La guerra contra el bienestar

Redacción

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

JAMES NEILSON

Puede que el vicepresidente Amado Boudou no haya sido la persona indicada para intentarlo, pero en el discurso que pronunció en Tucumán por el Día de la Independencia resumió muy bien la filosofía económica no sólo del gobierno actual sino también de muchos que lo antecedieron. Según el exneoliberal reciclado en populista, “en un mundo de economía concentrada” en que “el sistema financiero toma decisiones por encima de quienes son elegidos por el pueblo, tenemos una presidenta que toma las decisiones por y para el pueblo, diciendo a las corporaciones que no es el tiempo de ellos sino de la inclusión social”. En otras palabras, el gobierno está resuelto a continuar luchando contra la economía que efectivamente existe en nombre de principios tradicionalmente considerados más elevados sin dejarse intimidar por las consecuencias concretas de tal actitud: la depauperación de millones de familias, una serie al parecer interminable de debacles financieras catastróficas, el atraso humillante. Sucede que ideas o, si se prefiere, ideales que parecerían nobles en boca de religiosos de vida monacal que desdeñan los bienes materiales son peor que inútiles a la hora de gobernar. Escasean los argentinos que por razones presuntamente morales estarían dispuestos a sacrificar su propio bienestar, y el de la mayoría de sus compatriotas, por suponer que les sería indigno privilegiar la realidad económica. Por cierto, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, Boudou y otros dirigentes oficialistas que se las han arreglado para adquirir patrimonios personales abultados no son miembros de esta reducidísima elite antimaterialista. Por depender tanto la Argentina de los recursos naturales que, con generosidad insólita, la diosa Fortuna repartió a lo ancho y a lo largo del territorio nacional, la clase política es de mentalidad rentista. Acostumbrada como está a vivir de ingresos procedentes de actividades no vinculadas con la producción industrial, a sus integrantes les ha sido fácil atribuirlos a su propia sabiduría y superioridad moral. Lo mismo que aquellos herederos que justifican su estilo de vida opulento aludiendo a las virtudes que imaginan encarnar, muchos miran por encima del hombro a quienes han de ganar el pan trabajando y, cuando por razones que se les escapan, las mensualidades propenden a achicarse se sienten sumamente indignados. Para desahogarse, rabiarán contra un mundo dominado por abogados, contadores y otros sujetos de principios despreciables que, dirán, sencillamente no está a su altura. A radicales, peronistas e izquierdistas no les gusta del todo el rumbo que, a partir del siglo XVIII, tomaron los países occidentales. Aunque se creen progresistas, la verdad es que son reaccionarios que querrían rebobinar la historia para volver a épocas en que lo económico sí se veía subordinado a lo político, es decir, a la voluntad de quienes mandaban. Como señaló Boudou que, de más está decirlo, sólo repetía lo que había aprendido de Cristina, les parece francamente inaceptable que “el sistema financiero” no preste atención alguna a las órdenes del poder político o que “las corporaciones” den prioridad a sus propios intereses. Para un político, intelectual o clérigo, oponerse al mundo tal y como es puede resultar beneficioso. Se cuentan por miles los dirigentes “populares”, pensadores, escritores y sacerdotes que han adquirido prestigio y, en muchos casos, un muy buen pasar merced a su presunta negativa a dejarse impresionar por Don Dinero y sus amigos. Pero cuando miembros de un gobierno deciden tomar al pie de la letra su propia retórica, resistiéndose a pactar con “los mercados”, los más perjudicados no serán ellos mismos –por el contrario, su postura principista podría ayudarlos a conseguir los votos que necesitan– sino todos aquellos que, por lamentable que les parezca, dependen por completo del estado de la economía local. En Argentina, lo mismo que en otro país rentista, Venezuela, los paladines de la lucha contra lo económico han logrado condenar a buena parte de la población a la miseria. Para tales moralistas, la gente común sirve de carne de cañón en una guerra que fue perdida de antemano. Los “mercados” y “el sistema financiero” no son abstracciones impersonales. De un modo u otro, abarcan una proporción muy grande, y creciente, del género humano, incluyendo a los argentinos. Que un individuo determinado los critique por motivos ideológicos, éticos o espirituales carecerá de importancia con tal que no procure impedir que otros participen de la abundancia que la economía moderna ha logrado crear, pero si está en condiciones de privar a sus compatriotas de la posibilidad de hacerlo la militancia de la que se enorgullece tanto tendrá consecuencias trágicas. Mal que les pese no sólo a los kirchneristas, la elite política nacional no podrá reemplazar el mundo actual por otro radicalmente distinto. Lo mismo que los demás países, Argentina tiene que adaptarse lo mejor que pueda a las reglas imperantes respetadas por virtualmente todos salvo algunos “estados fallidos” de África y Asia que se han entregado a la barbarie, además de tiranías brutales como Corea del Norte o, ciertas reformas recientes no obstante, Cuba. A menos que la Argentina logre “reinsertarse” plenamente en el orden internacional actual luego de una ausencia ya prolongada, habrá cada vez más pobres. Por supuesto, si los marginados de por vida siguen votando a favor de populistas cínicos que les dicen que sus penurias se deben exclusivamente a la malignidad de financistas foráneos y el “poder concentrado”, los resueltos a redoblar la ofensiva contra la economía continuarán frustrando los esfuerzos de los reacios a permitir que el grueso de la población siga hundiéndose en la pobreza extrema. Al fin y al cabo, la elite populista tiene buenos motivos para querer perpetuar el statu quo. Puesto que la experiencia le ha enseñado que la miseria puede ser una fábrica sumamente productiva de votos cautivos, entienden que sería de su interés asegurar que continuara expandiéndose. ¿Es lo que están pensando Cristina, Boudou y los soldados de la causa kirchnerista? Puede que no pero, como solía afirmar Néstor Kirchner cuando hablaba con representantes del mundo exterior, lo que uno hace importa mucho más de lo que dice y, por desgracia, no cabe duda de que ya hay tantos pobres como en la década de los noventa del siglo pasado y que, tal y como están las cosas, pronto podría haber muchos más.


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