La sombra de la violencia

Por Redacción

Nadie parece saber muy bien lo que le ocurrió al expreso político Jorge Julio López, el albañil que fue visto en público por última vez en La Plata en septiembre del 2006, pero el que muchos sigan tratándolo como “el primer desaparecido en democracia”, cuando no el único, podría tomarse por evidencia de que, durante casi treinta años, la Argentina ha sido en verdad un país ajeno a la violencia política. ¿Lo será por mucho tiempo más? Hay razones para dudarlo. En las semanas últimas, el gobernador santafesino Antonio Bonfatti fue atacado a balazos en su casa, la “luchadora social” jujeña Milagro Sala fue emboscada por exmilitantes de su propia organización, la Tupac Amaru, que a juicio del fiscal a cargo del caso “tiraron a matar” y, en La Matanza, Sergio Massa y dos compañeros fueron heridos al ser apedreados por una banda de oficialistas enfurecidos. Aunque Bonfatti y Massa procuraron minimizar la gravedad de lo sucedido, dando a entender que se trataba de incidentes aislados, otros temen que, una vez más, el país pueda verse convertido en un campo de batalla disputado por facciones intolerantes, como sucedió en los años que precedieron al Proceso militar en el que la dictadura institucionalizó, por decirlo así, la Triple A creada por “el brujo” José López Rega con la anuencia del general Juan Domingo Perón. Quienes presienten que estamos en vísperas de una etapa nada tranquila creen que la retórica belicosa, maniquea y en ocasiones muy poco democrática favorecida por los kirchneristas más exaltados ha provocado una situación en que la violencia no sólo verbal, a la que el país está acostumbrado, sino también física, sea virtualmente inevitable. Es de esperar que tales pesimistas se hayan equivocado, que algunos episodios alarmantes se habrán debido a delincuentes comunes y que, una vez apagadas las pasiones electorales, se restaure la calma. Con todo, es lógico que muchos se sientan preocupados, ya que son tantos los motivos para prever que el repliegue de quienes se habían propuesto quedarse por décadas más no sea tan pacífico como lo sería de tratarse de una agrupación política de aspiraciones menos exageradas. No sólo es cuestión de lo difícil que les resulta a los kirchneristas más rudimentarios entender que, en política, nada, ni siquiera el reinado de la Cristina eterna, dura para siempre. También lo es de lo costoso que sería para muchos que el próximo gobierno o su sucesor, presionado por la ciudadanía, impulsara una investigación exhaustiva de la evolución de los patrimonios de integrantes del “gobierno más corrupto de la historia” y sus cómplices del sector privado. Lo mismo que los militares en su momento, quienes se plegaron con más entusiasmo al “proyecto” del matrimonio Kirchner encontraron tan irresistibles las tentaciones que les ofreció el poder supuestamente hegemónico que no vacilaron en quemar sus barcos, con el resultado de que, en el caso de algunos que se creían impunes de por vida, podría aguardarles un futuro sumamente ingrato. ¿Se resignarán pasivamente a lo que el destino les tenga reservado como, para sorpresa de muchos, hicieron casi todos los militares acusados de violar los derechos humanos? ¿O tomarán en serio el credo “revolucionario” que, suponían, les otorga el derecho a mofarse de leyes “burguesas”? Al darse cuenta Cristina y sus incondicionales de que la mayoría ya no los apoyaba, emprendieron una ofensiva furibunda contra “la corporación judicial”; lo que buscaban eran pretextos ideológicos para negarse a someterse a la Justicia en el caso de que, abandonados por el electorado, se vieran desplazados del poder. Una paradoja de la política nacional es que aquellos regímenes que aspiran a perpetuarse o, cuando menos, a disponer del tiempo suficiente como para llevar a cabo un programa de reformas estructurales tan profundas que harían de la Argentina otro país, suelan ser tan asombrosamente miopes. Sus dirigentes piensan en términos de semanas o, en el caso del gobierno kirchnerista, de los titulares del día siguiente. No bien alcanzan el poder, se ponen a cometer tantos errores estratégicos que, muy pronto, se encuentran a la defensiva, intentando demorar las consecuencias de su propia imprevisión. Aunque parecería que, con tal que el gobierno manejara bien la economía, buena parte de la ciudadanía pasaría por alto la conducta de ciertos funcionarios y, desde luego, el enriquecimiento inverosímil de la presidenta misma, los kirchneristas ni siquiera respetaron el pacto perverso así supuesto, con el resultado de que no contarán con el escudo protector que, en otras circunstancias, les hubiera permitido enfrentar el futuro con ecuanimidad. Los militantes kirchneristas más fervorosos han dado a entender que cualquier alternativa al gobierno actual sería tan inenarrablemente terrible que nada los haría abandonar el poder. Para justificar tal postura, se han pertrechado de una cantidad de argumentos ideológicos que en su opinión son contundentes. Mientras aún disfrutaron del respaldo de la mayoría, sus pretensiones no motivaban demasiada inquietud. Al hacerse evidente que Cristina había perdido el apoyo de por lo menos la mitad de quienes la habían votado en octubre del 2011, la sospecha de que, por motivos tanto ideológicos como personales, los “soldados” kirchneristas podrían ir a virtualmente cualquier extremo a fin de aferrarse al poder, está contribuyendo a difundir la sensación de que al país le espera una etapa que con toda seguridad será tumultuosa. Además del temor de que la violencia verbal que es tan típica del “estilo K” engendre violencia física, muchos prevén que el gobierno opte por hacer de la economía un arma política, que en adelante se dedique a construir una bomba de tiempo que será entregada a su sucesor. Es lo que hacían los populistas cuando eran rutinarios los golpes militares; confiaban en que los ajustes “neoliberales” que los uniformados pondrían en marcha servirían para desprestigiarlos hasta tal punto que el pueblo buscaría su salvación en brazos de quienes se comprometieran a tratar a los odiados números con el desprecio que merecen. ¿Es lo que tienen en mente los estrategas kirchneristas? Puede que no, pero a menos que obren con mayor sensatez en los meses próximos, el país no tardará en sufrir problemas económicos, y por lo tanto sociales, tan graves que parecerían realistas hasta las teorías conspirativas más extravagantes confeccionadas por quienes atribuyen todo cuanto sucede a la malevolencia de personas o agrupaciones determinadas.

JAMES NEILSON

SEGÚN LO VEO