La lucha contra la corrupción

Redacción

Por Redacción

Ya es tradicional que un presidente nuevo se afirme resuelto a eliminar de cuajo la corrupción cueste lo que costare y así por el estilo, pero para disgusto de muchos las afirmaciones de Mauricio Macri en tal sentido parecen decididamente más creíbles que las formuladas en su momento por Carlos Menem y Néstor Kirchner ya que, a diferencia de ellos, no se sentirá obligado a tratar de ocultar buena parte de su propia trayectoria política; a pesar de los esfuerzos de sus adversarios por desprestigiarlo, no tiene cola de paja. Asimismo, como exgobernadores de provincias poco pobladas en que los negocios turbios eran rutinarios, los dos peronistas llegaron a la presidencia acompañados por amigos personales que a través de los años se habían habituado a aprovechar las oportunidades brindadas por el poder político para enriquecerse sin preocuparse demasiado por los detalles legales. Aunque entre los funcionarios designados por Macri hay muchos porteños, por ser en términos demográficos la Ciudad de Buenos Aires un distrito llamativamente mayor que Santa Cruz o La Rioja, el gobierno que ha formado es mucho más heterogéneo. Por lo demás, entre los colaboradores de Macri hay personas como Elisa Carrió, que no vacilarían en alzar la voz si a su juicio procurara pasar por alto las transgresiones éticas de subordinados amigos. La chaqueña incombustible ya ha protestado contra la presencia de personajes a su entender tenebrosos en el elenco gobernante; es su forma de advertirle al presidente que le convendría permanecer fiel a sus propias palabras. No se trata de un pormenor. Como la mujer del César, Macri no sólo debe ser honrado sino también parecerlo, ya que todo hace prever que la lucha contra la corrupción será uno de los ejes principales de su gestión. Tendrá que serlo por dos motivos: uno es político, puesto que se trata del talón de Aquiles del kirchnerismo, que con toda seguridad se opondrá con ferocidad a sus intentos de reordenar la economía nacional, y el otro es que entiende muy bien que la corrupción es incompatible con la eficiencia administrativa para él prioritaria. Macri insiste en que el Estado debería ponerse al servicio de la ciudadanía y en todos sus discursos recientes, además de los pronunciados por la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal y otros integrantes destacados de sus equipos, ha subrayado esa necesidad. Sucede que en el fondo Macri es mucho más “estatista” y por lo tanto más “izquierdista” que su antecesora en el cargo que, lo mismo que tantos otros mandatarios nacionales, trataba el Estado como la parte más valiosa del botín político, ya que además de aportarle mucho dinero pudo llenarlo de “militantes” sin que se le ocurriera tomar en cuenta su eventual idoneidad. Los resultados de tal actitud están a la vista. Aunque en los últimos años el país ha invertido muchísimo dinero en el sector público, sigue siendo tan ineficiente como antes. Para alarma de sus adversarios populistas, Macri no parece tener interés alguno en aprender los llamados “códigos de la política” largamente imperantes en el país, según los cuales todos los miembros de la corporación deberían consentir los abusos cometidos por otros con la esperanza de que ellos sean igualmente tolerantes con los perpetrados por sus rivales coyunturales. A juzgar por las declaraciones públicas de Macri, le es ajena la idea de que al presidente le corresponda solidarizarse automáticamente con el resto de la “clase política” o “casta”, como algunos la llaman, bajo el pretexto de estar defendiendo de tal manera el sistema democrático. Conforme a quienes piensan así, los gobernantes tienen que limitarse a permitir que de vez en cuando un puñado de “emblemáticos” elegidos para desempeñar el ingrato papel de chivos expiatorios sea sacrificado. Al subrayar que durante su gestión la Justicia será independiente, Macri envió un mensaje nada ambiguo a la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner que, para sorpresa de nadie, reaccionó muy mal. Para atenuar el impacto de la ofensiva judicial que pronto cobrará fuerza, los kirchneristas tratarán de politizarla, declarándose víctimas de una conspiración “neoliberal”, pero la evidencia en contra de la expresidenta y sus socios es tan contundente que sorprendería que la estrategia así supuesta resultara exitosa.


