La novela de un dictador
Por Héctor Ciapuscio (Especial para "Río Negro")
Como el checo Václav Havel, pero sin su buena suerte, el escritor peruano Mario Vargas Llosa se empeñó una vez en ser presidente de su país. Fue derrotado en 1990 por Alberto Fujimori, ampliamente, en la segunda vuelta. Se asqueó de la política. En su autocrítica («A fish in the water. A memoir») admitió sentimientos personales que, de algún modo, quizá habían jugado en su contra: preferencia cosmopolita, vocación de expatriado y rechazo al nacionalismo. Adoptó la ciudadanía española y reside en Londres. Inclinado al marxismo en su juventud, ya maduro se hizo admirador de Thatcher y apasionado del neoliberalismo. Así es que su actividad periodística, que cultiva abundante y brillantemente, suscita a veces reparos ideológicos. Pero su obra mayor, ensayos y novelas, pertenece sin discusión a la gran literatura. Es un magnífico escritor, seguramente entre los cuatro o cinco latinoamericanos más importantes de las últimas generaciones.
Esa importancia se ve ahora peraltada por un nuevo libro -«La Fiesta del Chivo»- con destino indudable de best-séller. Al modo comprometido de aquella «Amalia» anti-rosista de Mármol (un lejano antecedente argentino), «El Señor Presidente» de Asturias, «El otoño del patriarca» de García Márquez y «Yo, el Supremo» de Roa Bastos, esta novela señala al típico déspota latinoamericano. Podría haberse llamado Somoza o Stroessner, Pérez Jiménez o Duvalier (o algún otro que el lector prefiera). Aquí es Rafael Leónidas Trujillo, dictador de la República Dominicana a quien la gente reverenciaba como «El Generalísimo», «El Benefactor» o «El Padre de la Patria Nueva», y con cuyo nombre y el de su esposa rebautizaron todos los rincones de la isla, hasta la propia capital. Este personaje, que había sido entrenado por «marines» estadounidenses, se constituyó en «fundador de la patria» a partir de una hazaña aberrante: acabó, al mejor estilo nazi, con la penetración fronteriza de haitianos famélicos ordenando la matanza indiscriminada de unos quince o veinte mil. Duro, incansable, desconfiado, cínico y sin escrúpulos, se dedicó a «modernizar» al país sin reparar en medios. Dueño absoluto de todo, su régimen se prolongó por treinta años mediante un sistema diabólico de prebendas y terrores. Uno de estos se manifestaba en la fama de sus ojos: penetrantes, escrutadores, una mirada perceptiva que nadie podía resistir sin bajar la propia. Así se rodeará de ministros, una y otra vez vejados moralmente, que se rendirán como muñecos a su voluntad omnímoda y su munificencia corruptora. (En este aspecto se desliza en la novela un dato novedoso: la expatriación, por rebeldía moral, del secretario de Educación Pedro Henríquez Ureña, quien sería en nuestro país inolvidable maestro y humanista). Una crueldad exquisita, un sadismo absoluto. Parientes corruptos e hijos degenerados, todos con millonarias cuentas secretas en el exterior, participan en el festín.
Hacia 1961, ya en las postrimerías de su régimen -el tiempo de la novela- está asediado: de afuera, un bloqueo internacional; de adentro, la Iglesia Católica. No les teme a los americanos; han sido sus amigos por anticomunista. Menos les teme a sus acusadores en la OEA: Betancourt, el de Venezuela; Muñoz Marín, el de Puerto Rico; o Figueres, el costarricense. Tampoco a Fidel Castro, el comunista caribeño que acaba de frustrar el intento de Kennedy en Bahía Cochinos y a quien en cierto modo admira porque, como él, carece de emociones y tiene, tras de su aparente exuberancia tropical, «una inteligencia de hielo». Su único temor es la Iglesia, que ya lo ha cuestionado. El general Perón, exiliado, le había advertido en su escala allí, en Ciudad Trujillo, con palabras que bien recuerda: «Cuídese de los curas, Generalísimo. No fue la rosca oligárquica ni los militares quienes me tumbaron; fueron las sotanas. Pacte o acabe con ellos de una vez». Pero a él no lo iban a tumbar como al engominado argentino. Redoblará su vigilancia implacable, tomará todos los arbitrios posibles, sobornará, torturará, asesinará. Pero no podrá impedir su ruina. Durante meses se ha ido tejiendo una conspiración que da un hilo político a los capítulos del libro. (El otro hilo -el más rico novelísticamente- está pautado por las remembranzas de Urania, una gran mujer, profesional exitosa en Estados Unidos pero emocionalmente destruida desde su adolescencia por cobardía del padre ante el tirano lascivo, y ha retornado al país buscando liberarse de sus fantasmas). Serán jóvenes asqueados, humillados y ofendidos en la dignidad que les queda quienes liquidarán al déspota. Acabará una noche, cosido a tiros en el automóvil oficial, camino a una de sus orgías. Fracasado el proyecto político del complot a causa de la traición del jefe militar, vendrá una tremenda represión dirigida por Ramfis Trujillo, el hijo «playboy» y disoluto, y una posterior salida transicional bajo el hábil Joaquín Balaguer, otro típico personaje de la isla caribeña con presencia en todos sus gobiernos desde entonces.
Mario Vargas Llosa ya había demostrado antes un raro talento para la novela histórica. Es el caso de «La guerra del fin del mundo» -aquel relato apasionante que urdió sobre la gesta de Antonio Consejero, el santón brasileño de fines del siglo XIX que se alzó con sus pobres «caboclos» contra la modernidad. Este libro es una confirmación de ese talento. Y quizá podamos descubrir también en él un mensaje personal, surgido de la entraña íntima del autor y hacia el futuro: mientras Alberto Fujimori, su vencedor político en 1990, asume en el Perú un tercer mandato que proyectará a quince años su gobierno -corriendo peligrosamente hacia una reacción explosiva contra su régimen-, Vargas Llosa, su derrotado de entonces, proyecta en «La Fiesta del Chivo» una advertencia simbólica hacia la pretensión cesarista de los caudillos latinoamericanos que alcanza, por reflejo, al autócrata de Lima.
Como el checo Václav Havel, pero sin su buena suerte, el escritor peruano Mario Vargas Llosa se empeñó una vez en ser presidente de su país. Fue derrotado en 1990 por Alberto Fujimori, ampliamente, en la segunda vuelta. Se asqueó de la política. En su autocrítica ("A fish in the water. A memoir") admitió sentimientos personales que, de algún modo, quizá habían jugado en su contra: preferencia cosmopolita, vocación de expatriado y rechazo al nacionalismo. Adoptó la ciudadanía española y reside en Londres. Inclinado al marxismo en su juventud, ya maduro se hizo admirador de Thatcher y apasionado del neoliberalismo. Así es que su actividad periodística, que cultiva abundante y brillantemente, suscita a veces reparos ideológicos. Pero su obra mayor, ensayos y novelas, pertenece sin discusión a la gran literatura. Es un magnífico escritor, seguramente entre los cuatro o cinco latinoamericanos más importantes de las últimas generaciones.
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