La otra cara del fútbol

Redacción

Por Redacción

El fútbol no es sólo un deporte que apasiona a multitudes en casi todos los países del mundo aunque, paradójicamente, Estados Unidos constituye una excepción parcial, puesto que para muchos tradicionalistas es un juego más apropiado para mujeres que para hombres. Gracias a la televisión, también es un negocio tan extraordinariamente lucrativo que atrae a empresarios y otros que están mucho más interesados en el dinero que en el deporte como tal, además de políticos que esperan conseguir, con la ayuda de los jugadores de los clubes que los tienen como presidentes, algunos puntos adicionales de popularidad. Así las cosas, no es del todo sorprendente que algunos dirigentes de la FIFA, en especial los procedentes de países que son notoriamente corruptos, se hayan acostumbrado a aprovechar las oportunidades brindadas por el reparto de contratos entre empresas mediáticas y la venta de derechos publicitarios para esquilmar a los aficionados, embolsando millones de dólares en coimas. Aunque algunos periodistas deportivos vienen denunciando tales prácticas desde hace más de diez años, hasta el miércoles pasado el mandamás de la FIFA, el suizo Joseph “Sepp” Blatter, no se sentía demasiado preocupado por acusaciones que, como suelen hacer los políticos en tales circunstancias, atribuía a la voluntad de sus rivales de desensillarlo impulsando una campaña de prensa en su contra. Fue necesario que la Justicia norteamericana optara por intervenir en el asunto para que las autoridades de los demás países dejaran de pasar por alto la corrupción rampante de tantos personajes de trayectoria dudosa que viven del “jogo bonito”, lo que, en vista de la cantidad de países involucrados, pudo considerarse lógico. Bien que mal, el fútbol no carece de importancia geopolítica. Es de prever, pues, que para defenderse los blancos de las acusaciones continuarán insistiendo en que son víctimas del imperialismo judicial de un país cuyos gobernantes parecen creer que el mundo entero debería someterse a sus dictados. Asimismo, subrayarán que en el mundo futbolístico Estados Unidos dista de ser una gran potencia, razón por la que a su entender sería impropio permitirle procurar manejar una entidad internacional en la que su participación debería ser limitada. Huelga decir que tales argumentos no impresionarán al Departamento de Justicia estadounidense, que se atribuye el derecho a liderar la investigación porque los acusados de recibir coimas jugosas –según se informa, al recién fallecido Julio Grondona le tocaron 15 millones de dólares–, entre ellos varios empresarios argentinos, usaban bancos bajo jurisdicción norteamericana para algunas operaciones ilícitas y porque, en opinión de la secretaria de Justicia Loretta Lynch y sus asesores, la FIFA es tan corrupta que, como la Mafia italiana, ya forma parte del mundo del crimen organizado. Parecería que las autoridades suizas comparten su punto de vista, razón por la que la policía de su país detuvo en Zurich a siete dirigentes del organismo que se preparaban para elegir al nuevo presidente que, se preveía, seguiría siendo Blatter. Para frenar la ofensiva que ha emprendido la Justicia de Estados Unidos contra la FIFA, tanto los directamente acusados de corrupción como gobiernos que temen verse perjudicados ya están esforzándose por politizarla, tratándola como una conspiración anglosajona, puesto que los británicos parecen haberse aliado con sus “primos” transatlánticos. Según el presidente ruso Vladimir Putin, lo que quieren los norteamericanos y sus amigos es quitarle a Rusia el Mundial del 2018. Por su parte, los cataríes temen que el emirato pierda el derecho a organizar el torneo previsto para el 2022, ya que muchos están convencidos de que, si no fuera por el dinero que cambió de manos, a ningún dirigente de la FIFA se le hubiera ocurrido apoyar la decisión polémica de celebrarlo en un lugar tan caluroso. Con todo, puesto que es imposible justificar la corrupción en gran escala, muchos gobiernos se sienten obligados a colaborar con la investigación que está en marcha aun cuando afecte a compatriotas destacados, como ha sido el caso en Brasil, cuya presidenta Dilma Rousseff reaccionó frente al escándalo afirmando que su país se vería beneficiado, ya que “permitirá una mayor profesionalización del fútbol”.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Viernes 29 de mayo de 2015


