Lógica perversa

Por Redacción

Los macristas ya entendían que los funcionarios kirchneristas se creían dueños absolutos del Estado nacional y que por lo tanto el cambio de gobierno les resultaría traumático. Con todo, supondrían que tratarían de guardar las formas, limitándose a manifestar su desaprobación de las medidas tomadas por sus sucesores, acusándolos de anteponer los intereses de los oligarcas rurales y los empresarios a aquellos de la gente. De ser así, los macristas se equivocaban. Parecería que, en todos los ministerios y demás reparticiones públicas, los funcionarios del gobierno anterior se las arreglaron para borrar los datos contenidos en las computadoras. Puede que en muchos casos los datos almacenados por los subordinados de Axel Kicillof y compañía fueran tan falsos como los confeccionados a partir de enero del 2007 por quienes se habían apoderado del Indec, pero por lo menos algunos les habrían resultado útiles. Sin embargo, fieles al relato según el que Mauricio Macri es un ultraderechista maligno y Cristina Fernández de Kirchner la líder máxima de las fuerzas del bien, al batirse en retirada los militantes del gobierno optaron por una estrategia de tierra arrasada parecida a la elegida por los rusos ante la invasión de los ejércitos del emperador Napoleón Bonaparte. Para justificar lo que ellos mismos llaman “la resistencia”, los kirchneristas más extremos dan a entender que el nuevo gobierno carece de legitimidad democrática porque, dicen, está vinculado con los siniestros “grupos concentrados” y especuladores financieros que, conforme a ellos, están librando una guerra despiadada contra “el pueblo”, pero también tienen otro motivo para intentar cubrir sus rastros. Saben muy bien que el gobierno de Cristina manejó la economía de manera tan irresponsable que será imposible reparar los daños que provocaron sin perjudicar a millones de familias, comenzando con las muchas que se vieron beneficiadas por el clientelismo o por la voluntad oficial de repartir puestos de trabajo entre los considerados ideológicamente rescatables. Los números disponibles no podrían ser más elocuentes: al asumir como gobernadora de la provincia de Buenos Aires, la macrista María Eugenia Vidal encontró menos de 180 millones de pesos en la caja y deudas que sumaron más de 100.000 millones. Aún no se sabe cómo es la situación en el país en su conjunto, pero con toda seguridad es igualmente deficitaria, ya que en los meses finales de su gestión Cristina, con el apoyo fervoroso de Kicillof, se dedicó a gastar todo el dinero que todavía quedaba en las arcas nacionales, además de inflar lo más posible el plantel de empleados públicos con el propósito de comprar lealtades políticas. Si los kirchneristas realmente están convencidos de que el macrismo es una fuerza derechista antidemocrática, equiparable con una dictadura militar, la voluntad de dejarlo sin nada podría entenderse, pero antes de la primera vuelta electoral de fines de octubre creían que el próximo presidente sería Daniel Scioli, el candidato del Frente para la Victoria. ¿Querían que Scioli heredara un desastre inmanejable? Es factible, ya que los kirchneristas más vehementes lo tomaban por un infiltrado “neoliberal” de mentalidad casi idéntica a la de Macri, pero sucede que Scioli mismo colaboró con la política de tierra arrasada, de ahí el estado ruinoso de las finanzas de la provincia que gobernó durante ocho años, tal vez por prever que se vería reemplazado por un enemigo interno tan antipático como Aníbal Fernández. Aunque todo es posible en un mundo político dominado por populistas de ideas muy raras, cuesta entender las razones por las que políticos experimentados como Scioli y Fernández, que para más señas confiaban en triunfar en las elecciones para continuar en el poder, no intentaron impedir que una mandataria saliente los privara de buena parte de lo que esperaban heredar. Es que a ninguno de los dos les hubiera convenido en absoluto alcanzar sus metas respectivas; de estar Scioli en la Casa Rosada, le tocaría administrar un país en bancarrota boicoteado por los mercados de capitales internacionales, mientras que de haber triunfado en las elecciones bonaerenses, Fernández ya estaría luchando vanamente por conseguir los fondos que necesitaría para asegurar la gobernabilidad.


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