La sombra de Icare

Redacción

Por Redacción

por CARLOS TORRENGO

En plena nevada, suele trajinar Bariloche de saco, vaqueros y musculosa estridente. Y en ma drugadas de boliche, disputar con vehemencia la propiedad de una botella de tequila. Defenderla mientras la lengua se le pone pesada y el cerebro compadrito.

Hay quienes lo definen desde el poder político que tiene. Entonces sentencian:

–Foures es el que mueve el municipio de Bariloche. Sin él Icare no existe…

Y no escasean los que le temen. Son los que lo ven disfrutar de la muy particular convicción con que ejerce el poder. Estilo directo. Economía de palabras. «Vaca es vaca, toro es toro». Y si es necesario, trato muy agrio con proclividad a excluir al otro con desprecio:

–¡Piensa más un ladrillo que usted! –le descerrajó a una concejal del PJ.

Y por alguna razón que se hunde en recodos de su intimidad, Adolfo Foures, secretario de Gobierno de Bariloche, de tanto en tanto suelta su homofobismo. «Puto» y «Putito» se conjugan entonces en su discurso cotidiano para descalificar a quien lo disgusta.

–Yo me voy de boca, no más –se defiende Foures. Un irse a través del cual amenaza.

–¡No te metas con el intendente!… ¡Te voy a matar! – le dijo en diciembre con ojos de furia y verbo rabioso a la concejal peronista Silvina Larraburu. Ella lo miró desde su metro ochenta y abolengo de Reina de las Nieves. Rato después lo denunció ante el fuero Penal.

–¡Pero Silvi… una broma!…

Pero «Silvi» ratificó la denuncia.

Hombre de siempre tener una petaca con alcohol en el bolsillo –el frío, claro–, Foures se licenció en Córdoba en Ciencias Políticas. Llegó a Bariloche a inicios de los `90 impregnado de una aspiración exigente y estéril : «Revolución ya». Venía de emociones fuertes para su tardío espíritu sesentista: su participación a mediados de los `80 del desmadre con que la oposición chilena creyó que derrotaba a Pinochet.

La crisis fiscal que al promediar los `90 arrinconó a la gestión Massaccesi colocó a Foures en la escena pública. Una foto lo muestra apedreando la casa del entonces vicegobernador Gagliardi.

A trancas y retrancas un día conoció de Alberto Icare. Hoy los une un vínculo que sólo quiebra la intimidad que es propia del descanso y el sexo. Foures cubre los baches intelectuales del intendente. Este le responde en términos casi del «Peludo» Yrigoyen: «Vaya y haga».

–¡Aguante Icare!… ¡No me afloje Icare!… ¡Vamos bien Icare! –le deslizaba al oído semanas atrás Foures, mientras los estudiantes acosaban al intendente por el aumento del boleto de micro.

–No sé de cuál Foures hablarle -–dice un diputado radical que lo conoce bien. Y acota:

–Puedo hablarle del Foures que de Maquiavelo aprendió la necesidad de separar el ejercicio del poder de toda tensión ética, o del Foures que se transforma a partir de las 20… cuando celular en mano se deja llevar por frenéticos arrebatos… política para él; todos son unos boludos, menos él, que se asume en términos de Napoleón, a quien ama…

Las madrugadas suelen encontrar a Foures gritando en un boliche y disputando protagonismo a veces contra nadie. O con su sombra.

Amante de la política de hechos, opera sobre ella de acuerdo a necesidades objetivas de poder. Un poder que Foures hoy tiene.

Pero poder que en Argentina suele ser muy veleidoso.


por CARLOS TORRENGO

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