Las múltiples caras del mismo fantasma

Redacción

Por Redacción

La depresión es un fantasma actual. No es exactamente lo que la tradición médico-poética llamó melancolía, pero se le parece. Este fantasma tiene varias caras. Entre ellas, las que resaltaremos son las que tienen que ver con la vida profesional.

Este mundo de incertidumbre se extiende por varias zonas. No hay seguridad en el trabajo, no hay seguridad en la familia, no hay seguridad de vivienda, no hay seguridad geográfica en cuanto barrio, ciudad, hasta país, no hay seguridad en el amor, no hay seguridad -como se sabe a pesar de las prevenciones- en la salud, no la hay en la verdad. Esto último nos remite a todos los poderes superiores que hemos heredado de las grandes religiones, y de las ideologías políticas que nos legó el siglo XIX. Lo que Lyotard llamó grandes relatos. No hay grandes relatos, hay fragmentos.

Dice Richard Sennet: «¿De qué modo pueden articularse proyectos de largo alcance en una sociedad cortoplacista? ¿Cómo pueden sostenerse relaciones sociales durables? ¿Cómo puede un ser humano desarrollar una narrativa de su identidad y una historia de vida en una sociedad compuesta de episodios y fragmentos?»

Para Sennet, las narrativas son algo más que una crónica de acontecimientos; le dan forma a una trayectoria temporal progresiva («forward movement of time»).

Haré una pregunta molesta: ¿qué otra narrativa puede hacerse si no es la que se soporta en fragmentos y episodios?¿Qué otra narrativa existe si no es aquella que en la medida en que se escribe se borra?

Hay un tema típicamente escolástico con estas cuestiones de narratividad ecuménica. La palabra narrativa corre el riesgo de convertirse en una contraseña. El profesor de filosofía Charles Taylor, en un libro tan instructivo como fallido («The sources of self») le da a su vez una gran importancia a la narratividad, y a la necesidad ontológica que tenemos de relatarnos a nosotros mismos. Le parece clave para lo que llama identidad y la construcción de sí (self). Para Taylor el individuo no puede saber quién es si no tiene en su mente una trayectoria de sí. Una visión de la dinámica de su transición y transformación hasta su actualidad. Una visión de su vida como un todo (as a whole).

Creo que hay aquí un malentendido, se confunde literatura y vida, es una confusión enmarañada como banana split. El relato que nuestra mente hace de nuestras vidas, es decir el tejido de recuerdos que hilamos con frecuencia, tiene la finalidad de otorgarnos a nosotros mismos una imagen de sentido, una orientación. Nos vemos justificados por el tiempo; nos sentimos protagonistas de diversas epopeyas; víctimas de varias traiciones; juntamos pedazos que antes parecían alejados; descubrimos causalidades, inventamos nuevas relaciones lógicas. Nuestra vida tiene sentido. Qué bien.

Es una suerte, no todo el mundo puede hacerlo. Hay seres que sólo tienen un agujero de cristal. Es una imagen inventada por mí en un poema de juventud para expresar el estado de mi esternón fisurado, zona de máxima sensibilidad. Cuando se tiene un agujero de cristal, no hay narración posible. Sólo existe un volcán apagado pero activo. Un cráter que nada deja, salvo sus bordes. No hay narración como tampoco hay reflejo. Aquel que padece un agujero de cristal no tiene narración ni tampoco imagen en el espejo. Frente a un espejo en el baño, miramos la canilla. Y si queremos vernos en nuestra estampa, nuestra propia mirada nos captura. Tenemos mirada sin ojos.

Por eso es una suerte narrarse, relatarse y verse en un espejo. Pero al revés de lo que ocurre en la literatura, la escritura de nuestra trayectoria vital no se fija en una imprenta. Nuestra vida no tiene editor. De ahí que la narración se escribe y se borra, y como testimonio queda una huella sin letra.

La particularidad de la escritura en la vida es que no cesa de escribirse y de borrarse. Este movimiento ocurre cuando el agujero de cristal ya tiene una forma. La forma es la que permite el vaivén entre letra y nada. Ocurre cuando el agujero de cristal ha dejado de ser ese «Ombilic des limbes» del que habla Artaud. Ya no devora porque ahora mastica, rumia. Por eso el movimiento bien podemos definirlo como productivo, pero de una producción igual a cero. El relato de nuestra vida como un todo es igual a nada, pero no porque sea nada, sino porque al lenguaje no se lo cuelga de una percha dentro del placard para encontrarlo a la mañana siguiente.

La narración de vida que nos hacemos a nosotros mismos pretende fijar el pasado mientras la traga el futuro. Es una ilusión teoricista creer que una narración es un dispositivo fijo y manipulable que usamos para fabricar nuestra identidad. Ya Freud -del que deberíamos olvidarnos- escribió un artículo sobre la maquinita que escribe y borra llamada block maravilloso, y de los alcances de lo que llamo novela familiar.

Sólo el usual candor profesoral puede sostener que las angustias de la actualidad tienen que ver con la dificultad en trazarse a sí misma una narración consistente. Como si los aventureros y los piratas no tuvieran vida para contar. Lo que provoca las ansiedades contemporáneas no es el hiato narrativo, sino la tensión ante la falta de seguridad. Así de grueso.

Un pensador sin complicidades con el poder

Más que filósofo, Tomás Abraham es un tipo inteligente.

En consecuencia, cuando hace filosofía la hace sin predicar. Trabaja sin sentarse en el centro de la escena a la espera de que sus reflexiones retornen cosechando certidumbres por doquier. No.

Tomás Abraham no pertenece a esa clase de filósofos que pontifican. No.

Tomás Abraham se inscribe en la tradición no solemne ni sufriente de la nueva filosofía.

Una tradición que no se tortura con aquel interrogante cuya diabólica dialéctica siempre lo torna agobiantemente inconcluso.

Tradición que -como lo definió Fernando Savater- excluye «la posibilidad de señalar un punto doctrinal más allá del cual ya no cabe preguntar nada».

Tomás Abraham no hace filosofía desde la cosmovisión de Ortega y Gasset. O sea llegando a puntos donde lo que sigue es misterio o leyenda. Y a diferencia de Ortega y Gasset, Tomás Abraham no busca regenerar al hombre desde la filosofía. Por supuesto, Tomás Abraham no tiene complicidades con el poder, como las tuvo aquel español con el franquismo.

Tomás Abraham reflexiona desde la convicción que para hacer filosofía lo más acertado es estar lejos del logo y el enigma. Es decir, desde un sitio donde la actitud filosófica marcha en dirección opuesta a lo cerrado y excluyente. Por eso el sistema reflexivo de Tomás Abraham es abierto, opinable pero sincero, expuesto pero con sólido rigor argumental.

Tomás Abraham hace filosofía sin remilgos ni laberínticas disquisiciones intelectuales. Es una filosofía forjada en una inmensa libertad intelectual. Libertad que pone permanentemente en tela de juicio las opiniones consagradas.

Casi al estilo de Bertrand Russell, para quien «las ideas que pasan por ser fundamentales implican barreras para los logros humanos».

Carlos Torrengo


La depresión es un fantasma actual. No es exactamente lo que la tradición médico-poética llamó melancolía, pero se le parece. Este fantasma tiene varias caras. Entre ellas, las que resaltaremos son las que tienen que ver con la vida profesional.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora