La hora del campo
Para ciertos populistas, entre ellos los que han dominado el país desde el 2003, el que a esta altura la Argentina siga dependiendo tanto del campo para generar las divisas que necesita para mantenerse a flote es motivo de vergüenza. A su juicio, los agricultores y ganaderos son enemigos congénitos del pueblo, “oligarcas” golpistas que automáticamente apoyaron a todos los regímenes militares, como se encargó de asegurarnos la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner a inicios de su prolongada gestión…. Felizmente para los productores rurales, la actitud del presidente Mauricio Macri y los miembros de su equipo económico es radicalmente distinta. Quieren que produzcan y exporten más, mucho más, de ahí la decisión de eliminar las retenciones a las exportaciones de los granos y la carne, además de reducir el 5% las de la soja. Si bien los beneficios de tales medidas no se harán sentir enseguida, el gobierno reza para que los productores reaccionen suministrándole pronto los dólares que han guardado por entender que les convendría esperar hasta que se haya modificado la tasa de cambio que, en los meses finales de la etapa kirchnerista, en términos reales les resultaba peor que la vigente en vísperas del colapso de la convertibilidad. Así y todo, se trata de una apuesta arriesgada. Apoyar al campo porque, como subrayó Macri en Pergamino al anunciar que cumpliría sus promesas de campaña, “No es el campo o la industria, el campo o el país; es el campo y la industria, el campo y el país. Sin el campo, el país no sale adelante” puede justificarse plenamente. Lo que tiene en mente es crear las condiciones para que en poco tiempo se duplique la producción agropecuaria del país, lo que en opinión de muchos es perfectamente posible. Es, como corresponde, una prioridad estratégica, pero sucede que en el corto plazo, que también existe, el gobierno nacional se ve obligado a conseguir el dinero necesario para enfrentar una multitud de obligaciones inmediatas. Para más señas, no es ningún secreto que, en las semanas últimas, muchos empresarios y comerciantes han aprovechado lo que para ellos ha sido una oportunidad para aumentar drásticamente los precios. Pedirles subordinar sus propios intereses a aquellos del conjunto no servirá para mucho, pero por razones prácticas, el nuevo gobierno es reacio a reforzar los controles que, andando el tiempo, resultarían contraproducentes, aunque podrían ayudarlo a conservar la paz social. Asimismo, si bien la mayoría entiende que el equipo económico de Macri es mucho más profesional que aquel del gobierno anterior, de por sí la confianza en su capacidad técnica no será suficiente como para asegurar la estabilidad deseada. A través de los años, muchos presidentes nacionales han tratado de impresionar a los demás asistentes a foros internacionales hablándoles de la productividad potencial del campo argentino, afirmando que sería capaz de alimentar a centenares de millones de personas, pero por sus propios motivos casi todos han preferido postergar la toma de medidas destinadas a permitirle aprovechar sus evidentes ventajas comparativas. Aunque parecería que Macri quiere que el país vuelva a ser “el granero del mundo”, le será difícil gobernar sin los ingresos provistos tanto por las retenciones como por impuestos como Ganancias que, para congraciarse con los sindicatos, ha decidido reducir. No le será dado emular a los kirchneristas que se mofaban de principios matemáticos básicos por entender que otros tendrían que poner orden en la situación caótica que preparaban para el gobierno siguiente. A menos que Macri tenga mucha suerte, pues, la combinación de impuestos más bajos por un lado y el compromiso de ampliar los programas sociales que fueron iniciados por el gobierno anterior por el otro podría provocar un estallido inflacionario de proporciones. Para minimizar tal riesgo, al gobierno le sería necesario conseguir muchísimo dinero de los mercados de capitales internacionales, pero si la fase inicial de su gestión resulta ser tan complicada como es razonable prever, muchos interesados en las posibilidades económicas abiertas por el regreso de la Argentina a la racionalidad optarán por esperar hasta que tengan motivos concretos para facilitarle lo que a buen seguro precisará.
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