Venezuela también cambia

Por Redacción

La derrota que acaban de experimentar los chavistas en las elecciones legislativas venezolanas del domingo pasado ha sido tan contundente que hasta los aliados militares del gobierno del presidente Nicolás Maduro se negaron a permitirles intentar recuperar terreno movilizando a sus matones para que dieran batalla contra “el imperialismo” en la calle. Como sucedió aquí el 25 de octubre, el régimen demoró mucho la difusión de los resultados y mantuvo abiertos durante horas adicionales los centros de votación con la esperanza de poder encontrar la forma de ocultar lo que había ocurrido, pero tales estratagemas no le sirvieron para nada. Fue tan aplastante el triunfo de la Mesa de Unidad Democrática “ultraderechista” que a Maduro no le quedó más alternativa que reconocerlo. Si la coalición opositora tiene dos tercios de los escaños en el parlamento unicameral –parece que le falta uno– puede aprobar un proyecto de reforma constitucional para entonces llevar a cabo una serie de cambios drásticos encaminados a sepultar definitivamente la “revolución” bolivariana que se inició 17 años atrás. Así y todo, la tarea que le aguarda no será nada fácil. Han sido tan corruptos los chavistas que tienen motivos de sobra para querer conservar al poder “como sea”, para citar a Maduro que, en vísperas de las elecciones, dio a entender que estaría dispuesto a ir a virtualmente cualquier extremo para defender “el socialismo del siglo XXI”. Felizmente para sus compatriotas, parecería que los jefes de las fuerzas armadas venezolanas no se sienten tentados por un eventual orden “cívico-militar”. La debacle electoral del chavismo apenas requiere explicaciones. El régimen autoritario instalado por el comandante Hugo Chávez ha sido tan asombrosamente inepto, violento y, desde luego, corrupto, que lo sorprendente no es que la ciudadanía lo haya repudiado masivamente en las urnas sino que, a pesar de todo lo mal que ha hecho, sus candidatos consiguieron aferrarse a más de cincuenta bancas parlamentarias. Con la prepotencia que siempre ha sido su característica más llamativa, los chavistas han logrado arruinar un país que, merced a gigantescas reservas de petróleo, debería estar entre los más ricos del planeta. La tasa de inflación supera el 200% anual, el producto bruto está jibarizándose, el nivel de vida del grueso de la población cae a una velocidad desconcertante y debido a la proliferación de delincuentes brutales las calles de las principales ciudades son aún más peligrosas que las de Bagdad y Kabul. Para revertir esta situación catastrófica, Maduro se ha comprometido a “atacar a los acaparadores”, como si ellos tuvieran que ver con las consecuencias previsibles de años de despilfarro, pero las medidas propuestas por los dirigentes opositores parecen igualmente simbólicas, acaso porque se sienten desbordados por una crisis estructural de dimensiones descomunales para la cual no habrá soluciones políticamente viables. Según Maduro, Venezuela ha sido víctima de “una guerra económica”: tiene razón, pero sucede que desde el fallecimiento de Chávez él mismo es el líder de las fuerzas enemigas. Si bien los chavistas, como los kirchneristas en su momento, esperaban eternizarse en el poder, parecería que nunca se les ocurrió que sería de su propio interés pensar en el futuro. Cuando por fin abandonen el escenario, dejarán a sus sucesores un país devastado. Virtualmente todos los muchos problemas de Venezuela se deben a la inoperancia realmente extraordinaria de sus gobernantes “revolucionarios”. Atribuirlos a la caída abrupta del precio internacional del único producto que Venezuela está en condiciones de exportar sería inútil, ya que la cotización del barril de petróleo sigue siendo más alta de lo que era en muchos años anteriores y, de todos modos, el régimen pudo haber aprovechado los cuantiosos ingresos que le aportó para invertir en actividades productivas. No lo hizo. Lo mismo que los kirchneristas en nuestro país, los chavistas gastaron casi todo en clientelismo político; la única diferencia es que también repartieron muchísimo dinero entre sus simpatizantes en otras partes de América Latina, incluyendo la Argentina. Los resultados de tanta insensatez están a la vista; Venezuela se tambalea al borde de la bancarrota.


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