Ya es tradicional que un presidente nuevo se afirme resuelto a eliminar de cuajo la corrupción cueste lo que costare y así por el estilo, pero para disgusto de muchos las afirmaciones de Mauricio Macri en tal sentido parecen decididamente más creíbles que las formuladas en su momento por Carlos Menem y Néstor Kirchner ya que, a diferencia de ellos, no se sentirá obligado a tratar de ocultar buena parte de su propia trayectoria política; a pesar de los esfuerzos de sus adversarios por desprestigiarlo, no tiene cola de paja. Asimismo, como exgobernadores de provincias poco pobladas en que los negocios turbios eran rutinarios, los dos peronistas llegaron a la presidencia acompañados por amigos personales que a través de los años se habían habituado a aprovechar las oportunidades brindadas por el poder político para enriquecerse sin preocuparse demasiado por los detalles legales. Aunque entre los funcionarios designados por Macri hay muchos porteños, por ser en términos demográficos la Ciudad de Buenos Aires un distrito llamativamente mayor que Santa Cruz o La Rioja, el gobierno que ha formado es mucho más heterogéneo. Por lo demás, entre los colaboradores de Macri hay personas como Elisa Carrió, que no vacilarían en alzar la voz si a su juicio procurara pasar por alto las transgresiones éticas de subordinados amigos. La chaqueña incombustible ya ha protestado contra la presencia de personajes a su entender tenebrosos en el elenco gobernante; es su forma de advertirle al presidente que le convendría permanecer fiel a sus propias palabras. No se trata de un pormenor. Como la mujer del César, Macri no sólo debe ser honrado sino también parecerlo, ya que todo hace prever que la lucha contra la corrupción será uno de los ejes principales de su gestión. Tendrá que serlo por dos motivos: uno es político, puesto que se trata del talón de Aquiles del kirchnerismo, que con toda seguridad se opondrá con ferocidad a sus intentos de reordenar la economía nacional, y el otro es que entiende muy bien que la corrupción es incompatible con la eficiencia administrativa para él prioritaria. Macri insiste en que el Estado debería ponerse al servicio de la ciudadanía y en todos sus discursos recientes, además de los pronunciados por la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal y otros integrantes destacados de sus equipos, ha subrayado esa necesidad. Sucede que en el fondo Macri es mucho más “estatista” y por lo tanto más “izquierdista” que su antecesora en el cargo que, lo mismo que tantos otros mandatarios nacionales, trataba el Estado como la parte más valiosa del botín político, ya que además de aportarle mucho dinero pudo llenarlo de “militantes” sin que se le ocurriera tomar en cuenta su eventual idoneidad. Los resultados de tal actitud están a la vista. Aunque en los últimos años el país ha invertido muchísimo dinero en el sector público, sigue siendo tan ineficiente como antes. Para alarma de sus adversarios populistas, Macri no parece tener interés alguno en aprender los llamados “códigos de la política” largamente imperantes en el país, según los cuales todos los miembros de la corporación deberían consentir los abusos cometidos por otros con la esperanza de que ellos sean igualmente tolerantes con los perpetrados por sus rivales coyunturales. A juzgar por las declaraciones públicas de Macri, le es ajena la idea de que al presidente le corresponda solidarizarse automáticamente con el resto de la “clase política” o “casta”, como algunos la llaman, bajo el pretexto de estar defendiendo de tal manera el sistema democrático. Conforme a quienes piensan así, los gobernantes tienen que limitarse a permitir que de vez en cuando un puñado de “emblemáticos” elegidos para desempeñar el ingrato papel de chivos expiatorios sea sacrificado. Al subrayar que durante su gestión la Justicia será independiente, Macri envió un mensaje nada ambiguo a la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner que, para sorpresa de nadie, reaccionó muy mal. Para atenuar el impacto de la ofensiva judicial que pronto cobrará fuerza, los kirchneristas tratarán de politizarla, declarándose víctimas de una conspiración “neoliberal”, pero la evidencia en contra de la expresidenta y sus socios es tan contundente que sorprendería que la estrategia así supuesta resultara exitosa.

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