La última estación de Paul Auster

Es la novela más descarnada y honesta del autor de “Leviatán”.

Redacción

Por Redacción

Verónica bonacchi

vbonacchi@rionegro.com.ar

En su nueva novela, Paul Auster narra su cuerpo, desde la perspectiva que da el paso del tiempo.

Apenas a los cincuenta años, Jorge Luis Borges escribió “Límites”, en el que la muerte se le presentaba como una destino ineludible y se le antojaba no tan lejana. “De estas calles que ahondan el poniente,/Una habrá (no se cuál) que he recorrido/ Ya por última vez, indiferente”, comienza el escritor que justamente quería sobrevivir en este poema (junto al “Poema conjetural”, el “Poema de los dones”, “Everness” y “Golem”).

A los 64 (ya cumplió 65 en febrero), Paul Auster hace un ejercicio parecido. En la novela “Diario de invierno” (Anagrama), el escritor norteamericano se muestra sino nostálgico del pasado, consciente de lo vivido, descarnadamente consciente de lo vivido. Las cicatrices que le dejó la vida, todos los amores pasados y el presente, los veintiún domicilios que tuvo desde que nació hasta hoy, en Park Slope de Brooklyn; los dolores físicos, las muertes cercanas, los repentinos ataques de pánico. Y sobre todo, la certeza de que su cuerpo -principal protagonista de este libro- ya no es el mismo. De que todo ese camino recorrido, esos virajes, esos movimientos, han dejado huellas imborrables, permanentes, en el cuerpo. Borges tenía la certeza de que había lugares (no sabía cuáles) que ya no transitaría más. Auster se pregunta, en una novela de 200 páginas, ¿cuántas mañanas le quedarán?, consciente él de que ha entrado en el invierno de su vida, la última estación.

Aún así, “Diario de invierno” no es un inventario de todo lo hecho por un escritor que tiene una legión de seguidores. Al contrario. No hay casi en este libro rastros del autor exitoso. Aquí no importa cómo nació “Leviatán”, o qué inspiró “La trilogía de Nueva York”. Aquí sólo importa el hombre, con más talones de Aquiles que premios literarios. Un hombre al que la muerte de su madre deja con reiterados ataques de pánico (“el pánico es la expresión de una huida mental, la fuerza que surge espontáneamente en tu interior cuando te sientes atrapado, cuando no puede soportarse la verdad, cuando resulta imposible afrontar la injusticia de esa verdad ineludible”, asegura Auster); el hombre cuya tía le recuerda ese mismo día del entierro, que su madre era una obsesa sexual, una esposa infiel, un desastre; el hombre que decide dejar de manejar de una vez y para siempre el día en el que choca y casi mata a su mujer y a su hija por imprudencia; el que fuma y bebe más de la cuenta; el que tiene los ojos dañados; el hombre que falló en su primer matrimonio, el que se sabe afortunado por haber conocido a su segunda mujer, la escritora Siri Husvedt.

Auster ya había ensayado la autobiografía en “La invención de la soledad”, el libro que escribió inmediatamente después de la muerte de su padre, como una suerte de exorcismo del dolor y como una inteligente comprensión de la inutilidad de las cosas cuando el dueño que les daba sentido se ha ido para siempre, y también en “A salto de mata”. Pero es en “Diario de invierno” donde habla, sin pudores, de su cuerpo. No hay libro de Auster más honesto que éste; más desnudo. Paul Auster, retratado por Paul Auster, no es ese autor que desde las solapas del libro parece siempre una estrella de cine; Paul Auster, aquí, es un mortal, con las dolencias, las dudas, y las falencias de un cuerpo que reconoce que envejece.

“El fin de la vida es amargo”, cita Auster a Joseph Joubert, cuando muere su abuela. Pero hacia el final del libro, prefiere otra frase de Joubert: “Hay que morir inspirando amor (si se puede)”. “Probablemente no exista mayor logro humano que merecer amor al final”, sostiene un Auster completamente convencido, a su manera, de que hay calles que ya ha recorrido por última vez.


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