Los auténticos símbolos de los derechos humanos

Redacción

Por Redacción

GRACIELA FERNÁNDEZ MEIJIDE (*)

Dónde radica el auténtico valor de los derechos humanos? ¿Cuándo lo percibimos y a partir de qué legítimos símbolos? A los profesores Silvia Contrafatto y Roberto Samar parece enojarles mi opinión sobre el gesto del expresidente Néstor Kirchner en la ESMA, cuando le ordenó al entonces jefe del Estado Mayor Conjunto Roberto Bendini que descolgara los cuadros de dos militares que fueron presidentes de facto: Videla y Bignone. Lamentablemente en Argentina, cuando nos referimos a símbolos de los derechos humanos, no podemos remontarnos demasiado lejos en la historia. Fueron valorizados por las mayorías después de Malvinas. La decepción por la derrota abrió el camino al reconocimiento en la sociedad de la demanda persistente de verdad y justicia en nombre de las víctimas después de marzo de 1976. Desde la recuperación de la democracia, ¿quiénes aparecieron con toda legitimidad como símbolos de la lucha por los derechos humanos? Sin duda, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Y un puñado de mujeres y hombres que por sus convicciones democráticas, éticas y religiosas –sin haber sido ellos ni sus familiares víctimas de la represión– integraron otras organizaciones del Movimiento de Derechos Humanos. Éste no pertenecía a ningún partido ni sector y –en la instancia de la dictadura– se orientaba exclusivamente a ser la voz de desaparecidos y presos y a clamar contra la violación a sus derechos fundamentales: vida, integridad física y libertad. Tales exigencias calaron hondo en el cuerpo social. La población eligió a quien prometió la investigación y enjuiciamiento de los crímenes del terrorismo de Estado. El voto mayoritario se negó a que, en su nombre, se concediera ninguna amnistía. Creo que ése fue el momento en el que percibimos claramente que se terminaba la existencia de los ejércitos “padres de la patria” que se resistían a encuadrarse en las instituciones de la República. De allí que la Conadep se convirtiera también en un símbolo para la mayor parte de una sociedad que la acompañó cuando, en nombre del gobierno que conducía en ese momento el Estado, sus miembros visitaron 50 centros de detención, entre ellos la ESMA –símbolo del horror–, acompañando a sobrevivientes corajudos que, con sus testimonios, consolidaron las pruebas para la próxima etapa, aquella durante la cual muchos seguimos, día a día, cada jornada del juicio a las Juntas que terminó condenando a Videla y a otros miembros de la cúpula militar. Los fiscales que acusaron, los jueces que juzgaron, el juicio en sí mismo, son símbolos de la decisión de funcionarios de cumplir con el mandato de los votos: verdad y justicia. Se ingresó entonces en el momento del “Nunca más”. Creo firmemente que la Conadep y el juicio fueron base indispensable de la democracia reestrenada. Valoricé que el expresidente Néstor Kirchner impulsara leyes que permitieron a la Justicia retomar su camino y eliminar los efectos de la ley de Obediencia Debida y de los indultos del expresidente Carlos Menem. Indultos que pusieron, a quienes habían atentado contra la democracia en 1987 y a Videla, ya no en un marco en la pared sino en libertad, lisa y llanamente. De hecho, no recuerdo haber oído entonces voces disidentes al interior del partido que había llevado a Carlos Menem a la presidencia. Que la Justicia civil les ordenara a los comandantes ponerse de pie ante los jueces de las tres cámaras cuando todavía se podía suponer que las Fuerzas Armadas retenían su poder fue un acto de decisión en el camino del “Nunca más” y también otro símbolo. Desde entonces los intentos de recuperar la hegemonía, en 1987 y 1990, fracasaron y contribuyeron a desdibujar la imagen amenazante de los golpes militares. El gesto sorpresivo de bajar dos cuadros de algunos de los golpistas no borrará, desgraciadamente, los hechos de los que fueron responsables. Honestamente, en ese momento sentí que se ingresaba en la época de los derechos humanos como propaganda política. Pobre símbolo de una tragedia que no aportaba nada a la reconstrucción de la institucionalidad que nos debíamos. Jamás discutiré los avances que se hayan hecho en materia de leyes que reconozcan cada vez más derechos. Al contrario, como ciudadana siempre exigiré que no se descuide ninguno de ellos, sobre todo los que tienen que ver con la pobreza, la educación, la salud. Para lograrlos hacen falta gobiernos honestos, sean del signo que fuesen, y una persistente crítica honesta cuando se los descuida o se los abandona. (*) Referente de los derechos humanos y dirigente política


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