Los costos de la pasividad
Durante más de un siglo y medio, fue tan avasallador el poder militar de los países occidentales que, en la Segunda Guerra Mundial, alemanes, italianos, británicos franceses y norteamericanos luchaban en el norte de África sin preocuparse por lo que pensaban de sus actividades los habitantes de los países en que operaban. En aquel entonces, las diferencias entre las distintas sectas y etnias del mundo musulmán interesaban sólo a antropólogos, lingüistas y otros estudiosos. Nadie pudo prever que, un día en el futuro no muy lejano, el ya milenario conflicto entre los sunnitas y chiitas podría adquirir dimensiones suficientes como para plantear una amenaza sumamente grave a la seguridad de Europa, Estados Unidos y otros países. Sin embargo, mientras que en el pasado reciente eran los europeos y sus parientes cercanos de Norteamérica los que exportaban sus disputas internas al resto del mundo, en la actualidad quienes lo están haciendo son los musulmanes. Aunque Estados Unidos y las potencias europeas quisieran alejarse del “gran Oriente Medio”, una inmensa región que se extiende desde el Atlántico hasta el mar de China, no pueden hacerlo porque hay demasiado en juego. La situación en la que se encuentran no es nada fácil. Si bien los líderes occidentales se afirman partidarios de las fuerzas democráticas y modernizadoras que se dan en todos los países islámicos, saben que son muy débiles y que por lo tanto tienen que respaldar a quienes a su entender son los menos malos. El pragmatismo así supuesto está teniendo resultados desconcertantes. Los occidentales apoyan a Arabia Saudita, un país extraordinariamente reaccionario que acaba de invadir Yemen en un intento de impedir que caiga en manos de los milicianos de una tribu que practica un culto afín al chiismo, y que en consecuencia es vista como una aliada de Irán, pero también están colaborando con los iraníes en Irak en la guerra contra el Estado Islámico sunnita. En Siria, donde la feroz guerra civil ya se ha cobrado más de 200.000 vidas y obligado a millones a abandonar sus hogares, parecería que, luego de haberse opuesto al dictador alauita y proiraní Bashar al Assad, los occidentales han llegado a la conclusión de que les sería mejor dejarlo seguir en el poder porque cualquier alternativa realista sería con toda probabilidad peor. Para complicar todavía más los problemas enfrentados por los norteamericanos y europeos, están tratando de convencer a los iraníes de que les convendría frenar su programa nuclear a cambio de menos sanciones económicas, razón por la que se niegan a dar a los sauditas y sus aliados el apoyo concreto que necesitarían en Yemen, un “Estado fallido” que, lo mismo que Libia, se ha precipitado en la anarquía. Por motivos comprensibles, Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y, más aún, los demás países europeos son reacios a intervenir en Oriente Medio. Lo que les falta no es poder militar sino la voluntad de usarlo, razón por la que insisten en que es deber de los musulmanes mismos solucionar sus propios problemas internos. Según las pautas imperantes en Occidente y, en teoría, en toda “la comunidad internacional”, tal actitud es la única posible, pero parecería que es casi nula la posibilidad de que la región se pacifique sin que antes sufra catástrofes comparables con las experimentadas por los europeos hace menos de un siglo. Podrían ser aún más sanguinarias si los iraníes lograran fabricar sus propias bombas atómicas, puesto que los sauditas, que cuentan con el apoyo de Pakistán, los turcos y otros no tardarían en emularlos. Por tratarse en algunos casos de fanáticos religiosos que han hablado de lo tentador que les sería provocar una hecatombe purificadora universal, resignarse a la proliferación nuclear en una región tan convulsionada no sería una opción racional, pero parecería que el presidente norteamericano Barack Obama la preferiría a correr los riesgos políticos que le supondría una postura menos pasiva. Puede que las circunstancias lo obliguen a cambiar de actitud o que su sucesor decida que no le queda más alternativa que procurar extinguir una conflagración que para millones de personas ya ha tenido consecuencias terribles pero, pase lo que pasare, no cabe duda de que el repliegue excesivamente apurado de la superpotencia ha contribuido a desestabilizar todavía más a la región menos estable, y más explosiva, del planeta.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 1 de abril de 2015
