políticos norteamericanos y europeos de que sus países podrían seguir viviendo por encima de sus medios, endeudándose cada vez más, motivaría a un director gerente procedente del “Tercer Mundo” a insistir en la importancia de mantener la disciplina fiscal. De todos modos, la tradición de confiar la dirigencia del FMI a un político europeo parece tener los días contados por diversas razones. Una consiste en la propensión ya notoria de los sucesivos directores gerentes de aprovecharla para hacer avanzar su propia carrera. Strauss-Kahn tenía los ojos puestos en la presidencia de Francia, lo que con toda seguridad incidió en su forma de manejar los esfuerzos por salvar a Grecia de la bancarrota. Como político ambicioso, Strauss-Kahn quería congraciarse con virtualmente todos, motivo por el cual su gestión fue juzgada exitosa, pero en verdad no consiguió hacer mucho más que demorar el choque de Grecia con la dura realidad. En efecto, el nerviosismo que últimamente se ha apoderado de los mercados se debe al temor a que en cualquier momento Grecia protagonice un desastre equiparable con el del banco de inversión Lehman Brothers. Para que el FMI sirva para algo, es necesario que logre convencer a los políticos de países en problemas cuyas dificultades tendrían un impacto muy negativo en otros de que no les queda más alternativa que tomar medidas antipáticas. Si sus representantes se niegan a correr el riesgo de verse acusados de ser responsables de las desgracias sociales que suelen acompañar las crisis económicas y por lo tanto procuran solidarizarse con políticos en apuros, no pueden cumplir ninguna función útil. Los partidarios de Lagarde señalan que los problemas fiscales más graves se encuentran en Europa y que por este motivo conviene que el FMI, que está participando de los “rescates” de Grecia, Portugal e Irlanda y que mañana podría verse frente a crisis aún más alarmantes en España, Italia, Bélgica e incluso Francia, sea dirigido por un europeo. Sin embargo, en vista de que en principio la influencia del FMI ha de deberse a su falta de compromiso con el destino personal de los líderes políticos de los distintos países, el que Europa se haya sumido en una profunda crisis financiera constituye un buen motivo para que la dirigencia sea confiada a alguien capaz de mayor objetividad. Es posible, si bien no es nada probable, que Lagarde sea capaz de olvidar que es una política francesa estrechamente vinculada con el presidente Nicolas Sarkozy y que, a diferencia de Strauss-Kahn, no se le ocurra aspirar a coronar su carrera en el Palacio del Elíseo, pero aun así a sus eventuales interlocutores en Europa y el resto del mundo les sería difícil creerla indiferente a las consecuencias políticas de sus decisiones.