Didion y Babitz: la mujeres de hielo y fuego que marcaron Los Ángeles

Joan Didion y Eve Babitz, dos escritoras opuestas en estilo y temperamento -una fría, precisa y disciplinada; la otra cálida, caótica y desbordante- protagonizan el libro de Lili Anolik, que reconstruye su vínculo y el pulso de una ciudad que ardía mientras una época llegaba a su fin. El resultado es completamente adictivo.

Por Verónica Bonacchi

¿Por qué la relación entre Joan Didion, la mejor periodista de los Estados Unidos, la que retrató Los Ángeles y el fin de una era como nadie, y Eve Babitz, la groupie encantadora y descarriada, la artista, fotógrafa y escritora que vivió muy desde adentro y a ritmo acelerado, en ese mismo luminoso y decadente Los Ángeles, puede volverse adictiva? La respuesta está en el libro “Didion y Babitz”, de Lili Anolik, reciente lanzamiento de Random House. Pero sobre todo, la respuesta está en una sensación: la de asistir, como un fisgón, a una época filosa, al fin de algo y el comienzo de otra cosa, de ser testigo indiscreto y ver qué hacían los que estaban viviendo ese momento.


Puede que el magnetismo del libro se explique también desde las carencias. Con todo lo que ocurre en el mundo hoy, en algunos sentidos más impactante que lo que ocurría en aquellos 60 y 70, no hay ni pizca de ese nivel de marea humana contactándose para crear, probar, arriesgar y muchas veces, perder en el intento.

Lo que genera adicción con el libro y su historia -que no puede dejar de leerse aunque no se conozca a todos los personajes-, es cierta nostalgia incluso por lo no vivido: con sus excesos, que fueron muchos, fue una época intensa, con toda esa gente intercambiando guiones, historias, amantes, amándose y odiándose, celándose, envidiándose. Los Ángeles era, entre fines de los 50 y hasta los 70, el París de los años 20, la ciudad en la que pasaban cosas. Y por grande que sea, por monstruosa que se vea en las películas, los músicos, los artistas, los actores, los directores, el viejo y el nuevo Hollywood, andaban por las mismas calles, las mismas fiestas, los mismos excesos y los mismos abismos.


Los personajes que aparecen y transitan el libro son muchos, a veces demasiados. Desde un joven Harrison Ford suministrando marihuana a quien quisiera y oficiando de carpintero de la casa de Joan Didion, a Jim Morrison componiendo primero, volviéndose adicto y camorrero, y muriendo después en París; de Janis Joplin a Steve Martin; de Steven Spielberg, Sharon Tate, Roman Polanski, al clan Manson; de Brian De Palma, a Mick Jagger, y a Marcel Duchamp y a los periodistas y las groupies del momento.


L.A. Women


El libro funciona también como una crónica coral de Los Ángeles, una ciudad que era un territorio de experimentación. El lugar donde convivían la psicodelia, el glamour, la paranoia y la sensación de que todo podía derrumbarse en cualquier momento. Didion, de hecho, vio y escribió ese derrumbe. Babitz, en cambio, lo vivió para contarlo durante y después. Juntas, aunque nunca juntas del todo y más bien odiándose al final, capturaron una época que hoy parece irrepetible.


A partir de ese escenario, la periodista de Vanity Fair y autora de una biografía de Eve Babitz, Lili Anolik propone una lectura doble: dos escritoras, dos estilos opuestos y quizás complementarios y dos modos de habitar una ciudad que era a la vez laboratorio cultural y zona de riesgo.

Pero hay que saberlo: Anolik elige claramente un bando y es el de Babitz. “A Eve la adoro con el abandono irracional de una fan”, escribe. En las fuerzas opuestas que ambas representaron, a la autora del libro le parece que en Didion todo era premeditado, incluso su extrema delgadez. En otras palabras, la considera tan talentosa con las palabras como en la creación de su propio personaje: una dama fría, que se mostraba frágil, y que hizo de sus gafas oscuras, un escondite y una pose.

En ese yin y yan, entonces, Didion era disciplinada, pequeña y callada, se mostraba siempre amparada por su marido John Dunne, que parecía -sólo parecía- ser el que llevaba la voz.; la otra, Eve, era ingeniosa, lanzada, caótica, y a la vez ingenua y feroz, ilusa y desencantada. Una escribía desde la distancia, con una preocupación obsesiva por la palabra justa; la otra desde el centro del huracán, donde convertía la vida nocturna, con todos sus vericuetos y revolcones, en literatura.

Por esa rivalidad, por la cantidad de nombres que circulan por las páginas del libros, por las escenas que se narran, por momentos parece escrito (y se disfruta por eso mismo), bajo un secador de pelo, al calor de los chismes más jugosos.

Joan Didion


Didion nació en Sacramento en 1934 y construyó una obra que redefinió el periodismo estadounidense. Su estilo -casi quirúrgico- la convirtió en una de las grandes cronistas del siglo XX. En “Arrastrarse a Belén” y “El álbum blanco”, dos libros que bien podrían ser manuales imprescindibles del periodismo narrativo, retrató una California que se desmoronaba bajo el peso de sus propias ficciones: la contracultura, los hippies, la violencia, la paranoia, la sensación de que el sueño americano había implosionado. Didion, la mujer del Corvette Stingray, la anfitriona de Malibú, la que tomaba coca cola y fumaba, era la cronista que miraba desde afuera incluso cuando estaba adentro.

Joan Didion, en la famosa foto junto a su Corvette Stingray.


En los años 2000, tras la muerte de su marido y de su hija Quintana, escribió “El año del pensamiento mágico” y “Noches azules”, dos libros sobre el duelo que la consagraron definitivamente como una autora imprescindible. Allí llevó su estilo al límite: la emoción, la lucidez ante el dolor, están narrados como si estuvieran expuestos sobre una camilla de quirófano, iluminados a tope, esterilizados, sin el menor sentimentalismo. Esos libros la transformaron en un mito literario y en una figura de culto para nuevas generaciones de lectores.

