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Lo llaman indignación pero es reacción




España

Con casi cinco millones de desempleados en el país, más de un 40% jóvenes sin trabajo remunerado y un gobierno de origen socialdemócrata aplicando un paquete de medidas ‘anticrisis’ de claro signo neoliberal, cuesta poco entender la indignación de los ciudadanos españoles. En pocos días las plazas de todo el estado español y parte del mundo se han convertido en ágoras de debate asambleario, dando un ejemplo de la democracia verdadera que defienden, mientras muchos analistas políticos se preguntan incrédulos de dónde surgió semejante movimiento de la noche a la mañana.

La convocatoria del 15 de mayo pasó desapercibida para los grandes medios de comunicación, mientras la red echaba fuego. Las mejores explicaciones solo están en Internet. Un estudiante de periodismo cuenta muy bien cómo se gestó la movilización en las redes sociales, a través de la herramienta Storify. Uno de los mejores archivos de lo acontecido lo podemos encontrar en el blog de una investigadora social sin necesidad de acudir a la web de ningún medio. La mirada de los intelectuales críticos también llega hasta el público vía bitácoras. Da que pensar.

Tampoco la clase política ha demostrado entender realmente las movilizaciones. “Paciencia, en 30 años estaréis mejor”, declaró el secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa, dirigiéndose a los indignados. En plena campaña electoral para elegir representantes en autonomías y municipios, los mítines más grandes, con diferencia, se producían en las plazas de las distintas ciudades españolas.

Cada nueva intervención de las instituciones provoca aún más indignación porque si bien estas hablan desde dentro del sistema, las voces de la movilización lo hacen desde un nuevo espacio-tiempo que cuenta con su propio mapa para la reflexión. La represión tampoco les da los frutos que esperan. El movimiento reacciona de forma reticular: todos a una. El intento de desalojo de la sentada en la puerta del Sol la madrugada del 17 de mayo, de la acampada de Barcelona y de la marcha a La Bastilla parisina diez días más tarde solo ha conseguido avivar la solidaridad de la multitud en red del movimiento. Y si acaso darle la razón a los manifestantes en eso de que esta democracia necesita un paquete de actualización para adecuarse a los tiempos.

Pero, ¿qué es lo que piden? En las páginas de Democracia Real Ya, Juventud Sin Futuro y No les votes, plataformas que en un principio encabezaron la movilización -y que ya han quedado superadas por las asambleas populares-, el mensaje es claro: evitar que la crisis la paguen quienes más la sufren. ¿Cómo? Piden desde eliminar los privilegios de la clase política (acabar con los sueldos vitalicios, que se presenten en listas cerradas para apartar a candidatos imputados por casos de corrupción, derogar la ley d’Hont que favorece el bipartidismo) hasta aplicar medidas fiscales progresivas y controlar la actividad de los bancos, pasando por garantizar el derecho a una vivienda digna. Por citar solo algunas. Nada descabellado para un sistema que quiere ser una democracia de verdad.

El movimiento del 15M no es solamente protesta hacia el poder. Su auténtico potencial reside en su capacidad por construir un poder popular basado en la democracia directa capaz de gestionar el bien común, o al menos de pensarlo, mejor de lo que puede hacerlo cualquier sistema representativo. El pueblo ha convertido las plazas en ágoras de discusión y ahora se extiende hacia los barrios de las grandes ciudades. Se debaten consensos de mínimos sobre cómo cubrir derechos básicos como la educación o la sanidad. Puede que vuelva la derecha, pero al menos el hechizo del desencanto ya está desactivado. Y reactivado en otra dirección.

Cuando se habla del ‘poder de la red’ se tiende a pensar en la capacidad técnica de los artefactos que utilizamos para comunicarnos, pero la realidad del término la constituye la interconexión entre las personas y los afectos que nacen con los otros más allá de una presencia física. La ‘red’ son sus usuarios, son los ciudadanos. Las recientes revoluciones árabes son el ejemplo más utilizado para explicar el uso de Internet como forma de conectar el descontento y romper el bloqueo informativo. Otro ejemplo, un poco más incómodo para gobernantes y grandes empresarios, es el de Islandia, del que no sabríamos nada si no fuera por blogs y publicaciones minoritarias de Internet. La revolución silenciada la llaman. A golpe de cacerola y con mucha insistencia, el pueblo islandés logró echar al Gobierno, anular la ley de pago de la deuda externa y redactar una nueva Constitución.

El movimiento ha traspasado fronteras, también ha llegado a Argentina y otros países de Latinoamérica. Medio centenar de personas se dieron cita el 18 de mayo, a través de Facebook, en la plaza de Mayo de Buenos Aires. Llevan más de una semana de acampe frente a la Embajada Española. Lo que en un inicio fue interpretado por los medios como una acción solidaria con lo que sucede en España, pronto se manifestó como un grupo formado por argentinos y españoles, pensante por sí mismo, y que afronta un reto particular. Hace menos de una década del ‘Que se vayan todos’, al que le sucedieron experimentos barriales y populares como los que hoy se inician en varias ciudades de España. “Es momento de compartir la experiencia, pues la crisis capitalista, aunque se manifieste en tiempos y lugares distintos, tiene el mismo origen y se ceba con los de siempre. A no ser que unidos lo impidamos”, declaran.

Por Marta Cambronero

Periodista española viviendo en Argentina

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Lo llaman indignación pero es reacción