La naturaleza secuestrada




Por Aleardo F. Laría

Según la forma de medir que utiliza la economía convencional, cuantos más accidentes y desastres se producen en un país, más se incrementa su Producto Bruto Interior (PBI). Al aumentar las transacciones medidas en unidades monetarias -servicios de bomberos, ambulancias, hospitalizaciones, prestaciones médicas y farmacéuticas, etc.- la economía “crece”. Esta paradoja ha dado lugar a que desde la economía crítica se propongan otras formas de medir la evolución económica. La cuestión tiene enorme importancia si atendemos, por ejemplo, a la presentación de las cifras del comercio internacional. Medido en unidades monetarias, el mayor intercambio se produce entre las economías desarrolladas. Sin embargo, si medimos el comercio internacional en toneladas físicas transportadas, el mayor flujo es el que va desde las economías periféricas hacia el centro desarrollado. De esta manera, el velo contable meramente monetario oculta la realidad de unos flujos que muestran cómo el centro desarrollado se apropia de las materias primas y energéticas de los países más pobres. La forma convencional de contar tapa -o no permite ver- muchas otras cosas. Por ejemplo, el costo real que tiene un modelo productivo despilfarrador, depredador y nada amable con el medio ambiente. Al computar sólo los costos directos, que pasan por el mercado, se pierden de vista los costos indirectos, que están al inicio de la cadena de valor (costo de los recursos no renovables) y los costos finales (valor de los residuos que no son susceptibles de reutilización). Los ecologistas proponen otro modelo conceptual para apropiarse de una valiosa información que la economía convencional no tiene en cuenta. Se trata de ver la economía como un organismo que -como el resto de organismos vivos- ingiere o captura energía y luego de procesarla arroja residuos al medio ambiente (modelo del metabolismo). De esta manera se consigue ir más allá del mero valor de magnitudes monetarias y se incorporan datos como los recursos naturales, los residuos y los costes ambientales. Las cuentas de la economía tradicional son como un “iceberg”, que permite ver sólo una parte del costo real. Por ejemplo, el consumo energético de un europeo medio es de 3,5 TEP (toneladas equivalentes de petróleo) al año. Esto supone arrojar a la atmósfera 6 toneladas de CO2 al año (el equivalente a 7 pisos de 100 metros cuadrados). Esa “mochila del deterioro ecológico” provocado por nuestro modelo irracional de consumo no se refleja en la economía convencional. La perspectiva de ampliar al mundo físico y ambiental las cuentas de la contabilidad tiene otra importante consecuencia. Permitiría apreciar la imposibilidad física de extender el actual modelo de civilización industrial. Se menciona a menudo la conveniencia de imitar el modelo de desarrollo de los países del sudeste asiático. Si se tomaran en cuenta simplemente los flujos físicos de petróleo que se dirigen hacia esa región económica, rápidamente se percibiría la imposibilidad de alcanzar ese nivel de desarrollo. Sencillamente no existe petróleo suficiente en el mundo para sostener esa forma de crecimiento. Desde el inicio de la civilización, el ser humano ha estado luchando por los recursos naturales. Pero el más escaso es el recurso inmaterial del tiempo. De allí que todas las formas de civilización hayan consistido en robarles el tiempo a los demás (primero a los esclavos, luego a los pueblos conquistados, finalmente mediante el intercambio mercantil desigual). Ahora hemos decidido robarle tiempo a la naturaleza o, lo que es lo mismo, a las generaciones futuras. Hemos construido una forma de civilización que gira alrededor de la extracción de energías fósiles no renovables (gas y petróleo) que inevitablemente se agotarán en un futuro próximo. Frente a esa ineluctable realidad, surgen las voces conservadoras, que para no cambiar las bases del sistema proclaman el optimismo tecnológico: pronto aparecerán nuevas fuentes de energía. Pero la historia demuestra que esas soluciones dan lugar a nuevos problemas. Por ejemplo: si conseguimos sustituir el petróleo por el hidrógeno como combustible de los coches, ¿cómo resolver el problema de la sobresaturación de vehículos privados? Lo más razonable sería comportarnos en los procesos productivos como hace la propia naturaleza, cerrando sus ciclos. Tomar la energía solar y derivarla -como en la fotosíntesis- que es lo que permite la vida a largo plazo. Pero para repensar una sociedad renovada, solidaria con las generaciones futuras, debemos primero arrancar de cuajo de nuestros cerebros, ancestrales prejuicios.


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