Por qué leer “Hamnet” además de ver la película
Con su llegada al cine el próximo 5 de febrero y un Globo de Oro ya en su haber, “Hamnet” vuelve a a recordar que detrás del “Hamlet” de Shakespeare hubo una familia atravesada por el amor, la peste y un duelo -por su hijo-, irreparable.
Detrás del aire trágico y universalde “Hamlet”, la obra de William Shakespeare, una de las más influyentes de la literatura occidental, hay un aire doméstico casi imperceptible: el de una familia malherida por la muerte de un hijo. Esa es la materia prima -sencilla, devastadora- que la escritora irlandesa Maggie O’Farrell tomó para escribir “Hamnet”, la novela publicada por Libros del Asteroide en 2021, ahora en una nueva edición con tapa dura e ilustrada , que el 5 de febrero llegará a los cines argentinos en una adaptación dirigida por Chloé Zhao (la misma de “Nomadland”), que acaba de ser galardonada con un Globo de Oro.
Conviene aclararlo desde el inicio: “Hamnet” no es una biografía de William Shakespeare y mucho menos una novela que explique “Hamlet”. Tampoco es una reconstrucción académica de época. Es, sobre todo, una ficción que imagina el impacto de una muerte concreta -la de Hamnet, el hijo del dramaturgo, fallecido a los once años- en una familia y, por extensión, en los recovecos del origen de una obra inmortal.
En la Inglaterra del siglo XVI, Hamnet y Hamlet eran nombres intercambiables, así que O’Farrell se apropia de ese desliz fonético para convertirlo en el núcleo de su relato.
La inspiración para esta novela nació de una omisión. Como contó la propia autora, mientras estudiaba literatura, le sorprendió que en las voluminosas biografías de Shakespeare la existencia de su hijo se redujera a dos datos: fecha de nacimiento y fecha de muerte, seguidos de explicaciones generales sobre la alta mortalidad infantil en la época isabelina. Esa fría naturalización estadística del dolor fue lo que O’Farrell decidió saldar con la ficción: ¿cómo imaginar que la muerte de un hijo no deja una marca profunda, incluso irreversible?
Conviene aclararlo nuevamente:En “Hamnet”, Shakespeare está pero jamás se lo nombra. No es el centro del relato. O´Farrel se enfoca en el niño, pero sobre todo en Agnes, su madre, una figura extraordinaria que domina la novela con una fuerza casi mítica. Históricamente conocida como Anne Hathaway, aquí es Agnes, el nombre que figura en el testamento de su padre y que O’Farrell elige para subrayar su singularidad. Ocho años mayor que su marido, Agnes es una mujer intuitiva, arisca, y profundamente conectada con la naturaleza: conoce las plantas medicinales, percibe presagios, lee los cuerpos y los silencios. No es una hechicera en sentido literal, pero su vínculo con lo invisible la vuelve una presencia casi élfica, ancestral.
La primera parte del libro se despliega en dos tiempos que se entrelazan con delicadeza: el enamoramiento entre Agnes y el joven William, y la progresiva cercanía de la muerte de Hamnet. O’Farrell reconstruye con minuciosidad la vida cotidiana de Stratford-upon-Avon: las tareas domésticas, los vínculos familiares, los miedos y supersticiones de una época atravesada por la enfermedad. En ese entramado, Hamnet aparece junto a su hermana gemela Judith y a Susanna, formando un núcleo afectivo que será brutalmente quebrado.
Uno de los pasajes más memorables del libro es el relato del viaje de una pulga portadora de la peste, desde Alejandría hasta Inglaterra, escondida entre telas, cristales de Murano, marineros y animales amaestrados. Es una verdadera pieza de relojería narrativa que muestra cómo, incluso en un mundo que no por antiguo era menos global, el contagio circula con una eficacia aterradora. El lector sabe desde el inicio que ese viaje terminará mal, y aun así avanza con una mezcla de fascinación y horror.
La segunda mitad de Hamnet es un descenso abrupto a la oscuridad del duelo. El dolor de Agnes -que no logra perdonarse no haber visto el presagio- convive con el de Judith, la gemela que siente haber perdido una parte de sí misma, con el de Susanna y con el del padre, que elige irse a Londres, al teatro, a la escritura. La novela se convierte entonces en una reflexión punzante sobre las múltiples formas que puede tomar una pérdida, sobre las grietas que el duelo puede abrir incluso en una pareja que se ama profundamente, sobre la posibilidad de transmutar un dolor indecible en una obra maestra.
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