LA HENDIJA: Cuatro que tiran para el mismo lado con igual fuerza
El cuarteto, que acaba de presentar su primer CD en Buenos Aires, tiene una impronta local: uno de sus integrantes es neuquino y otro estudió en Neuquén.
eduardo rouillet
El cuarteto La Hendija mostró en Buenos Aires su CD inaugural, que propone un repertorio variado que abarca milonga, vals peruano, tango, candombe, chaya y tonada. Desde la composición hasta los arreglos se disfruta en él de una cantidad de recursos armónicos y tímbricos fruto de un profundo estudio de la música popular con oídos atentos a otras vertientes. La Hendija está formado por el cordobés Sergio Zabala en guitarra y voz, Sebastián Luna, fueguino que estudió en Neuquén, en guitarra de ocho cuerdas; el neuquino Sebastián Henríquez en acordeón y guitarra y Mariano Lucesoli, de La Plata, también guitarrista.
En el disco Pablo Giménez en bajo eléctrico, el pianista Pablo Fraguela, Juan Pablo Di Leone en flauta, Emiliano Álvarez en clarinete bajo, Matías Furió en percusión y los pianistas Diego Schissi y Andrés Beeuwsaert, nada menos, son músicos invitados.
El cuarteto transita composiciones propias y ajenas, incluyendo dos impecables instrumentales, “El Pedro V”, de Seba Luna, y “El barrio, el candombe”, de Carlos Aguirre. El equilibrio entre la sonoridad propia, el virtuosismo y distintas fuentes musicales resplandece en “Chayita debussiana”, de Sergio Zabala, y “Palabras para Julia”, de Paco Ibáñez y José Goytisolo.
Los integrantes de La Hendija hablaron con “Río Negro”.
DEFINICIÓN DE DISTANCIAS
Sebastián Henríquez (S. H.): “Nuestra música es una conjunción de paisajes de aquí y de afuera. En un grupo como el nuestro, en el que convergen muchos estilos de música y vertientes, cada uno siempre trae sus vivencias, su perspectiva. Sergio viene de toda su infancia tocando en festivales de música cuyana, Sebita (Luna) creció junto al trabajo musical de su viejo… cada quien de nosotros posee una data, una información previa”.
Sergio Zabala (S. Z.): “Charlando con una amiga, ella dijo algo que me permitió definir una cuestión que tuve trabada mucho tiempo, que el haberme ido hizo que yo pensara más en mi origen. Yo tuve un pequeño paso por el rock fusión, toqué guitarra eléctrica poquito tiempo y venir a Buenos Aires fue el detonante para retornar a la tonada, por ejemplo, que había dejado de hacer muchos años antes. Acá volví a mis raíces, de alguna forma, buscando el paisaje de mi niñez”.
–Ese paisaje interior que el exterior ayudó a definir está en la música de ustedes, más un fuerte aire nostálgico…
S. H.: –Sí, no nos avergonzamos de eso, para nada. Es más, ahora vamos a llorar en un rato, recordando. La nuestra es una tristeza muy alegre.
Sebastián Luna (S. L.): –Una tristeza evocadora. En esto que nombraban los muchachos, uno cuando viaja de su lugar termina de cierta forma, interiormente, acercándose más –a pesar de la distancia– al origen. Los cuatro tenemos eso y se refleja en la música, técnicamente se relaciona con que cada uno, aparte, trajo sus influencias musicales. El grupo tiene un sonido –no me gusta la palabra “fusión”, no sé si es representativa de lo que hacemos– resultado de la convergencia de un montón de cosas, y eso se oye. Una constante es que somos un conjunto, musicalmente hablando, muy despojado de prejuicios. El disco comienza con una milonga (“Pena”) de Sergio y el letrista Ricardo Trípodi, y cuando estábamos haciendo el arreglo pensamos en meter una onda Kim Crimson, un grupo (sonríe) de rock progresivo. Eso define la idea, y así quedó. Alguien podrá decir que suena a jazz. Hay una chaya dedicada a (Claude) Debussy, compositor impresionista francés. Lo bueno de ser cada uno de distinto pago es que permite echar mano y apropiarnos de elementos que si fuésemos de un solo lugar no tendríamos en cuenta. Y lo hacemos sin problemas.
S. H.: –Cada uno es de otro lugar y nos juntamos en Buenos Aires, lo que nos hace más desprejuiciados. Yo acá me siento casi anónimo. Donde hemos vivido son sitios más chicos donde cada uno es la construcción que hizo a lo largo de su vida. Aunque seamos jóvenes, tenemos determinadas cargas sociales porque nos conocen. En Buenos Aires eso se borra y se puede jugar a crear un personaje nuevo. Eso, en el plano artístico, produce un resultado sin prejuicios.
