Clubes de lectura: tres ejemplos locales que muestran que leer con otros es mejor

El fenómeno de los clubes de lectura crece en Argentina y se vuelve cada vez más diverso. Tres experiencias locales —Tribu Lectora, “Leyendo junto a Cecilia B” y la Tertulia Literaria— muestran cómo leer con otros transforma la experiencia.

Por Verónica Bonacchi

En los últimos años, sobre todo después de 2020, los clubes de lectura se multiplicaron en todo el país: en bibliotecas populares, en casas particulares, en librerías y en pantallas que conectan provincias y países. Aunque muchos existían desde antes, el formato adquirió una fuerza inesperada durante la pandemia, cuando la virtualidad abrió la posibilidad de leer y conversar con otras personas más allá de la cercanía geográfica. Lo que empezó como una necesidad de compañía y conversación se transformó en una red sostenida por lectores que buscan un modo de leer que no se agota —pura y exclusivamente— en la experiencia individual.

Hoy conviven clubes autogestionados en bibliotecas, grupos virtuales, propuestas curadas por librerías independientes y comunidades digitales que orbitan alrededor de escritoras, periodistas o creadores de contenido que han hecho de la lectura compartida y de la selección de libros una manera de tejer redes con otras personas igual de interesadas en las historias de ficción. Cada uno con su propio estilo, todos parecen asentarse en la convicción de que leer en comunidad modifica la experiencia y, sobre todo, la enriquece.

La historia de los clubes de lectura no tiene un único punto de partida, pero sí un protagónico: las mujeres. En Europa, sus antecedentes se remontan a los salones literarios del siglo XVIII, donde mujeres de la aristocracia francesa organizaban tertulias para discutir filosofía, novelas epistolares y panfletos políticos. En Estados Unidos, el formato tomó fuerza a fines del siglo XIX, cuando asociaciones femeninas impulsaron grupos de lectura como herramienta de educación cívica.

En Argentina, la genealogía es más híbrida. Por un lado, las bibliotecas populares fundadas desde 1870 funcionaron como espacios de lectura colectiva, discusión y alfabetización comunitaria. Por otro, los talleres literarios de los años 60 y 70 —muchos de ellos semiclandestinos durante la dictadura militar— ofrecieron un modelo de conversación crítica que luego migró hacia los clubes contemporáneos. La pandemia de 2020, sin embargo, marcó un antes y un después: los encuentros virtuales permitieron que lectoras y lectores de distintos lugares se encontraran a través de las pantallas.

El mapa argentino de clubes de lectura es amplio y diverso. Los hay presenciales, virtuales e híbridos; los hay gratuitos y pagos, con suscripción o a demanda. Los hay también para oír: la librería Lectón, ubicada en la esquina de las calles Córdoba y Ministro González, en Neuquén, ofreció durante todo el año pasado jornadas de narración oral para adultos y para niños.


Tres de Roca (y del mundo)


Entre esas experiencias aparece Tribu Lectora, creado por la periodista roquense Vanesa Escoda —que desde 2012 vive en Ecuador— junto a su amiga y colega Fabiana Trujillo, que actualmente reside en Estocolmo. El origen del club tuvo el sello de la época: “Todavía estábamos con un pie adentro de la pandemia y yo tenía una necesidad personal de encontrar interlocutores para conversar sobre lecturas”, cuenta desde Guayaquil. Ese impulso se transformó en un grupo virtual que hoy reúne a unas 25 personas de distintas provincias argentinas, además de lectores de Chile y Ecuador.

El nombre del club surgió del libro «El infinito en un junco», de Irene Vallejo, un ensayo narrativo que recorre la historia del libro y de las bibliotecas desde la Antigüedad hasta hoy. En ese libro, publicado en 2020 por Siruela, la autora escribe: “Vivo, lo sé, en un territorio de clima áspero y librerías hospitalarias, un lugar afortunado para la tribu incorregible y reincidente de los lectores…”. De esa frase y de esa idea —la de la tribu incorregible y reincidente— surgió el nombre.

