Lógico pero inconcebible
La propuesta del presidente Eduardo Duhalde de que los aspirantes serios a sucederlo participen de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional o que por lo menos traten de venderle sus propias «soluciones» para el embrollo económico nacional es a la vez muy sensata y totalmente descabellada. Es sensata porque es del interés tanto del país como del eventual triunfador que se resuelva cuanto antes el problema planteado por nuestra relación con la máxima auditoría mundial, pero es descabellada porque, como Duhalde entenderá muy bien, la posibilidad de que lo hagan es virtualmente nula debido a que les parece decididamente más provechoso oponerse a la «dureza» del mundo exterior y criticar al gobierno por sus errores de lo que sería asumir una cuota de responsabilidad por lo que se hace en nombre del país. Claro, después de las próximas elecciones el ganador tendrá que optar entre prolongar el aislamiento actual y tratar de llegar a un arreglo con el Fondo, pero mientras tanto ninguno quiere correr el riesgo que le supondría definirse. Desde el punto de vista de los precandidatos, será mucho mejor que la ciudadanía vote antes de tener la menor idea sobre lo que realmente haría si de un día para otro se hallaran a cargo de los destinos del país.
Esta situación nada satisfactoria refleja fielmente el estado realmente penoso de una clase dirigente que por su incapacidad para hacer frente a la crisis se ha fragmentado en mil pedazos, cada uno de los cuales procura salvarse diferenciándose de los demás, acusándolos de ser coautores del desastre que se ha producido o de estar dispuestos a pactar con vaya a saber cuáles intereses creados. No sólo es cuestión del egoísmo autístico de aquellos candidatos que quieren alcanzar la Casa Rosada sin saber muy bien por qué. También lo es de los legisladores y los jueces que no dejan pasar ninguna oportunidad para disfrutar de un momento de notoriedad a costa del país, confeccionando leyes demagógicas, modificando proyectos oficiales con el único fin de hacer gala de su propio poder o emitiendo fallos que, de ser aplicados, desatarían aún más confusión que la ya existente, como sería con toda seguridad el caso si se declara inconstitucional la pesificación. Aunque Duhalde se afirma muy respetuoso de la «independencia» de la Justicia y del Poder Legislativo, a menos que todos estén dispuestos a trabajar en pos de algunas metas comunes, por vagas que éstas sean, el país seguirá siendo ingobernable. En política, la distinción a menudo tendenciosa que ciertos personajes suelen trazar entre la libertad por un lado y la licencia por el otro no carece de validez.
En la raíz de esta crisis que tanto daño nos está causando se encuentra el miedo a la realidad. Como la mayoría abrumadora de sus habitantes se ha enterado, la brecha entre la Argentina en la que efectivamente viven y el país que correspondería a los discursos de sus «dirigentes» se ha convertido en un auténtico abismo. Sin embargo, con las excepciones de Ricardo López Murphy y de Patricia Bullrich, todos los precandidatos parecen negarse a abandonar un mundo de fantasía en el que les sería dado solucionar los problemas del país sin verse constreñidos a tomar medidas antipáticas, entre ellas las supuestas por una reforma drástica del Estado no sólo para reducir los costos sino también para que pueda desempeñar sus funciones básicas con un mínimo de eficiencia. En cuanto a la relación del país con el FMI, se trata de un problema que los precandidatos prefieren pasar por alto, limitándose a protestar contra la actitud «antiargentina» que según ellos motiva a los representantes de la entidad, reiterando sin comprender muy bien los reparos de economistas norteamericanos que por sus propias razones se oponen a las recetas «neoliberales» y dando a entender que a ellos mismos no se les ocurriría hacer nada que podría ser interpretado como una concesión ante las presiones foráneas. Tales posturas podrían ser interesantes si se basaran en estrategias convincentes, pero aparte de algunas alusiones vagas a la adoptada por Malasia, una monarquía bastante autoritaria cuyo equivalente local sería un régimen militar relativamente blando, hasta ahora la mayoría de los precandidatos no se ha dado el trabajo de plantear ninguna alternativa concreta.
La propuesta del presidente Eduardo Duhalde de que los aspirantes serios a sucederlo participen de las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional o que por lo menos traten de venderle sus propias "soluciones" para el embrollo económico nacional es a la vez muy sensata y totalmente descabellada. Es sensata porque es del interés tanto del país como del eventual triunfador que se resuelva cuanto antes el problema planteado por nuestra relación con la máxima auditoría mundial, pero es descabellada porque, como Duhalde entenderá muy bien, la posibilidad de que lo hagan es virtualmente nula debido a que les parece decididamente más provechoso oponerse a la "dureza" del mundo exterior y criticar al gobierno por sus errores de lo que sería asumir una cuota de responsabilidad por lo que se hace en nombre del país. Claro, después de las próximas elecciones el ganador tendrá que optar entre prolongar el aislamiento actual y tratar de llegar a un arreglo con el Fondo, pero mientras tanto ninguno quiere correr el riesgo que le supondría definirse. Desde el punto de vista de los precandidatos, será mucho mejor que la ciudadanía vote antes de tener la menor idea sobre lo que realmente haría si de un día para otro se hallaran a cargo de los destinos del país.
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