La magia del fútbol
El fútbol es un deporte maravilloso. Pone en juego las habilidades personales, fruto del talento natural, y la capacidad para desarrollar un trabajo de conjunto. Esto demanda un intenso entrenamiento previo, al igual que acontece con las orquestas musicales u otras actividades artísticas como la danza. Pero en el fútbol se suma un factor aleatorio importante: nadie puede precisar el recorrido que hace un icosaedro truncado con 12 pentágonos y 20 hexágonos regulares que tiene de 21 a 22 centímetros de diámetro y donde factores como el golpeo o la fuerza del viento influyen decisivamente. Al igual que en la política, para describir los encuentros futbolísticos se acude habitualmente al uso de las metáforas bélicas. De este modo, describimos un encuentro meramente deportivo en términos de defensa y ataque, de lucha y entrega. Provenimos de un pasado en el que, al igual que otros mamíferos, hemos entablado luchas para conseguir la comida, el sexo o el control de un territorio, de modo que es comprensible este alargamiento simbólico del lenguaje. Como apunta Mark Johnson, no sólo hablamos con metáfora sino que además pensamos y conceptualizamos la realidad con metáforas. Éstas no cambian la realidad, pero estructuran nuestro sistema de pensamiento y de esta manera afectan la forma en que percibimos el mundo. Esto explica ese ambiguo juego de realidad y fantasía que envuelve los eventos deportivos internacionales, donde el deseo personal de reconocimiento se extiende al conjunto de la nación. Hay quienes se atreven a afirmar que estos encuentros, donde se canta el himno nacional y se reafirman los sentimientos patrióticos, han devenido en un sucedáneo de las anacrónicas guerras entre naciones. Se trata de una mirada optimista. Es difícil suponer que el instinto tribal pueda desaparecer tan rápidamente, pero bienvenidas sean las competencias deportivas si con estas prácticas evitamos la efusión de sangre y conseguimos que los duelos entre naciones se resuelvan en un campo de fútbol. Sin embargo, resulta inevitable recordar que también los desacuerdos deportivos pueden encender una guerra, como aconteció entre El Salvador y Honduras con motivo de las eliminatorias para la Copa Mundial de Fútbol de 1970. La asociación que permite el lenguaje metafórico entre una nación y un equipo de fútbol hace estallar la vena patriótica pero puede dar lugar también a peligrosos equívocos. Creemos, por ejemplo, que somos de los mejores países del mundo porque nuestra selección ocupa uno de los primeros lugares en la Copa del Mundo. Tener el mejor jugador del mundo ayuda a profundizar en el error. Sin embargo, lamentablemente, esa transposición no es posible. El fútbol y la realidad económica y social guardan poca relación. Los países se clasifican por la capacidad y eficiencia productiva, por el nivel educativo, la equidad social y la calidad institucional. En esas tablas de posiciones no ocupamos los primeros lugares. Por otro lado, también es cierto que la vida social demanda un amplio simbolismo. Como señalaba Émile Durkheim, los sentimientos colectivos pueden encarnarse en personas o en otros elementos que actúan como banderas flameantes. La finalidad de los símbolos es brindar testimonio de que un conjunto social participa de una misma vida moral. Los sentimientos se refuerzan cuando todos los hombres sienten que están reunidos alrededor de un objetivo trascendente. De allí proviene el contagioso entusiasmo, del que es muy difícil sustraerse, que despierta toda actuación del seleccionado nacional. Esos sentimientos sólo subsisten como recuerdos que van empalideciendo una vez que la asamblea ha tenido fin. Conocido el resultado de la final, se desvanecen las burbujas de la última copa de champán. En el suelo quedan las serpentinas y los papelitos de colores. La realidad vuelve a mostrar su sañudo rostro. La inflación, el cepo cambiario, la recesión, la amenaza del default, la pobreza rampante. Todo continúa en el mismo sitio que lo dejamos antes del comienzo del Mundial. Finalmente tomamos conciencia de que los problemas y los inmensos desafíos que tiene Argentina no se resuelven en la lotería de los penales.
ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar