Emmanuel Carrère revela su historia familiar más incómoda en «Koljós»
Siempre al límite de la polémica, o directamente en ella, Emmanuel Carrère reconstruye en "Koljós" la vida de su madre, Hélène Carrère d’Encausse, figura imponente de Francia, y el linaje georgiano y ruso que marcó a su familia, mientras revisa secretos, silencios y heridas en un presente atravesado por la guerra en Ucrania y por su propia historia literaria.
“¿No está completamente fuera de lugar que uno se ponga a escribir sobre su insignificante vida que se acaba, sobre su pequeña familia, sobre la juventud de sus padres?”. Emmanuel Carrère, uno de los autores franceses más influyentes de las últimas décadas, premio Princesa de Asturias de las Letras, vuelve a las librerías con “Koljós”, una autobiografía familiar, sobre todo de su madre, que Anagrama publicará en la Argentina en las próximas semanas. En sus primeras páginas, Carrère dice que forma parte de quienes creen que el mundo avanza hacia una catástrofe -ecológica, política, tecnológica- y se hace la pregunta del principio: qué sentido tiene, en ese contexto, escribir sobre la vida privada. La respuesta es la que sostiene todo el libro: “De lo que habremos vivido en nuestro trocito de tierra y en ningún otro, en nuestra pequeña franja de tiempo y en ninguna otra, en el pequeño ser que nos ha sido dado habitar y en ningún otro –y ya puede hundirse el mundo, y a la vista está que se está hundiendo–, dar cuenta de ello sigue siendo el trabajo de gente como yo. Así que, ya que ellos están muertos, mientras siga vivo, lo haré yo”.

Y lo hace en un libro que, claro, es autobiográfico (incluye hasta algunas sesiones de terapia), y en el que intenta -no siempre con suerte- saldar cuentas piadosamente con su madre.
El linaje georgiano y ruso: una historia que vuelve
“Koljós” es, antes que nada, un libro nacido tras la muerte de Hélène Carrère d’Encausse, la madre del autor, figura central de la historiografía rusa y primera mujer en dirigir la Academia Francesa. De hecho, el libro abre con su funeral de Estado, presidido por el presidente de Francia, Emmanuel Macron en Los Inválidos. Desde allí, Carrère retrocede muy hacia atrás: hacia los orígenes georgianos y rusos de la familia y hacia la infancia de su madre, nacida Hélène Zourabichvili en una familia pobre de inmigrantes.
La muerte de su madre, a los 93 años, fue un acontecimiento: “Nos anunció su muerte diez días antes”, contó. “Fue tan majestuosa, tan romana, que nos dejó muy sorprendidos. Estaba tranquila, sonriente. No dejó espacio para llorar”. Ese modo de morir -estoico, casi ceremonial- es el puño apretado de este libro en el que Carrère intenta hacer las paces con esa mujer con la que supo estar distanciado. Escritor a fin de cuentas, empezó a tomar notas apenas su madre ingresó en cuidados paliativos: “Tenía la sensación de asistir a algo importante, el desenlace de una vida que merecía ser narrada”.
El padre y el árbol genealógico: una devoción silenciosa
Pero “Koljós” es también un libro sobre el padre, una figura discreta, más bien a la sombra, pero aún así decisiva. El contraste entre la pompa del funeral de Hélène y la imagen del padre caminando solo por un bosque le permitió a Carrère construir una estructura que va de lo monumental a lo íntimo, de la historia oficial a la vida privada.
Cuando la madre muere y deben desarmar el departamento que ocupaba la pareja para mudar al padre a otro lugar (aunque muere apenas cinco meses después), Carrère se encuentra con una escena conmovedora. Durante años, el padre armó en silencio, encerrado en su estudio, un completo árbol genealógico de su mujer y d ela familia de su mujer, con fotos, datos, apuntes, escritos. Una devoción amorosa.
Carrère reconstruye así, con ritmo adictivo, el recorrido de sus bisabuelos, los Zurabishvili, burgueses ilustrados que se exiliaron de Georgia tras la Revolución bolchevique; se detiene en el errático abuelo Georges, marcado por la pobreza, el derrotismo y una colaboración con los ocupantes alemanes nunca del todo esclarecida, y, sobre todo, en el ascenso imparable de Hélène, brillante, severa, rigurosa y a menudo impenetrable; una personalidad legendaria y polémica, que amaba a Rusia, que se equivocó al creer que Putín no invadiría Ucrania y cuyo legado y complejidad condicionaron a quienes la rodean.
Ganadora del Premio Médicis y del Premio Grand Continent en 2025, “Koljós” se mueve entre la historia familiar y la historia con mayúsculas y ofrece un retrato de la Europa del pasado y presente siglo. Pero, sobre todo, es una confrontación con la memoria de la figura materna vista con la habitual mezcla de distancia helada y empatía del autor.
Los límites de narrar lo íntimo: heridas, omisiones y distancias
¿Qué significa contar la vida de otro?, ¿qué derecho tiene un escritor a exponer lo íntimo?, ¿qué riesgos implica? En una entrevista con el diario español El País a raíz del lanzamiento del libro, lo dijo así: “Hay una sola regla: no herir. Y yo la transgredí”. Se refiere, con sinceridad, a dos episodios concretos, a dos de sus libros.

El primero de ellos es “Una novela rusa”, donde deja entrever que su abuelo materno, George, había sido colaboracionista durante la ocupación nazi en Francia. La revelación de ese secreto familiar hirió profundamente a su madre. Sobre todo porque ella misma le había pedido que no lo hiciera. La publicación les costó dos años de distanciamiento.
El segundo es “Yoga”, el libro por el que primero fue cuestionado y luego demandado por su exmujer, Hélène Devynck, que lo acusó de haber mentido en varios pasajes y de haberla expuesto sin su consentimiento, lo que llevó al autor a quitar una buena parte del libro. El efecto es raro, aunque funciona: en el libro se nota que hay un hueco, una parte que no se explica del todo. Pero “Yoga” es más que eso. Es el relato de una depresión, la suya, y de su bipolaridad, y es también un libro atravesado por el atentado terrorista contra la revista Charlie Hebdo, por la crisis de los migrantes en Europa y por la pregunta de cómo escribir cuando la vida personal se cae a pedazos.
La historia del abuelo George -su colaboración con los nazis, su desaparición tras la Liberación, y el silencio que siguió alrededor de ese hecho-, vuelve como tema. Su madre sabía que había muerto, pero se lo ocultó a su hermano menor, Nicolas, que creció con la esperanza del regreso del padre. Ese secreto, revelado décadas después, abrió una puerta de reproches y heridas que Carrère recoge sin ningún atenuante. “A estas alturas de la historia mi madre solo tiene quince años -escribe-, ya la retrato como una mujer autoritaria y dura, y finjo escandalizarme por lo que dice Nicolas: ‘Hélène no es solamente una historiadora de la Unión Soviética; es una historiadora soviética’, cuando yo mismo he dicho alguna vez: ‘Mi madre te miente hasta cuando le pides la hora’”.
El entramado de silencios, omisiones, rispideces y versiones contradictorias es el terreno donde “Koljós” se vuelve más íntimo: la infancia del propio Carrère, acunado por la ternura de su madre joven, contrasta con el rencor del tío y con la sombra del abuelo.
En su trayectoria, Carrère exploró distintas formas de narrar lo real. En “El adversario”, por ejemplo, uno de sus libros más famosos, reconstruyó la historia de Jean-Claude Romand, un hombre que durante años fingió ser médico -se iba de su casa, volvía tarde, hablaba de medicina- y cuando su mentira estaba a punto de desmantelarse, asesinó a su familia, a toda su familia, incluyendo sus dos hijos pequeños. Carrère habló con el asesino, siguió el juicio y reconstruyó toda este caso para internarse en las aguas pantanosas del mal, pero también en la necesidad humana de construir ficciones para sobrevivir.

En “Limónov”, retrató al escritor, militante político y figura extrema de la Rusia postsoviética, alguien cuya vida -entre la disidencia, el escándalo y la épica- le permitió narrar un país en transformación. Y luego está “V13”, la crónica judicial de los diez meses que duró el macrojuicio a los responsables de los atentados del viernes 13 de noviembre de 2015 en París y Saint-Denis, en el que fueron asesinadas 131 personas. No es sólo el tema, que es lo suficientemente potente como para despertar hasta el último milímetro de humanidad, compasión, espanto y perplejidad. Lo que impacta también es la reconstrucción que hace de esos meses en los que se sumergió con la paciencia y la humildad del cronista, a escuchar sin prejuicios, atándose a hechos que, como él bien dice, son de una “intensidad aterradora” y a intentar entender qué es la justicia en casos como este.

A partir de un asesino, a través de las vidas arrasadas por la muerte, con los elementos judiciales de un atentado, o con su propia vida, Carrère se mueve sin concesiones.
La salud mental como herencia
La salud mental, un tema que abordó de manera frontal en “Yoga”, aparece también en “Koljós” como una línea hereditaria:su abuelo presentaba síntomas que él mismo reconoce en su vida: “El trastorno bipolar en mí no se presenta de forma extrema; es incómodo, pero no invalidante. Cuando escribí ‘Una novela rusa’, supe que había una conexión entre mi salud y la de mis antepasados”, dijo. Pero él puede tratarla, apaciguarla. Su abuelo no pudo. “Sumido en dificultades materiales, sin acceso a la psiquiatría ni al psicoanálisis, dotado de una inteligencia muy afilada pero sin talento creador, mi abuelo no tuvo suerte. Se sentía movido por un demonio cuyo nombre ignoraba”, escribe.

Durante la escritura de “Koljós”, un amigo le recordó a Carrère una vieja conversación que habían mantenido sobre la “piedad filial”, algo que él había rechazado durante años. “Ni la entendías ni la querías entender -le dijo su amigo-. Ahora nos hemos hecho mayores, nuestras madres han muerto y tú escribes un libro sobre la piedad filial. Si no pierdes de vista esa piedad, si te sirve de brújula, será tu mejor libro”. Carrère recoge esa frase como un desafío: “Ojalá fuera verdad. Me gustaría escribir este libro bajo el signo de la piedad filial, pero no estoy seguro de ser capaz”.
Esa duda late todo el tiempo en “Koljós”; es un equilibrio siempre tenso y a punto de romperse.
Hay un momento doméstico en el que parece ceder, cuando Carrère explica el origen del título. La palabra Koljos no remite solo a las cooperativas agrícolas soviéticas, era también el nombre que, de niños, él y sus hermanos daban a las noches en que dormían todos juntos en el cuarto de sus padres, cuando el padre viajaba por trabajo. “Nos instalamos para pasar la noche junto a nuestra madre -recuerda-. Extendíamos dos colchones en el dormitorio y dormíamos Nathalie y yo; el lugar junto a mamá lo ocupaba Marina, la más pequeña. Lo llamábamos ‘hacer koljós’”.
Es el momento en que esa madre totémica y distante se vuelve simplemente una madre. Es una imagen llena de ternura. Pero Carrère no oculta las sombras ni se deja deslumbrar por la piedad.
“¿No está completamente fuera de lugar que uno se ponga a escribir sobre su insignificante vida que se acaba, sobre su pequeña familia, sobre la juventud de sus padres?”. Emmanuel Carrère, uno de los autores franceses más influyentes de las últimas décadas, premio Princesa de Asturias de las Letras, vuelve a las librerías con “Koljós”, una autobiografía familiar, sobre todo de su madre, que Anagrama publicará en la Argentina en las próximas semanas. En sus primeras páginas, Carrère dice que forma parte de quienes creen que el mundo avanza hacia una catástrofe -ecológica, política, tecnológica- y se hace la pregunta del principio: qué sentido tiene, en ese contexto, escribir sobre la vida privada. La respuesta es la que sostiene todo el libro: “De lo que habremos vivido en nuestro trocito de tierra y en ningún otro, en nuestra pequeña franja de tiempo y en ninguna otra, en el pequeño ser que nos ha sido dado habitar y en ningún otro –y ya puede hundirse el mundo, y a la vista está que se está hundiendo–, dar cuenta de ello sigue siendo el trabajo de gente como yo. Así que, ya que ellos están muertos, mientras siga vivo, lo haré yo”.
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