La seducción de una gran artista

La soprano Carla Filipcic-Holm deslumbró al público de la región en la función de apertura de la Temporada de Armonicus. En el concierto del pasado sábado, que estuvo patrocinado por “Total Austral”, la cantante estuvo acompañada al piano por José Luis Juri. Filipcic sedujo al público porque su material vocal cuenta con un pujante dominio de la comunicación que le permite lograr gran claridad expresiva y un sentido muy natural de la línea poética. Con excelente afinación, exhibe una voz joven desde todo punto de vista, timbre, neta definición y equilibrio entre los registros agudo, medio y grave. En la primera parte del programa se escucharon exquisitas canciones de autores franceses: Reynaldo Hahn (“A Chloris”), Claude Debussy (“Ariettes oubliées”) y Maurice Ravel (Cinco canciones populares griegas). Su técnica de canto es impecable. Con “Nevicatta”, de Ottorino Respighi, mostró su vena dramática, así como en el resto se afirmó sólidamente en el carácter lírico. Entre la apertura sugestiva con compositores franceses y el cierre extrovertido con las obras de los españoles Joaquín Rodrigo (Cuatro madrigales amatorios) y Xavier Montsalvatge (Cinco canciones negras), funcionaron como bisagra dos tangos (“Garoto” y “Carioca”) del brasileño Ernesto de Nazareth, que ejecutó magistralmente el pianista José Luis Juri. Filipcic compartió plenamente los méritos con Juri, un pianista excepcional que fue mucho más que un mero acompañante y en la cuenta de quien también hay que cargar los placeres de este recital de lujo. En los bises mostró su multiplicidad con “Canción del árbol del olvido”, de Alberto Ginastera, y la romanza de la zarzuela “Las hijas del Zebedeo”, de Ruperto Chapí, y el público la ovacionó de pie.

JUAN CARLOS TARIFA


La soprano Carla Filipcic-Holm deslumbró al público de la región en la función de apertura de la Temporada de Armonicus. En el concierto del pasado sábado, que estuvo patrocinado por “Total Austral”, la cantante estuvo acompañada al piano por José Luis Juri. Filipcic sedujo al público porque su material vocal cuenta con un pujante dominio de la comunicación que le permite lograr gran claridad expresiva y un sentido muy natural de la línea poética. Con excelente afinación, exhibe una voz joven desde todo punto de vista, timbre, neta definición y equilibrio entre los registros agudo, medio y grave. En la primera parte del programa se escucharon exquisitas canciones de autores franceses: Reynaldo Hahn (“A Chloris”), Claude Debussy (“Ariettes oubliées”) y Maurice Ravel (Cinco canciones populares griegas). Su técnica de canto es impecable. Con “Nevicatta”, de Ottorino Respighi, mostró su vena dramática, así como en el resto se afirmó sólidamente en el carácter lírico. Entre la apertura sugestiva con compositores franceses y el cierre extrovertido con las obras de los españoles Joaquín Rodrigo (Cuatro madrigales amatorios) y Xavier Montsalvatge (Cinco canciones negras), funcionaron como bisagra dos tangos (“Garoto” y “Carioca”) del brasileño Ernesto de Nazareth, que ejecutó magistralmente el pianista José Luis Juri. Filipcic compartió plenamente los méritos con Juri, un pianista excepcional que fue mucho más que un mero acompañante y en la cuenta de quien también hay que cargar los placeres de este recital de lujo. En los bises mostró su multiplicidad con “Canción del árbol del olvido”, de Alberto Ginastera, y la romanza de la zarzuela “Las hijas del Zebedeo”, de Ruperto Chapí, y el público la ovacionó de pie.

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