Lecciones griegas

Por Redacción

Para que su país permanezca en la Eurozona, la dirigencia política griega tendrá que permitir que otros, en su caso equipos de tecnócratas avalados por el gobierno alemán que monitorearán desde cerca lo hecho por los griegos mismos, manejen la economía nacional. Si bien el primer ministro Alexis Tsipras ha aceptado el acuerdo draconiano así supuesto, no le será del todo fácil convencer a los miembros más combativos del gobierno que encabeza de la necesidad de ratificarlo, pero aun cuando la derrota que acaba de sufrir en Bruselas lo obligara a llamar a elecciones anticipadas, a los griegos no les será dado continuar negándose a entender que su propia cultura económica y política es incompatible con el nivel de vida al que aspiran. Sucede que, en el fondo, los alemanes y sus aliados –casi todos los demás europeos– tienen razón. El corporativismo populista, con un sector público absurdamente sobredimensionado e ineficiente, la evasión impositiva consentida, la corrupción endémica y muchas otras deficiencias, no puede funcionar sin dosis regulares de subsidios gigantescos. Durante años, los gobiernos griegos lograban conseguirlos a cambio de promesas, afirmándose resueltos a eliminar las anomalías más notorias, hasta que sus socios, que ya habían aportado más de 240.000 millones de euros como “rescates” sin ver ninguna reforma genuina, por fin dijeran basta, de ahí la crisis explosiva desatada por la actitud desafiante asumida por el gobierno de Syriza. Lejos de querer modernizar el anticuado sistema económico de Grecia, los políticos de la Coalición de la Izquierda Radical se proponían defenderlo usando a los nuevos pobres y jubilados como escudos humanos, ya que no vacilarían en acusar al Eurogrupo de ser culpable de sus desgracias. Tal forma de chantaje moral les aseguró la simpatía de quienes atribuyen la pobreza a la codicia de los relativamente ricos, comenzando con los banqueros alemanes, pero no conmovió a los mandatarios y ministros de finanzas que se reunieron por enésima vez en Bruselas para decidir qué hacer con Grecia. Lo que acaba de suceder en Europa ha sido aleccionador. Mal que les pese a los comprometidos con órdenes socioeconómicos y políticos desactualizados, para disfrutar de la prosperidad lograda por los países más avanzados les será necesario aprender de lo que han hecho. Si una sociedad se resiste a hacerlo en nombre del orgullo nacional, la soberanía o el derecho del pueblo a elegir democráticamente lo que le parece conveniente, no tendrá más alternativa que la de resignarse a la pobreza generalizada porque no estará en condiciones de generar muchos recursos. Huelga decir que Grecia no es el único país en el que una clase política de mentalidad corporativista está resuelta a conservar el statu quo. En América Latina muchos, incluyendo la Argentina, están en la misma situación. Con un grado de habilidad que en otras circunstancias motivaría respeto, la mayoría de los políticos, con el respaldo de sus pares, referentes intelectuales y clérigos, ha logrado persuadir a buena parte de la ciudadanía de que sería reaccionario y antipopular intentar reproducir en sus propios países esquemas económicos e institucionales parecidos a aquellos que tantos beneficios han brindado al norte de Europa, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, el Japón y Corea del Sur. Para muchos, el canto de sirena de Syriza, según el cual era deber de los demás europeos seguir entregando cantidades enormes de dinero para ahorrarles a los pobres más sufrimientos, resultó muy pero muy atractivo, pero sólo sirvió para depauperar todavía más a los griegos. Desde el inicio de la gestión de Tsipras el 26 de enero pasado, la economía de su país está en caída libre. Como tantos otros populistas, el primer ministro griego se las ingenió para aprovechar sus propios errores achacando a otros los problemas que seguían multiplicándose. La estratagema así supuesta le permitió ganar un referéndum engañoso –las alternativas planteadas eran falsas– a costa de enfurecer todavía más a los socios, que reaccionaron forzándolo a optar entre un programa más duro que el repudiado, por un lado, y por el otro la expulsión de la Eurozona, la que con toda seguridad tendría consecuencias aún peores que las de un ajuste supervisado por los alemanes.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Miércoles 15 de julio de 2015


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