La lucha contra el blue
A diferencia de países considerados confiables que no tienen que preocuparse mucho por el nivel de reservas del banco central o su equivalente, la Argentina no puede darse el lujo de permitir que baje demasiado, pero a juzgar por las cifras que acaban de difundirse corre peligro de quedarse sin nada muy pronto. Aun cuando exageren maliciosamente quienes dicen creer que el gobierno se ha propuesto vaciar la institución para hacerle la vida imposible al sucesor de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, los asesores económicos del candidato oficialista Daniel Scioli tienen buenos motivos para sentirse preocupados. Por cierto, no les gusta del todo que el gobierno actual se niegue a adoptar una actitud más realista. Es que, como señaló hace poco la ministra de Economía bonaerense Silvina Batakis, del equipo de Scioli, la Argentina tiene “reservas escasas”. Son más escasas de lo que quisieran hacer creer las autoridades del Banco Central. De los aproximadamente 33.000 millones de dólares que, según Alejandro Vanoli, permanecen en las arcas, casi 10.000 millones se deben al swap chino que, de acuerdo común, sólo sirve de maquillaje, mientras que un monto parecido corresponde a depósitos en moneda extranjera de personas y entidades privadas en los bancos comerciales que se ven retenidos en concepto de encaje. Así, pues, conforme a consultoras privadas como Ecolatina, las reservas de libre disponibilidad, o sea, las auténticas, apenas alcanzan los 13.000 millones, lo que es muy poco para enfrentar una corrida cambiaria que, al agitarse los mercados no sólo aquí sino también en el resto del mundo, podría desatarse en cualquier momento. Por lo demás, el país tendrá que continuar importando insumos y energía a pesar de que ya no se ve beneficiado por un superávit comercial abultado. Si bien, para alivio del gobierno, últimamente el dólar blue se ha mantenido relativamente estable, es evidente el temor oficial a que se ponga nuevamente en movimiento antes del 25 de octubre, lo que con toda seguridad tendría un fuerte impacto anímico en el electorado. Por mucho que el ministro de Economía insista en que los problemas financieros del país carecen de importancia, por ser muy chico –además de ilegal– el mercado cambiario local no puede sino entender que tarde o temprano el gobierno –espera que sea el próximo, no el actual– se verá obligado a devaluar el peso, ya que en este ámbito, como en tantos otros, la situación en que se encuentra la Argentina es decididamente anómala. Todos los vecinos, empezando por Brasil, además de otros países emergentes, han intentado mejorar su competitividad relativa devaluando sus monedas respectivas. Con todo, puede entenderse la voluntad del gobierno de aferrarse a los dólares que todavía tiene con la esperanza de que en los cien días finales de la larga gestión de Cristina no estalle una crisis financiera tan grave como otras que surgieran al agotarse el “modelo” económico de turno. Desde su punto de vista, el atraso cambiario cada vez más pronunciado ha resultado ser un ancla antiinflacionaria imprescindible, pero desde el de los demás agentes económicos los costos de tal política propenden a aumentar. Una vez superadas las PASO, Vanoli limitó aún más la venta de dólares a importadores y ahorristas. No ayudó el que hayan dejado de entrar dólares aportados por la liquidación de la cosecha que, de todos modos, vale menos que en otras oportunidades debido a la caída del precio internacional de la soja, pero dadas las circunstancias no tiene más alternativa que procurar frenar la sangría. El intento oficial de hacer del peso un símbolo patriótico y de la costumbre de tomar el dólar estadounidense por la moneda de referencia un síntoma de extranjerización cultural fracasó hace tiempo. Mientras que la Argentina no cuente con una divisa confiable, hasta los más pobres seguirán viviendo en un universo dolarizado, razón por la que las vicisitudes del mercado blue, que dista de ser “paralelo”, para emplear el eufemismo tradicional, continuarán motivando el interés de buena parte de la ciudadanía que, aun cuando no sepa cómo funcionan los mercados financieros, comprende tan bien como cualquier especialista que, si el dólar informal se aleja del oficial, nos aguardarán tiempos difíciles.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Viernes 4 de septiembre de 2015