El fútbol no es sólo un deporte que apasiona a multitudes en casi todos los países del mundo aunque, paradójicamente, Estados Unidos constituye una excepción parcial, puesto que para muchos tradicionalistas es un juego más apropiado para mujeres que para hombres. Gracias a la televisión, también es un negocio tan extraordinariamente lucrativo que atrae a empresarios y otros que están mucho más interesados en el dinero que en el deporte como tal, además de políticos que esperan conseguir, con la ayuda de los jugadores de los clubes que los tienen como presidentes, algunos puntos adicionales de popularidad. Así las cosas, no es del todo sorprendente que algunos dirigentes de la FIFA, en especial los procedentes de países que son notoriamente corruptos, se hayan acostumbrado a aprovechar las oportunidades brindadas por el reparto de contratos entre empresas mediáticas y la venta de derechos publicitarios para esquilmar a los aficionados, embolsando millones de dólares en coimas. Aunque algunos periodistas deportivos vienen denunciando tales prácticas desde hace más de diez años, hasta el miércoles pasado el mandamás de la FIFA, el suizo Joseph “Sepp” Blatter, no se sentía demasiado preocupado por acusaciones que, como suelen hacer los políticos en tales circunstancias, atribuía a la voluntad de sus rivales de desensillarlo impulsando una campaña de prensa en su contra. Fue necesario que la Justicia norteamericana optara por intervenir en el asunto para que las autoridades de los demás países dejaran de pasar por alto la corrupción rampante de tantos personajes de trayectoria dudosa que viven del “jogo bonito”, lo que, en vista de la cantidad de países involucrados, pudo considerarse lógico. Bien que mal, el fútbol no carece de importancia geopolítica. Es de prever, pues, que para defenderse los blancos de las acusaciones continuarán insistiendo en que son víctimas del imperialismo judicial de un país cuyos gobernantes parecen creer que el mundo entero debería someterse a sus dictados. Asimismo, subrayarán que en el mundo futbolístico Estados Unidos dista de ser una gran potencia, razón por la que a su entender sería impropio permitirle procurar manejar una entidad internacional en la que su participación debería ser limitada. Huelga decir que tales argumentos no impresionarán al Departamento de Justicia estadounidense, que se atribuye el derecho a liderar la investigación porque los acusados de recibir coimas jugosas –según se informa, al recién fallecido Julio Grondona le tocaron 15 millones de dólares–, entre ellos varios empresarios argentinos, usaban bancos bajo jurisdicción norteamericana para algunas operaciones ilícitas y porque, en opinión de la secretaria de Justicia Loretta Lynch y sus asesores, la FIFA es tan corrupta que, como la Mafia italiana, ya forma parte del mundo del crimen organizado. Parecería que las autoridades suizas comparten su punto de vista, razón por la que la policía de su país detuvo en Zurich a siete dirigentes del organismo que se preparaban para elegir al nuevo presidente que, se preveía, seguiría siendo Blatter. Para frenar la ofensiva que ha emprendido la Justicia de Estados Unidos contra la FIFA, tanto los directamente acusados de corrupción como gobiernos que temen verse perjudicados ya están esforzándose por politizarla, tratándola como una conspiración anglosajona, puesto que los británicos parecen haberse aliado con sus “primos” transatlánticos. Según el presidente ruso Vladimir Putin, lo que quieren los norteamericanos y sus amigos es quitarle a Rusia el Mundial del 2018. Por su parte, los cataríes temen que el emirato pierda el derecho a organizar el torneo previsto para el 2022, ya que muchos están convencidos de que, si no fuera por el dinero que cambió de manos, a ningún dirigente de la FIFA se le hubiera ocurrido apoyar la decisión polémica de celebrarlo en un lugar tan caluroso. Con todo, puesto que es imposible justificar la corrupción en gran escala, muchos gobiernos se sienten obligados a colaborar con la investigación que está en marcha aun cuando afecte a compatriotas destacados, como ha sido el caso en Brasil, cuya presidenta Dilma Rousseff reaccionó frente al escándalo afirmando que su país se vería beneficiado, ya que “permitirá una mayor profesionalización del fútbol”.

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