La jugada de Tsipras
Afirmaba el ensayista Irving Kristol que “un neoconservador es un progresista asaltado por la realidad”. Un líder político que entenderá muy bien lo que quería decir el “neocon” norteamericano es el ex primer ministro griego, Alexis Tsipras, que acaba de renunciar a su cargo pero espera recuperarlo después de celebrarse elecciones legislativas el 20 de septiembre. Es posible que gane la apuesta, ya que según las encuestas de opinión el grueso de sus compatriotas está dispuesto a perdonarle los muchos errores que ha cometido por creerlo un hombre bienintencionado. Tsipras alcanzó el poder el 25 de enero luego de comprometerse a poner fin a “la austeridad” que, como los demás integrantes de Syriza, la Coalición de la Izquierda Radical atribuyó a la mezquindad de los socios de la Unión Europea, no al estado lamentable de la economía de su propio país, que se había endeudado hasta el cuello. Sea como fuere, pronto aprendería que el resto de Europa, encabezado por la canciller alemana Angela Merkel, no se sentía moralmente obligado a entregarle miles de millones de euros más para ahorrarles a los griegos la necesidad de reformar un “modelo” populista a todas luces inviable. Forzado a optar entre salir de la Eurozona y, tal vez, de la Unión Europea por un lado; y, por el otro, hacer un esfuerzo genuino por sanear una economía moribunda, Tsipras terminó aceptando, a cambio de un nuevo rescate, un programa de austeridad aún más severo que el que el 60% del electorado había rechazado en un referéndum celebrado en vísperas de negociaciones claves. Tuvo que resignarse porque en su opinión, y la de muchos otros, fuera de la Eurozona la economía griega se iría a pique. Tsipras renunció luego de que una amplia mayoría de los parlamentarios votara a favor del tercer rescate y las medidas que el gobierno tendría que aplicar, pero muchos diputados de la izquierda más dura de Syriza se opusieron al acuerdo con el llamado Eurogrupo porque, al fin y al cabo, se habían comprometido a aumentar el gasto público a pesar de no contar con los fondos necesarios. Presuntamente convencidos de que la crisis económica gravísima de su país es el resultado de una conspiración internacional urdida por una camarilla de especuladores capitalistas, los rebeldes de la ultraizquierda griega quieren romper con Europa para adoptar un programa marxista que, con toda seguridad, incluiría una dosis de austeridad mucho más fuerte que la recomendada por los gobiernos de Alemania, Holanda y Finlandia. Por motivos comprensibles, Tsipras no quisiera emprender una aventura tan peligrosa que podría culminar en el suicidio nacional, puesto que en tal caso Grecia correría el riesgo de terminar como un Estado fallido. Parecería que muchos griegos aprueban las maniobras zigzagueantes de Tsipras, ya que a su entender ha tratado de defender la dignidad nacional en circunstancias sumamente difíciles. Piensan así porque, merced en buena medida a la actitud desdeñosa asumida por políticos y comentaristas de los países del norte de Europa que los califican de haraganes corruptos, creen que los problemas de su país fueron provocados por otros. La cultura política griega tiene mucho en común con la nuestra, puesto que casi todos los partidos importantes son populistas, clientelistas y nacionalistas; muchos dirigentes, entre ellos los izquierdistas de Syriza, se han acostumbrado a defender un statu quo insostenible, como el actual, con retórica patriotera, negándose a reconocer que los desastres que se han ocasionado tienen causas netamente internas. La propensión así supuesta constituye un obstáculo muy grande en el camino del desarrollo. Si no fuera por la combinación de populismo y nacionalismo propia de la política griega, un gobierno podría reivindicar reformas como las exigidas por los miembros más poderosos de la Unión Europea señalando que servirían para fortalecer a su país y permitirían que sus habitantes disfruten de un nivel de vida muy superior al actual. Sin embargo, mientras que regímenes marxistas han sabido justificar programas de austeridad inhumana que fracasarían por completo, al jurar que andando el tiempo todos se beneficiarían, gobiernos moderados raramente logran emularlos, a pesar de que las reformas que quisieran impulsar suelen brindar los resultados prometidos.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Lunes 24 de agosto de 2015