A diferencia de países considerados confiables que no tienen que preocuparse mucho por el nivel de reservas del banco central o su equivalente, la Argentina no puede darse el lujo de permitir que baje demasiado, pero a juzgar por las cifras que acaban de difundirse corre peligro de quedarse sin nada muy pronto. Aun cuando exageren maliciosamente quienes dicen creer que el gobierno se ha propuesto vaciar la institución para hacerle la vida imposible al sucesor de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, los asesores económicos del candidato oficialista Daniel Scioli tienen buenos motivos para sentirse preocupados. Por cierto, no les gusta del todo que el gobierno actual se niegue a adoptar una actitud más realista. Es que, como señaló hace poco la ministra de Economía bonaerense Silvina Batakis, del equipo de Scioli, la Argentina tiene “reservas escasas”. Son más escasas de lo que quisieran hacer creer las autoridades del Banco Central. De los aproximadamente 33.000 millones de dólares que, según Alejandro Vanoli, permanecen en las arcas, casi 10.000 millones se deben al swap chino que, de acuerdo común, sólo sirve de maquillaje, mientras que un monto parecido corresponde a depósitos en moneda extranjera de personas y entidades privadas en los bancos comerciales que se ven retenidos en concepto de encaje. Así, pues, conforme a consultoras privadas como Ecolatina, las reservas de libre disponibilidad, o sea, las auténticas, apenas alcanzan los 13.000 millones, lo que es muy poco para enfrentar una corrida cambiaria que, al agitarse los mercados no sólo aquí sino también en el resto del mundo, podría desatarse en cualquier momento. Por lo demás, el país tendrá que continuar importando insumos y energía a pesar de que ya no se ve beneficiado por un superávit comercial abultado. Si bien, para alivio del gobierno, últimamente el dólar blue se ha mantenido relativamente estable, es evidente el temor oficial a que se ponga nuevamente en movimiento antes del 25 de octubre, lo que con toda seguridad tendría un fuerte impacto anímico en el electorado. Por mucho que el ministro de Economía insista en que los problemas financieros del país carecen de importancia, por ser muy chico –además de ilegal– el mercado cambiario local no puede sino entender que tarde o temprano el gobierno –espera que sea el próximo, no el actual– se verá obligado a devaluar el peso, ya que en este ámbito, como en tantos otros, la situación en que se encuentra la Argentina es decididamente anómala. Todos los vecinos, empezando por Brasil, además de otros países emergentes, han intentado mejorar su competitividad relativa devaluando sus monedas respectivas. Con todo, puede entenderse la voluntad del gobierno de aferrarse a los dólares que todavía tiene con la esperanza de que en los cien días finales de la larga gestión de Cristina no estalle una crisis financiera tan grave como otras que surgieran al agotarse el “modelo” económico de turno. Desde su punto de vista, el atraso cambiario cada vez más pronunciado ha resultado ser un ancla antiinflacionaria imprescindible, pero desde el de los demás agentes económicos los costos de tal política propenden a aumentar. Una vez superadas las PASO, Vanoli limitó aún más la venta de dólares a importadores y ahorristas. No ayudó el que hayan dejado de entrar dólares aportados por la liquidación de la cosecha que, de todos modos, vale menos que en otras oportunidades debido a la caída del precio internacional de la soja, pero dadas las circunstancias no tiene más alternativa que procurar frenar la sangría. El intento oficial de hacer del peso un símbolo patriótico y de la costumbre de tomar el dólar estadounidense por la moneda de referencia un síntoma de extranjerización cultural fracasó hace tiempo. Mientras que la Argentina no cuente con una divisa confiable, hasta los más pobres seguirán viviendo en un universo dolarizado, razón por la que las vicisitudes del mercado blue, que dista de ser “paralelo”, para emplear el eufemismo tradicional, continuarán motivando el interés de buena parte de la ciudadanía que, aun cuando no sepa cómo funcionan los mercados financieros, comprende tan bien como cualquier especialista que, si el dólar informal se aleja del oficial, nos aguardarán tiempos difíciles.
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