La rebelión de los perdedores

No hay nada más peligroso que una doctrina que justifica el asesinato de quienes se niegan a compartirla. Puede que tuviera razón el joven Domingo Faustino Sarmiento cuando escribió sobre una roca, en francés, su propia versión de una frase de Denis Diderot, “las ideas no se matan”, pero hay ideas que sí son mortíferas.

SEGÚN LO VEO

Sin proponérselo, Karl Marx condenó a muerte a decenas de millones de personas. También provocarían un sinnúmero de tragedias aquellos pacíficos estudiosos alemanes cuyas nociones acerca del origen y el destino de los pueblos nórdicos fascinarían a los nazis.

Detrás de todo estallido de salvajismo en gran escala se encuentran pensadores que brindan a los violentos pretextos para cometer atrocidades. Los islamistas que desde hace años están horrorizando al resto del mundo no constituyen una excepción. Además de Mahoma, que actuó conforme a las normas despiadadas de los siglos VI y VII de la era cristiana y una larga serie de fanáticos que convocaban a la guerra santa, se inspiran en los libros de hombres como el egipcio Sayyid Qutb, un ensayista notable que murió ahorcado en 1966, que soñaban con la resurrección del califato y ubicaban en el Occidente las fuentes del mal.

Andando el tiempo, personajes como Osama bin Laden hicieron de las ideas de Qutb y otros vinculados con la Hermandad Musulmana una doctrina que tendría consecuencias terroríficas para los habitantes de los países ya islámicos y podría tenerlas para todos los demás. De no haber sido por ellos, el mundo musulmán pudo haber emprendido un rumbo muy distinto del que, para angustia de los escasos dirigentes que se animan a calificarse de “moderados”, lo está arrastrando hacia un abismo de crueldad y oscurantismo.

Como en su momento el comunismo, el nazismo y las diversas variantes del fascismo, el islamismo es reaccionario, en el sentido estricto de la palabra; se alimenta del rencor de quienes repudian el mundo moderno tal y como está configurándose. Atrae no sólo a intelectuales por lo común musulmanes deseosos de encontrar una alternativa radical al statu quo, sino también a una multitud de personas jóvenes a quienes les encanta la posibilidad de transformarse en guerreros.

De tomarse en serio la prédica progresista, pacifista y humanitaria que está de moda en el Occidente, se trata de una aberración inexplicable. ¿Lo es? Por supuesto que no; la guerra, con todo cuanto implica, casi siempre ha motivado el entusiasmo de muchísimas personas que ven en ella una liberación de la triste normalidad cotidiana. Es lo que sucedió aquí en abril de 1982 y, en la actualidad, en la inmensa región que se extiende desde Marruecos en el oeste hasta del sur de Filipinas, una región que se ha visto suplementada últimamente por la consolidación de grandes enclaves musulmanes en Europa.

Con todo, aunque para muchos resulta irresistible la oportunidad brindada por el Estado Islámico, o ISIS, para transformarse en bárbaros medievales, el auge del islamismo militante que está devastando el Oriente Medio, Pakistán, Afganistán, Libia, Nigeria y otros países se debe a algo más que una ideología determinada. Además de la prédica de los convencidos de que regresar al siglo VII es la única “solución” para los males que atribulan al hombre contemporáneo, influye la conciencia de que la civilización musulmana no es “competitiva”, por decirlo así, en un mundo globalizado.

Para adaptarse a las exigencias planteadas por el desarrollo tecnológico y los incesantes cambios socioeconómicos, los países musulmanes tendrían que despojarse de un conjunto de tradiciones entrañables, algunas enraizadas en una religión que no se presta a reformas como las que cambiaron los distintos cultos cristianos, debilitándolos hasta tal punto que una proporción creciente de los fieles les daría la espalda. Es merced a la escasa flexibilidad de las distintas variantes del islam que los clérigos musulmanes han podido mantener a raya la modernidad con más éxito que sus homólogos católicos, protestantes u ortodoxos.

No se equivocan por completo los islamistas que culpan al Occidente por los estallidos de ira colectiva que están convulsionando casi todos los países musulmanes. Si bien los yihadistas más célebres distan de ser pobres y abundan en las filas de ISIS profesionales jóvenes procedentes de Francia, el Reino Unido, Bélgica, Alemania y otras partes de Europa, todos se sienten humillados por el atraso relativo no sólo de las sociedades mayormente islámicas, que aportan mucho menos al bienestar mundial que el pequeño Estado judío, sino también del grueso de las decenas de millones de musulmanes que viven en países desarrollados.

Los datos son lapidarios. Mientras que los hijos de los inmigrantes chinos, coreanos, vietnamitas, hindúes y nigerianos del sur cristiano se destacan en los colegios, igualando a los nativos o superándolos, los varones musulmanes propenden a quedar rezagados. También provoca problemas médicos el grado muy alto de consanguinidad que se da en comunidades habituadas a la endogamia. En cambio, los musulmanes están sobrerrepresentados en las cárceles europeas.

Con la ayuda de los militantes de “la política de la identidad”, muchos achacan los fracasos personales de sus congéneres a los prejuicios de la mayoría, “victimizándose”, lo que, huelga decirlo, contribuye a la sensación de que los occidentales se han propuesto destruir el islam y por lo tanto hay que defenderlo por los medios que fueran. Una proporción muy elevada de los musulmanes jóvenes que residen en Europa simpatiza con el Estado Islámico y aprueba los atentados terroristas contra símbolos del poder occidental, sobre todo si son considerados judíos.

Durante décadas, dirigentes norteamericanos y europeos han procurado congraciarse con los musulmanes, hablando maravillas de sus supuestos logros y, en algunos países, sancionando a quienes aventuran que el islam es incompatible con la democracia pluralista, pero la estrategia apaciguadora ha resultado ser contraproducente. En la Unión Europea, la mayoría de los nativos ya se ha entregado a “la islamofobia”. Aunque los gobiernos de los países miembros siguen resistiéndose a dejarse influir por las protestas de quienes se sienten amenazados por la presencia de comunidades que les son indisimuladamente hostiles, al multiplicarse las atrocidades perpetradas por los yihadistas, algunos adoptarán posturas mucho menos amistosas que las actuales, lo que podría tener consecuencias catastróficas para quienes se habían imaginado a salvo de la barbarie que está causando tantos estragos en otras partes del planeta.

JAMES NEILSON


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