Primero hubo una selección de cuentos —de la argentina Hebe Uhart, del estadounidense John Cheever, más algunos policiales o incluso de terror—, pero con el tiempo sumaron ciclos bimestrales donde dos libros dialogan entre sí, lecturas mensuales más intuitivas e incluso un podcast donde comentan obras que quedan fuera del club pero que podrían formar parte del mismo ecosistema.

La dinámica es simple: un libro por mes, una reunión por Zoom y un intercambio que se abre solo entre quienes participan. En 2024, Tribu Lectora incorporó un club dedicado a obras más extensas, pago. El primero se centró en Crimen y castigo e incluyó guías de lectura y contexto histórico. Este mes leen «Hamnet», la magnífica novela de Maggie O’Farrell, que reimagina la vida familiar de Shakespeare a partir de la muerte de su hijo.

En Roca funciona desde hace más de treinta años el taller “Leyendo junto a Cecilia B”, coordinado por la profesora Cecilia Boggio. El grupo, que tiene 87 miembros no solo de la ciudad sino también de distintas localidades del Alto Valle e incluso de otros países, se reúne una vez al mes —en forma virtual— para analizar una novela. La continuidad es notable: ni siquiera la pandemia interrumpió el ciclo, que en ese momento se trasladó a Zoom para seguir activo.

La historia del taller está ligada a la trayectoria de Boggio, que además de profesora fue presidenta de la Biblioteca Popular Julio A. Roca y condujo el programa de radio «Me queda la palabra», que comenzó a emitirse en 1993 por Antena Libre y que hoy puede escucharse como archivo sonoro, en Spotify. Su figura es un puente entre lectores, bibliotecas y modos de leer.

Este mes, en el taller de Boggio leen «Flores extrañas», de Donal Ryan, una novela breve que explora cómo la vida de una pareja irlandesa se desmorona cuando su única hija desaparece repentinamente y cómo, cinco años después, la llegada de un extranjero suma nuevas preguntas a ese hecho.

En la Biblioteca Popular Julio Argentino Roca funciona además «Tertulia Literaria», guiada por el profesor de Literatura Adrián Merino, que fomenta el uso de los libros de la propia biblioteca.

El auge de los clubes de lectura puede leerse como síntoma y como respuesta. Síntoma de un tiempo marcado por la fragmentación, el aislamiento y la soledad. Respuesta porque ofrecen un ámbito donde la conversación vuelve a tener vigencia, la lectura se convierte en una práctica compartida y la interpretación se vuelve necesariamente plural.

Leer en comunidad desafía la lógica del consumo rápido. Y también, algo quizás más interesante, amplía la mirada y sostiene la idea de que un libro adquiere más significados cuando se lee con otros.


Cómo participar


Para participar, sólo es necesario leer el libro.

  • Para inscribirse a Tribu Lectora, hay que escribir al instagram tribulectora.cdl o al correo electrónico tribulectora.cdl@gmail.com.
  • Al Taller “Leyendo junto a Cecilia B”, se ingresa a través del Whatsapp
    (2984518574 o298 4433175).
  • Para “Tertulia Literaria”, hay que concurrir a la Biblioteca, ubicada en San Martin 875.


En los últimos años, sobre todo después de 2020, los clubes de lectura se multiplicaron en todo el país: en bibliotecas populares, en casas particulares, en librerías y en pantallas que conectan provincias y países. Aunque muchos existían desde antes, el formato adquirió una fuerza inesperada durante la pandemia, cuando la virtualidad abrió la posibilidad de leer y conversar con otras personas más allá de la cercanía geográfica. Lo que empezó como una necesidad de compañía y conversación se transformó en una red sostenida por lectores que buscan un modo de leer que no se agota —pura y exclusivamente— en la experiencia individual.

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