La vestimenta en los escritores

La moda muchas veces nos crea dilemas un tanto indisolubles, como por ejemplo a los hombres de cierta edad o contextura física el uso del pantalón adherido cual cáscara de naranja verde a la pulpa, llamado popularmente “chupín”. No a todos queda bien este tipo de vestimenta y como se sabe de la moda al ridículo basta un espejo, aunque uno persista en seguir la tendencia para ocultar su fecha de elaboración y no parecer demodé.
En fin, a la que le importaba poco la vestimenta era a George Sand,–la escritora romántica, autora de “La pequeña Fadette”–, empeñada en romper convenciones sociales en pos de la libertad no dudaba en vestirse con ropa de hombre, no solo en la intimidad para escribir, sino en salir a la calle, ya que firmaba con un seudónimo varonil; lo que causaba escandaletes en la sociedad parisina de mediados de 1800.
En la actualidad hay una tendencia, muy de celebridades empresariales o de algunos presidentes, a vestirse siempre igual; alegan que es más práctico y permite tomar una decisión menos en el día. Pero esta conducta de utilizar la vestimenta casi como un uniforme tiene muchos peldaños anteriores, en uno de ellos hay que ubicar al maestro del nuevo periodismo, Tom Wolfe, quien adoptó, siendo joven, el mítico traje y chaleco blanco que combinaba con diferentes corbatas, camisas y sombreros. Durante décadas y hasta el final el autor de “La hoguera de las vanidades” jamás cambió el color de su vestimenta.
En la orilla opuesta hubo escritores que hicieron del desaliño una marca registrada de su vestuario. Así el novelista español Pío Baroja, autor de “Zalacaín, el aventurero”, a medida que envejecía se vestía peor. No le gustaba estrenar ropa y usaba la que dejaban sus sobrinos. Cuando sus zapatos dejaron de tener cordones recurrió a una pequeña cuerda para atarlos y se cuenta que su hermano le regaló un abrigo casi nuevo; pero como le quedaba muy largo el propio Baroja le metió tijera entusiasmado y cortó el forro y los bolsillos, además de la asimetría de corto adelante y largo atrás. Igual paseaba tranquilamente con su gabán amputado por Madrid.
Bueno, vuelvo al inicio, ¿tendré que comprar chupines?


Temas

Literatura

La moda muchas veces nos crea dilemas un tanto indisolubles, como por ejemplo a los hombres de cierta edad o contextura física el uso del pantalón adherido cual cáscara de naranja verde a la pulpa, llamado popularmente “chupín”. No a todos queda bien este tipo de vestimenta y como se sabe de la moda al ridículo basta un espejo, aunque uno persista en seguir la tendencia para ocultar su fecha de elaboración y no parecer demodé.
En fin, a la que le importaba poco la vestimenta era a George Sand,--la escritora romántica, autora de “La pequeña Fadette”--, empeñada en romper convenciones sociales en pos de la libertad no dudaba en vestirse con ropa de hombre, no solo en la intimidad para escribir, sino en salir a la calle, ya que firmaba con un seudónimo varonil; lo que causaba escandaletes en la sociedad parisina de mediados de 1800.
En la actualidad hay una tendencia, muy de celebridades empresariales o de algunos presidentes, a vestirse siempre igual; alegan que es más práctico y permite tomar una decisión menos en el día. Pero esta conducta de utilizar la vestimenta casi como un uniforme tiene muchos peldaños anteriores, en uno de ellos hay que ubicar al maestro del nuevo periodismo, Tom Wolfe, quien adoptó, siendo joven, el mítico traje y chaleco blanco que combinaba con diferentes corbatas, camisas y sombreros. Durante décadas y hasta el final el autor de “La hoguera de las vanidades” jamás cambió el color de su vestimenta.
En la orilla opuesta hubo escritores que hicieron del desaliño una marca registrada de su vestuario. Así el novelista español Pío Baroja, autor de “Zalacaín, el aventurero”, a medida que envejecía se vestía peor. No le gustaba estrenar ropa y usaba la que dejaban sus sobrinos. Cuando sus zapatos dejaron de tener cordones recurrió a una pequeña cuerda para atarlos y se cuenta que su hermano le regaló un abrigo casi nuevo; pero como le quedaba muy largo el propio Baroja le metió tijera entusiasmado y cortó el forro y los bolsillos, además de la asimetría de corto adelante y largo atrás. Igual paseaba tranquilamente con su gabán amputado por Madrid.
Bueno, vuelvo al inicio, ¿tendré que comprar chupines?

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora