Los 5 platos de mi vida: Olivia Najt, foodstylist
La foodie profesional que reparte su trabajo entre trabajos para marcas y sus proyectos personales, comparte los platos que fue probando a lo largo de sus viajes por el mundo.
Los 5 platos de mi vida: Olivia Najt, foodstylist
La foodie profesional que reparte su trabajo entre trabajos para marcas y sus proyectos personales, comparte los platos que fue probando a lo largo de sus viajes por el mundo.

Dim Sum: El brunch de la comunidad de Hong Kong, que disfruto cada vez que voy a Nueva York y paso tiempo con mi familia china. Son distintos platos pequeños, entre ellos variedad de dumplings (fritos, hervidos o al vapor), pork buns, y otras opciones como mondongo y patas de gallina. Todos en pequeñas vaporeras de bambú que señoras, de unos 60 años, arrastran en carritos metálicos y cada comensal tiene que ir corriendo a elegir el mejor, más caliente y fresco. A veces uno termina siendo espectador –o participante- de fieras peleas para quedarse con el mejor dumpling de langostinos.

Knishes de papa: Los de Chela, mi abuela paterna. Únicos e irrepetibles. Sin nuez moscada porque ¡oh sacrilegio! Sólo una vez pude recrearlos siguiendo instinto y memoria gustativa.
Uni: Erizo de mar en japonés. Jamás me voy a olvidar de la sensación de felicidad cuando pude comerlo en Tokio, después de días sin dormir y con placer extremo, entre sonrisa y risa del sushiman y los comensales extraños que me acompañaban.
Ispahan: de Pierre Hermé. Pastelero de reconocimiento mundial y mi ídolo personal. Este postre consiste de dos tapas de macarón gigante, relleno de crema de pétalos de rosa, lychee y frambuesas. Va de la mano de la memoria de las dos ocasiones en que lo comí, la primera y más importante, en la plaza atrás de una iglesia en Saint-Germain-des-Prés. Lo compartí con mi mamá y era verano, casi otoño.

Yakitori: borchettes de pollo con distintos ingredientes (wasabi, shiso, o puerros) de Yardbird, en Hong Kong. Un restaurante japonés, en el medio de la isla. Los dueños con mezcla de sangre canadiense, rusa e irlandesa. Fue mi primer cena sola en Hong Kong y tuve que bajar 550 escalones finitos, irregulares y en la oscuridad para llegar. Los conté. Valió la pena.
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