Los árbitros que la AFA quiere



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Apenas tres años y medio después de que Horacio Elizondo dirigiera la final del Mundial de Alemania y fuera elogiado por todos, el arbitraje argentino se hunde en su propia ciénaga. Pero se entiende semejante paradoja si se pone en contexto.

Tras su excelente desempeño en Alemania 06, Elizondo se transformó en un referente insoslayable para el ya maltrecho arbitraje argentino. Julio Grondona lo supo y lo aceptó. Pero, como es su costumbre, lo hizo con gestos hacia afuera y con acciones hacia adentro.

A fines de 2007, la AFA creó la Dirección de Formación Arbitral (DFA) en reemplazo de la Escuela y ubicó a Elizondo como director. Pero duró poco. El 13 de mayo pasado fue reemplazado por Miguel Scime, un ex árbitro de los años 80 que nunca fue internacional.

Grondona nunca aceptó que su hombre de confianza, Jorge Romo, perdiera un centímetro de poder.

Romo, un ex proveedor de materiales de la ferretería de la familia Grondona en Sarandí y que nunca fue árbitro, llegó a la AFA como miembro de la Comisión de Relaciones Públicas.

El nueve de enero de 1991, Grondona lo designó presidente del Colegio de Árbitros, donde aún permanece y desde donde le dio forma al arbitraje actual.

Elizondo se había propuesto refundar la educación de los futuros árbitros, dotarlos de instrucción de primer nivel y respaldarlos psicológicamente. A Romo no le gustó.

El derrotero de Elizondo quedó marcado por la mala relación con Romo. Cada sugerencia del ex árbitro era desoída por el no-árbitro. La DFA fue paulatinamente desmantelada hasta quedar vacía de sentido. La decisiones sobre los árbitros y sus designaciones estaban en manos de Romo... y de Grondona. Así se entienden Lunati, Collado, Faraoni...


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