Babitz, en cambio, era puro exceso. Ahijada de Igor Stravinsky, hija de un violinista de la Twentieth Century-Fox y de una artista plástica, creció entre la alta cultura y Hollywood Boulevard. Posó desnuda jugando al ajedrez con Marcel Duchamp en 1963, diseñó portadas de discos para The Byrds y Buffalo Springfield, escribió novelas y crónicas para “Vogue”, “Rolling Stone” y “Esquire”. Entre 1975 y 1997 -año del accidente que marcaría el abrupto apagón de su vida pública-, Babitz dejó un mapa íntimo de Hollywood: el de las noches eternas y excesivas, los amantes célebres, las amistades peligrosas y los vicios privados. Por estas páginas se pasean Francis Ford Coppola, Jim Morrison (ella aseguraba ser la L.A. Woman del famoso tema de Jim Morrison, a quien quería pero no respetaba como artista), o Charles Manson, pero también el yoga, la acupuntura, el amor libre y todas las cornisas de todos los barrancos posibles. Babitz no era una observadora pasiva ni distante: vivía, y luego escribía. Y después sobrevivía, y también escribía.

Eve Babitz

Dos a (no) quererse


Didion y Babitz se conocieron en 1967. Didion ya había publicado dos novelas y tenía una columna en la revista “Life”. Escribía guiones de cine junto a su marido John Dunne (sobre quien Anolik despliega varias sombras). Babitz buscaba editor para su primer manuscrito. Fue Didion quien la recomendó a la “Rolling Stone”, lo que abrió la puerta a su carrera periodística. Pero la relación nunca fue sencilla. Y ahí nace el meollo de este libro.

Cuando Babitz murió, su hermana Mirandi encontró unas cajas en el fondo de un armario. Dentro había cartas, diarios, fotos, manuscritos. Ese archivo, sumado a un centenar de entrevistas, permitió a Anolik reconstruir no solo la vida de Babitz (en otro libro, uno anterior, «Hollywood’s Eve»), sino también su relación con Didion. Anolik encuentra una carta jamás enviada a Didion en la que Babitz la acusa de escribir para complacer a los hombres. Y no se lo perdona. Y encuentra otras cartas no enviadas en las que lanza dardos envenenados contra quien fue, en un momento, su mentora.


Aquella carta es el punto de partida del libro. Anolik la lee como un espejo roto. Sostiene que Babitz veía en Didion su doble, su antagonista. Y Didion, competitiva y siempre a una distancia helada y prudente, probablemente veía en Babitz a una figura talentosa, pero incapaz de mantenerse a flote. Anolik está convencida de que Didion y Babitz eran “dos mitades de la feminidad”, opuestas pero alineadas. La frase es atractiva, aunque discutible. Unirlas en una biografía doble implica un riesgo: ninguna necesitaba a la otra para brillar, pero el cruce produce chispas (y la adrenalina de querer saber más de ambas).

Hoy, Didion es un ícono global. Babitz, gracias en parte al merecido rescate de Anolik, vive un renacimiento tardío y fructífero: Random House publicará este año “Yo era un encanto”, una selección de sus mejores textos, con prólogo de Rodrigo Fresán.


This is the End, como cantaban los Doors



Una mañana de 1997, Babitz manejaba su auto, encendió un cigarrillo y una chispa cayó sobre su falda sintética. Ardió en segundos. El incendio fue brutal: quemaduras de tercer grado, un cuerpo envuelto en vendas, y la certeza de que, a los cincuenta y pico, la bohemia también tenía un costo. Por ejemplo, no tenía seguro médico, pero sí una red de viejos conocidos. Dennis Hopper, Annie Leibovitz, Jack Nicholson, Jackson Browne, Steve Martin, Harrison Ford organizaron una subasta para pagar el hospital. Cuando alguien se lo contó, esperando conmoverla, Babitz respondió con una mezcla de ironía y lucidez, tan propias de ella: “Blowjobs… Mamadas”. Era su manera de decir que, en su mundo, los favores nunca eran gratuitos.

Eve Babitz, a los 76 años.

Para 2012, cuando Anolik dio con ella y hablaron horas y días y meses, Eve vivía en un departamento de una sola habitación de un viejo edificio de West Hollywood. Sufría la enfermedad de Huntington (que provoca la degradación progresiva de las neuronas en el cerebro, afecta el control del movimiento y la salud mental). Seguía siendo Eve, afilada, filosa.


Didion murió cuatro días después que Babitz, el 23 de diciembre de 2021, en Nueva York. Su despedida fue un evento multitudinario: páginas y páginas de necrológicas y un velorio al que todos querían asistir. Dos muertes separadas por pocos días: una convertida en mito institucional; la otra, rescatada a destiempo, pero todavía dispuesta a arder -o a volver a encenderse- en la memoria.


¿Por qué la relación entre Joan Didion, la mejor periodista de los Estados Unidos, la que retrató Los Ángeles y el fin de una era como nadie, y Eve Babitz, la groupie encantadora y descarriada, la artista, fotógrafa y escritora que vivió muy desde adentro y a ritmo acelerado, en ese mismo luminoso y decadente Los Ángeles, puede volverse adictiva? La respuesta está en el libro “Didion y Babitz”, de Lili Anolik, reciente lanzamiento de Random House. Pero sobre todo, la respuesta está en una sensación: la de asistir, como un fisgón, a una época filosa, al fin de algo y el comienzo de otra cosa, de ser testigo indiscreto y ver qué hacían los que estaban viviendo ese momento.

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