Afirmaba el ensayista Irving Kristol que “un neoconservador es un progresista asaltado por la realidad”. Un líder político que entenderá muy bien lo que quería decir el “neocon” norteamericano es el ex primer ministro griego, Alexis Tsipras, que acaba de renunciar a su cargo pero espera recuperarlo después de celebrarse elecciones legislativas el 20 de septiembre. Es posible que gane la apuesta, ya que según las encuestas de opinión el grueso de sus compatriotas está dispuesto a perdonarle los muchos errores que ha cometido por creerlo un hombre bienintencionado. Tsipras alcanzó el poder el 25 de enero luego de comprometerse a poner fin a “la austeridad” que, como los demás integrantes de Syriza, la Coalición de la Izquierda Radical atribuyó a la mezquindad de los socios de la Unión Europea, no al estado lamentable de la economía de su propio país, que se había endeudado hasta el cuello. Sea como fuere, pronto aprendería que el resto de Europa, encabezado por la canciller alemana Angela Merkel, no se sentía moralmente obligado a entregarle miles de millones de euros más para ahorrarles a los griegos la necesidad de reformar un “modelo” populista a todas luces inviable. Forzado a optar entre salir de la Eurozona y, tal vez, de la Unión Europea por un lado; y, por el otro, hacer un esfuerzo genuino por sanear una economía moribunda, Tsipras terminó aceptando, a cambio de un nuevo rescate, un programa de austeridad aún más severo que el que el 60% del electorado había rechazado en un referéndum celebrado en vísperas de negociaciones claves. Tuvo que resignarse porque en su opinión, y la de muchos otros, fuera de la Eurozona la economía griega se iría a pique. Tsipras renunció luego de que una amplia mayoría de los parlamentarios votara a favor del tercer rescate y las medidas que el gobierno tendría que aplicar, pero muchos diputados de la izquierda más dura de Syriza se opusieron al acuerdo con el llamado Eurogrupo porque, al fin y al cabo, se habían comprometido a aumentar el gasto público a pesar de no contar con los fondos necesarios. Presuntamente convencidos de que la crisis económica gravísima de su país es el resultado de una conspiración internacional urdida por una camarilla de especuladores capitalistas, los rebeldes de la ultraizquierda griega quieren romper con Europa para adoptar un programa marxista que, con toda seguridad, incluiría una dosis de austeridad mucho más fuerte que la recomendada por los gobiernos de Alemania, Holanda y Finlandia. Por motivos comprensibles, Tsipras no quisiera emprender una aventura tan peligrosa que podría culminar en el suicidio nacional, puesto que en tal caso Grecia correría el riesgo de terminar como un Estado fallido. Parecería que muchos griegos aprueban las maniobras zigzagueantes de Tsipras, ya que a su entender ha tratado de defender la dignidad nacional en circunstancias sumamente difíciles. Piensan así porque, merced en buena medida a la actitud desdeñosa asumida por políticos y comentaristas de los países del norte de Europa que los califican de haraganes corruptos, creen que los problemas de su país fueron provocados por otros. La cultura política griega tiene mucho en común con la nuestra, puesto que casi todos los partidos importantes son populistas, clientelistas y nacionalistas; muchos dirigentes, entre ellos los izquierdistas de Syriza, se han acostumbrado a defender un statu quo insostenible, como el actual, con retórica patriotera, negándose a reconocer que los desastres que se han ocasionado tienen causas netamente internas. La propensión así supuesta constituye un obstáculo muy grande en el camino del desarrollo. Si no fuera por la combinación de populismo y nacionalismo propia de la política griega, un gobierno podría reivindicar reformas como las exigidas por los miembros más poderosos de la Unión Europea señalando que servirían para fortalecer a su país y permitirían que sus habitantes disfruten de un nivel de vida muy superior al actual. Sin embargo, mientras que regímenes marxistas han sabido justificar programas de austeridad inhumana que fracasarían por completo, al jurar que andando el tiempo todos se beneficiarían, gobiernos moderados raramente logran emularlos, a pesar de que las reformas que quisieran impulsar suelen brindar los resultados prometidos.
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