La santidad del señor García

Tras su descenso a los infiernos, un Charly recuperado brindó un celebrado recital en Neuquén.

Yamil Regules

“Nunca pensé encontrarme con García, tan vivo y sano como vos y yo…”. Ocurrente y algo mordaz, alguien parafraseó con aquella canción de Serú Girán apenas Charly pisó el escenario del Ruca Che. Eran las 22:05 y la ficha cayó para todos en la fría noche sabatina. Ahí estaba el bicolor. El que algunos piensan que es mixto, el que se vendió a Fiorucci, el que no va en tren, el que sabe cómo conseguir chicas, el que volvió de la muerte. Él, Charly, prócer insoslayable del rock argento de todos los tiempos, vivió para contarla… y para cantarla, como nunca debió dejar de hacerlo si no fuera por su desafiante y temido descenso al infierno, no siempre tan encantador. García es palabra santa, independientemente de las épocas. Las demostraciones de amor genuino que recibió en tierras neuquinas, está reservado únicamente a aquellos personajes icónicos del árbol de la argentinidad. En un año con mucho simbolismo albiceleste, está claro que Charly es el insigne rocker de estas pampas. García subió a las tablas, puso sus largos dedos en las teclas del lustrado piano de cola negro y ya no hubo vuelta atrás. La ceremonia estaba en marcha. “Demoliendo hoteles”, “Promesas sobre el bidet”, “Rap del exilio”, “No soy un extraño”, “Cerca de la revolución”… todo pegadito, sin respiro, con altas dosis de excitación y también de alivio en rostros que coexistieron junto a la música de Charly en los últimos treinta años. En medio de tanto hit, hubo tema nuevo: “La medicina del doctor”, con letra típica de García, decorado con un ‘colchón’ Hammond del Zorrito Quintiero y un punteo aguijoneante del Negro García López. Y Charly cantó: “…Y aunque no pierdo la esperanza/ a veces con vivir no alcanza/ voy a tomar un poquito más de aquella medicina del doctor/. La gente ya estaba en trance a esta altura. La metamorfosis corporal post internación le agregó kilos a su siempre escuálida figura, pero no alcanzó a procesar su aura. Sin el voltaje de antaño, García se las arregla aún para plantarse en el escenario y dejar que la química entre él y sus fans se entregue a la simbiosis, eterna y fiel. A medida que avanza la noche, García apoya su voz en el susurro siempre en línea de Hilda Lizarazu, otro soporte clave para que la performance de Charly no pierda brillo. Al pasar se atreve a corregir al Negro García López cuando éste pronostica un 3-0 de Argentina sobre México en el Mundial. “Va a ser 3-1. Ayer hablé con Diego y me lo dijo”. “¿3-0, no?” pregunta el guitarrista. “No, acá el capo dice que vamos a ganar 3-1 y listo”. Diego, Charly, próceres en resurrección… La noche avanza y calor interno ya se hizo lugar. Tras dos horas de show Charly, se despide, vuelve para el bis, intenta una retirada pero la gente, estoica, pide por más. García accede y (auto)homenajea a Serú Giran (“Seminare”), Tango (“Hablando a tu corazón”) y Sui Géneris (“Canción para mi muerte” –por primera vez solo frente al piano– y “Mr. Jones”) El tipo está feliz. Ensaya un corte de mangas para dejar en claro que siempre renegará a ser un chico dócil. “Say no More” sigue siendo el grito de guerra, a pesar de que el concepto visto y ejecutado por el otrora fundamentalismo de Charly, casi lo lleva hacia el otro lado. Al ver (obligado o no) que se quedaba sin carretel, García supo rebobinar la cinta de su vida y la detuvo al contemplar las nuevas olas, quienes le trajeron la música de regreso a su vida. García volvió a hacer equilibrio, a tener los pies en las tablas y la cabeza sobre los hombros, y no sólo de manera literal. Nada ni nadie jubilará la provocación innata del bicolor, pero con menos arrebatos, menos bardo y con pantalones bien sujetos a la cintura, Charly demuestra (y se demuestra) de que así le alcanza igual para seguir siendo Charly. Es que al fin y al cabo fue su música la que siempre hizo la diferencia.

walter rodríguez wrodriguez@rionegro.com.ar


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