La gran voltereta oficial

Con agilidad llamativa, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus seguidores han hecho suyo el principio resumido por el refrán “si no puedes con ellos, únete a ellos”, transformándose, en un lapso milagrosamente breve, de críticos vehementes en admiradores incondicionales del flamante papa Francisco. Luego de hablar con quien según su marido había sido el “líder espiritual de la oposición”, Cristina afirmó sentirse “muy cerca de Dios”, la madre de Plaza de Mayo Hebe de Bonafini descubrió, para su alegría, que el papa no es un fascista sino un buen amigo de los pobres, e incluso el piquetero Luis D’Elía, que suele proclamar en voz alta lo que los demás kirchneristas prefieren decir en privado, jura haber llegado a la conclusión de que Francisco no es un agente de la CIA resuelto a dinamitar la unidad sudamericana sino, pensándolo bien, una prenda de paz. Para más señas, D’Elía se atribuye el mérito de haberlo convencido de postergar su primera visita papal a la Argentina hasta después de las elecciones legislativas de octubre, lo que podría tomarse por una forma de reconocer que su presencia sería negativa para las aspiraciones kirchneristas. El cambio de actitud hacia Bergoglio de Cristina y sus simpatizantes ha sido tan espectacular que ha dejado descolocados a los que, no bien se enteraron de los resultados del cónclave en el Vaticano, pusieron el grito en el cielo, acusando al elegido de complicidad con la dictadura militar y de tener opiniones que a su juicio son terriblemente reaccionarias. Con todo, aunque es comprensible que el gobierno haya decidido que no sería de su interés mantener la postura visceralmente anticlerical que fue recomendada por los halcones kirchneristas, ya que a una mayoría abrumadora de los habitantes del país le encantaba que un compatriota se sentara en el trono de San Pedro, la rapidez extraordinaria con la que abandonó su hostilidad inicial para entregarse plenamente al fervor generalizado es un tanto preocupante. Ha sido cuestión de una maniobra acaso inevitable pero así todo de una que podría acarrear costos políticos para el oficialismo que, a juzgar por las encuestas más recientes, no puede darse el lujo de perder el apoyo de nadie, puesto que ya ha despilfarrado buena parte del capital político cuantioso que acumuló en los meses que culminaron, hace un año y medio, con el triunfo electoral de la presidenta. Como aseveró en una ocasión el economista favorito de muchos kirchneristas, John Maynard Keynes, “cuando los hechos cambian, cambio de opinión, ¿qué hace usted, señor?”, por lo común los políticos tratan de hacerlo sin llamar la atención de quienes no vacilarían en aprovechar una oportunidad para acusarlos de traicionar a sus propias convicciones. Un intelectual kirchnerista, Juan Pablo Feinmann, insiste en que lo que Cristina se ha propuesto es “apropiarse de Francisco” para que no termine en manos de “la derecha”. Para muchos, el operativo así supuesto fracasará por ser tan evidente el contraste entre la amarga reacción inicial del oficialismo al enterarse de que un “enemigo”, Jorge Mario Bergoglio, sería el sucesor de otro “derechista”, el alemán Joseph Ratzinger, pero lo más probable es que la mayoría lo acepte como algo natural, pasando por alto detalles molestos como las palabras hirientes pronunciadas por miembros del círculo áulico de la presidenta y el enojo que ella misma claramente sintió cuando fue informada de la noticia. Cristina y sus partidarios temen que Francisco incida en la evolución de la política interna por haber sido, antes de alcanzar su eminencia actual, un crítico firme de la estrategia de confrontación permanente que ha sido uno de los aportes más notables del kirchnerismo a la cultura del país. Con todo, aunque los dirigentes opositores procuren subrayar la incompatibilidad de la voluntad papal de contribuir a mejorar el clima imperante en su país de origen por un lado con, por el otro, la irascibilidad combativa tan típica del estilo K, a esta altura deberían entender que la prepotencia oficialista ya no figura entre los problemas nacionales más urgentes. Para derrotar al kirchnerismo tendrían que elaborar un programa de gobierno que sea mucho más convincente que el “proyecto” de Cristina para un país que ha entrado en una etapa sumamente difícil.


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