Durante más de un siglo y medio, fue tan avasallador el poder militar de los países occidentales que, en la Segunda Guerra Mundial, alemanes, italianos, británicos franceses y norteamericanos luchaban en el norte de África sin preocuparse por lo que pensaban de sus actividades los habitantes de los países en que operaban. En aquel entonces, las diferencias entre las distintas sectas y etnias del mundo musulmán interesaban sólo a antropólogos, lingüistas y otros estudiosos. Nadie pudo prever que, un día en el futuro no muy lejano, el ya milenario conflicto entre los sunnitas y chiitas podría adquirir dimensiones suficientes como para plantear una amenaza sumamente grave a la seguridad de Europa, Estados Unidos y otros países. Sin embargo, mientras que en el pasado reciente eran los europeos y sus parientes cercanos de Norteamérica los que exportaban sus disputas internas al resto del mundo, en la actualidad quienes lo están haciendo son los musulmanes. Aunque Estados Unidos y las potencias europeas quisieran alejarse del “gran Oriente Medio”, una inmensa región que se extiende desde el Atlántico hasta el mar de China, no pueden hacerlo porque hay demasiado en juego. La situación en la que se encuentran no es nada fácil. Si bien los líderes occidentales se afirman partidarios de las fuerzas democráticas y modernizadoras que se dan en todos los países islámicos, saben que son muy débiles y que por lo tanto tienen que respaldar a quienes a su entender son los menos malos. El pragmatismo así supuesto está teniendo resultados desconcertantes. Los occidentales apoyan a Arabia Saudita, un país extraordinariamente reaccionario que acaba de invadir Yemen en un intento de impedir que caiga en manos de los milicianos de una tribu que practica un culto afín al chiismo, y que en consecuencia es vista como una aliada de Irán, pero también están colaborando con los iraníes en Irak en la guerra contra el Estado Islámico sunnita. En Siria, donde la feroz guerra civil ya se ha cobrado más de 200.000 vidas y obligado a millones a abandonar sus hogares, parecería que, luego de haberse opuesto al dictador alauita y proiraní Bashar al Assad, los occidentales han llegado a la conclusión de que les sería mejor dejarlo seguir en el poder porque cualquier alternativa realista sería con toda probabilidad peor. Para complicar todavía más los problemas enfrentados por los norteamericanos y europeos, están tratando de convencer a los iraníes de que les convendría frenar su programa nuclear a cambio de menos sanciones económicas, razón por la que se niegan a dar a los sauditas y sus aliados el apoyo concreto que necesitarían en Yemen, un “Estado fallido” que, lo mismo que Libia, se ha precipitado en la anarquía. Por motivos comprensibles, Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y, más aún, los demás países europeos son reacios a intervenir en Oriente Medio. Lo que les falta no es poder militar sino la voluntad de usarlo, razón por la que insisten en que es deber de los musulmanes mismos solucionar sus propios problemas internos. Según las pautas imperantes en Occidente y, en teoría, en toda “la comunidad internacional”, tal actitud es la única posible, pero parecería que es casi nula la posibilidad de que la región se pacifique sin que antes sufra catástrofes comparables con las experimentadas por los europeos hace menos de un siglo. Podrían ser aún más sanguinarias si los iraníes lograran fabricar sus propias bombas atómicas, puesto que los sauditas, que cuentan con el apoyo de Pakistán, los turcos y otros no tardarían en emularlos. Por tratarse en algunos casos de fanáticos religiosos que han hablado de lo tentador que les sería provocar una hecatombe purificadora universal, resignarse a la proliferación nuclear en una región tan convulsionada no sería una opción racional, pero parecería que el presidente norteamericano Barack Obama la preferiría a correr los riesgos políticos que le supondría una postura menos pasiva. Puede que las circunstancias lo obliguen a cambiar de actitud o que su sucesor decida que no le queda más alternativa que procurar extinguir una conflagración que para millones de personas ya ha tenido consecuencias terribles pero, pase lo que pasare, no cabe duda de que el repliegue excesivamente apurado de la superpotencia ha contribuido a desestabilizar todavía más a la región menos estable, y más explosiva, del planeta.
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