Los brazos del padre

Por Eva Giberti

Redacción

Por Redacción

Durante siglos la masculinidad se asoció con la idea de fuerza física, de un cuerpo sólido, de una incesante capacidad para producir dinero y de una valentía inclaudicable cualquiera fuese el peligro que se presentase; además de reconocerle una inteligencia capaz de resolver cualquier dificultad.

Esta continúa siendo la imagen que tienen los chicos respecto de su padre, alguien todopoderoso; imagen que precisan y cuya ausencia conduce a que la inventen. No obstante, a determinada edad, alrededor de los 8 años, esa imagen fanáticamente admirada comienza a naufragar debido a la comprensión con otros varones; por ejemplo las autoridades a las que obedecen, o bien lo que cuentan sus amigos acerca de sus propios padres.

Pero lo que se mantiene es una nostalgia de un padre fuerte con el que no soñó y se esperó encontrar. Esa añoranza de padre se mantiene en muchas mujeres que sueñan, siendo adultas con un varón que fuese capaz de reproducir ese modelo original de hombre «fuerte» que aún impregnan el imaginario social y que se imagina físicamente admirable y económicamente potente.

Con frecuencia los varones recurren a los gimnasios para defender su musculatura, desarrollarla y mantenerla en forma; en paralelo una se pregunta dónde y cuándo piensan utilizarla. ¿En la calle trompeándose a lo guapo -a la antigua- si otro hombre mira a la mujer que lo acompaña? No, seguramente no porque sabe que arriesga una intervención policial por lesiones, o encontrarse con otro más entrenado que él. Entonces, la musculatura no es por allí donde podrá lucirse.

Podría demostrar esa potencia muscular corriendo muebles, desplazando pianos, pero… cada vez encontramos menos pianos en los pequeños departamentos que pueblan las torres urbanas.

O sea, músculos para la lucha o músculos para la paz, no son excesivas las oportunidades para el lucimiento. Salvo las piletas de natación o las playas. Allí se los puede admirar visualmente y crear fantasías acerca de los brazos emanados de tales músculos, pero… la experiencia clínica nos enseñó que algunos hombres, tan preocupados por sus físicos, como para dedicar horas al gimnasio, no siempre resultan expertos acompañantes corporales para sus parejas, debido a la exasperación de su narcisismo, centralizado en su musculatura.

¿Y el padre? ¿Dónde quedó?

Aunque los padres no dispongan de cuerpos fornidos los hijos los evalúan como muy fuertes. Se pone en juego el anhelo de sentirse tuteados, amparados y protegidos, que según los chicos se verifica mucho mejor si los músculos están a la vista. En cambio, el pasaje a la admiración hacia el padre desagregándolo de la fuerza física, constituye una tarea tardía, un aprendizaje que depende de la valoración que puedan hacer los hijos respecto de la inteligencia y la sensibilidad de este varón.

La admiración al padre real o imaginariamente potente en su físico, nos regresa a etapas primordiales, tempranas, en las que habitualmente se cuenta con los brazos maternos. Este es el punto. No son solamente esos brazos los consagrados para proteger; los brazos de padre, durante la primera infancia, tienen una importancia fundamental que por lo general los varones ignoran. Ponen cara de «yo no se cómo tener a este crío» y se lo entregan a la madre que se hace cargo del bebé, en lugar de defender los brazos del padre.

Lo que actualmente sabemos es que se trata de que los varones utilicen los brazos, no los músculos entrenados, para el sostén y la caricia de los más chicos. También de los que no son pequeños. Esa es otra diferencia con nuestros parientes los primates: los machos recurren a sus brazos para golpearse el pecho festejando el triunfo de su fuerza sobre otro semejante; pero no cargan a sus bebés, tarea de la que se ocupa la hembra.

Los avances en psicología de la niñez subrayan esta función paterna de crear regazo para los hijos, sustituyendo la imagen del músculo como resorte para la trompada veloz, por la de los brazos tiernos y aseguradores. Circunstancia que coincide con los aportes que, acerca de la nueva masculinidad, comenzamos a construir desde fines del siglo que ya terminó.


Durante siglos la masculinidad se asoció con la idea de fuerza física, de un cuerpo sólido, de una incesante capacidad para producir dinero y de una valentía inclaudicable cualquiera fuese el peligro que se presentase; además de reconocerle una inteligencia capaz de resolver cualquier dificultad.

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