S. Z.: –Yo me crié en Concarán, San Luis, a los trece me fui a Mendoza por unos cuatro años, luego pasé a Córdoba y después llegué a Buenos Aires. También estuve un tiempo en Brasil. Fui saltando a ciudades cada vez más grandes. Toqué guitarrón colombiano. Finalmente, tras escuchar e interpretar muchas cosas, me doy cuenta de que las raíces siguen intactas, con la diferencia de estar hoy ornamentadas con un montón de recursos más, y el sentido no es matarlas ni ocultarlas sino adornarlas con todo lo demás que cultivé. Los prejuicios son trabas que nos ponemos para no hacernos cargo de dónde venimos.
S. L.: –Hay algo que siempre me resuena. Lo que dijimos los muchachos y yo lo sostengo, es así. Viajar o moverse de pueblo genera una apertura y hace que la música contenga más elementos, pero no creo que sea lo único y tampoco que quien se quede en su lugar pierda alguna cuestión ni tampoco que sea mejor. Es sólo diferente y en La Hendija nos tocó a todos tener una historia parecida.
OTRO CAMINO
Mariano Lucesoli (M. L.): –Los cuatro venimos de diferentes formaciones, pero formaciones al fin. Hemos pasado por conservatorios, escuelas de música, universidades… Todo ese cúmulo de datos ha dejado un semillita que tratamos de hacer crecer, sabiendo que el techo está lejos; todo el tiempo intentamos mejorar. El sonido diferente que proponemos no emerge de la formación sino, justamente, de sumar la inquietud y de ser espías de los discos que no se venden en las disquerías y de escuchar músicos no masivos que proponen cosas diferentes. Luego viene la síntesis y eso suma lo que dan las escuelas o los conservatorios.
S. H.: –En realidad hay una apropiación del término “formación” hacia lo institucional, y no debería ser así. El sentido es mucho más amplio. Acá, como decía Mariano, todos hemos transitado una formación y lo seguimos haciendo hoy. Nos ha influido lo institucional, algunos nos recibimos, otros decidieron estudiar con profesores particulares; estudiar tocando, sacando de discos. Y, si bien el techo está alto, las ganas de seguir estudiando continúan. Si se escucha algún refinamiento no es porque sí, todos lo buscamos.
S. Z.: –También con patear todos para el mismo lado, hacia un mismo fin estético, digamos. En el disco hay momentos en que tocamos con los dedos, todos con púa, momentos que evocamos al maestro (Roberto) Grela y a otros intérpretes. Hay una clara búsqueda tímbrica, además de armónica, en los arreglos. Armamos un disco con mucha música original escrita para nuestra formación específicamente. Y, además, buscamos cómo suena un grupo de violas más allá de algunos recursos tradicionales, sobre todo en el tango y en el repertorio cuyano, tan maravillosos como dogmáticos. La Argentina tiene una tradición de guitarristas increíbles y de conjuntos muy buenos. Vas a Mendoza, San Juan, San Luis, y ves cuatro guitarristas tocando parejito que te vuelan la cabeza. Está esa hermosa posibilidad y existe otro camino diferente. Nosotros procuramos abrir el abanico y la gente que ha escuchado el disco hasta ahora y nos vio en vivo dice que tenemos un sonido distinto. Pensamos el grupo como si fuese un cuarteto de cámara, entre comillas, si se quiere. Y poder variar los roles es algo claro en La Hendija, una de nuestras características.
SENTIMIENTOS
M. L.: –En este cuarteto todos nos sentimos dueños de él. No hay un jefe, nadie que diga “Esto se hace así o asá”… somos cuatro tirando para el mismo lado y con la misma fuerza. Nos respetamos mucho musicalmente y como personas, la pasamos bien tocando y los resultados nos dan alegrías importantes.
S. H.: –Hay una especie de complicidad, una hermandad. Con Seba nos conocemos hace mucho, desde Neuquén, y con los chicos nos sentimos como en casa. Es una cofradía.
S. L.: –En Neuquén hace muchos años, tampoco tantos (sonríe), ocho, nueve, nuestra profesora de guitarra en común en la Escuela Provincial de Música, Marta Schumann, armó un grupo (2003) entre sus alumnos que se llamó La Cofradía del Noble Hexacordio, una suerte de cooperativa que cuando nos fuimos siguió con otros muchachos.
S. Z.: –Somos un grupo de personas del cual aprendo todo el tiempo. Admiro a cada uno de ellos como músico y estoy siempre nutriéndome, compartiendo, situación que siento parte importante de la formación de la que hablábamos. Todos son mis amigos y éste es un proyecto entre cuatro. Aprendo siempre y de gente que me gusta cómo toca.