Los gay neuquinos buscan su espacio y sólo quieren ser respetados

Aunque no están organizados, cada uno desde su lugar enfrenta la discriminación.El rechazo social es la principal causa por la cual muchos no revelan su condición.

NEUQUEN (AN).- Eduardo es cliente de uno de los bancos ubicados en el microcentro neuquino. Con frecuencia realiza trámites, y siempre lo atiende el mismo cajero con el cual intercambia frases de ocasión y algún que otro comentario. Hasta que un día el empleado lo mira a los ojos, toma aire como si inspirar profundo le inyectara la dosis de valor que necesita y le dice:

-¿Querés que vayamos a tomar un café esta noche?

“El levante en Neuquén se puede dar en cualquier lado”, dice Eduardo, que es gay, antes de contar la anécdota. “Si prestás un poco de atención a los hombres con los que te cruzás todos los días te das cuenta de cuál es homosexual. Además este es un ambiente chico y todo se sabe. Yo los huelo, y te aseguro que cada vez hay más. Aunque la verdad es que al cajero no lo tenía, me sorprendió”.

(“Después de toda una vida viendo a la gente decente/burlarse de los que buscan amor a contracorriente/después de toda una vida sin un triste devaneo/coleccionando miradas en el desván del deseo…”)

De acuerdo con organizaciones internacionales, uno de cada diez habitantes de este planeta siente atracción por alguien de su mismo sexo. Es decir que en Neuquén habría unos 25.000 homosexuales, aunque sólo una minoría lo tiene asumido.

Según la nomenclatura vigente, en el universo homosexual se distinguen los gay (hombres), lesbianas (mujeres), bisexuales (quienes sienten atracción por uno u otro sexo indistintamente), travestis (visten ropas del otro género) y transexuales (quienes se operan para trasformarse de manera total en alguien del sexo opuesto al que nacieron).

La apreciación de que “cada vez hay más” no es científica, y surge del incremento en la demanda que tienen tanto los travestis que se ofrecen en la vía pública como los acompañantes masculinos que pactan citas a través de teléfonos celulares.

(“…después de toda una vida sublimando los instintos/tomando gato por liebre negando que eres distinto…”)

“Los hombres están en cualquiera”, dice Bianca, vestida con una brevísima minifalda aunque sus documentos delaten que nació varón. “Yo tengo clientes de todo tipo: viejos, jóvenes, camioneros, gente con plata. Y no me buscan como mujer… ¿entendés?”. Si uno pone cara de no entender se logra una explicación más explícita: “no quieren penetrarme, sino que los penetre yo”.

Bianca dice que le divierte observar “a los chicos que pasan en auto con sus novias y me hacen un gesto que ellas no ven. Después las dejan en sus casas y vienen conmigo”. Y agrega con lengua filosa: “¿te dije que tenía toda clase de clientes?. También políticos, claro”.

Una versión que corrió fuerte en Neuquén el año pasado hablaba de una fiesta entre conocidos personajes y travestis, en un conocido lugar, que terminó de madrugada en medio de un escándalo con patrulleros incluidos. Nunca se logró que nadie la confirmara.

De la creciente demanda también puede dar testimonio Alejandro, cuyo celular suena varias veces por día reclamando sus servicios. “Mis clientes me buscan por las mañanas, que es cuando pueden zafar más fácilmente de sus esposas. Porque la mayoría son casados, y buscan una relación homosexual en la cual adoptan el rol pasivo”, explica. Uno le pagó un fin de semana completo en San Martín de los Andes, otros sólo quieren excitarse mientras conversan con él por teléfono.

(“…después de toda una vida poniendo diques al mar/trabajador intachable esposo y padre ejemplar…”)

Hay muchísimas razones por las cuales un homosexual no se asume como tal, y la discriminación social está entre las primeras. Aunque el mundo haya avanzado en su interconexión, también profundizó el rechazo a lo otro, la represión a lo distinto.

El mundo gay está asociado con actitudes reprochables, pervertidas, “degeneradas”. Mucho tiempo se los llamó “invertidos”, toda una definición para quienes los consideran un atentado contra la moral y las buenas costumbres de la sociedad.

Perseguidos a lo largo de la historia, los gay fueron enviados a la hoguera, la cárcel o al psiquiátrico, y recién ahora se comienza tímidamente a aceptarlos. La receptividad es mayor entre quienes han accedido a más educación y sobre todo entre las mujeres, pero para la gran mayoría la homosexualidad se sigue resumiendo en un insulto degradante: “es un puto”.

(“…después de toda una vida sin poder sacar las plumas/soñando cuerpos desnudos entre sábanas de espuma…”)

“Mi viejo siempre decía que prefería un hijo chorro antes que maricón”, dice Eduardo, quien pudo asumirse como gay recién cuando su padre falleció. Ahora se siente más libre aunque sabe que nunca lo será en forma completa.

“Yo no puedo andar por la calle de la mano con mi pareja, ni podemos besarnos en público. Soy consciente de que eso puede provocar rechazo en la gente que no nos acepta. Me la tengo que bancar, son las reglas de juego”, se resigna.

De todos modos, se alegra porque “en mi barrio ya todos los saben y prácticamente no he tenido problemas. Te decía que este es un lugar chico, te cruzás todos los días con la misma gente. A la larga todo se sabe”.

Trabajo y paternidad

La discriminación también puede darse en el trabajo, si es que lo tienen. Muchos temen que se les cierren las puertas para conseguir un medio de vida común y corriente, y que sólo les quede la opción de prostituirse para subsistir.

Los gays locales saben que falta mucho para que logren la aceptación de que gozan en sociedades más civilizadas, donde ya se registran casamientos entre personas del mismo sexo y adopciones.

Pero el rechazo social no es la única traba para declararse gay. “Hay muchos que no se bancan saber que no podrán tener hijos, piensan que ser homosexual es perder toda chance de paternidad”.

El que habla es Daniel, quien se casó con una mujer, tuvo un hijo y ahora se separó para vivir en pareja con un hombre.

Hay otros caminos para superar esa barrera. Por ejemplo, se suele celebrar una suerte de contrato entre gays y lesbianas que acuerdan mantener relaciones heterosexuales para poder tener hijos.

En Neuquén ha habido algunos casos, aunque Eduardo conoce la situación de una joven que “bajo ninguna circunstancia aceptaría estar con un hombre. Es muy grande el rechazo que siente. Por eso está juntando plata para hacerse inseminación artificial”.

(“…de pronto un día pasaste de pensar qué pensarían/si lo supieran tu mujer, tus hijos, tu portera/y te fuiste a la calle/con tacones y bolso/y Felipe el hermoso por el talle./Desde que te pintas la boca en vez de Don Juan te llamamos Juana la Loca”. Joaquín Sabina).

Pese a tantas desventajas hay muchos que admiten su homosexualidad y hasta forman pareja. Aunque tantas presiones externas desestabilizan las relaciones, y depende de la personalidad de cada uno el tiempo que durará la relación.

“Es difícil bancarse tanto rechazo”, reconoce Eduardo. “Al final de cuentas uno vive y sufre las mismas cosas que los demás, lucha porque no le alcanza la plata, quiere irse de vacaciones… Y por otro lado le tiene miedo a la soledad, a la vejez… Y sólo trata de ser feliz”.

¿Quién no?

Guillermo Berto 

¿Hay una cultura homosexual?

NEUQUEN (AN).- Desde 1987, el Festival de Cine de Berlín instituye un premio a la mejor película de contenido homosexual.

En aquel año, Pedro Almodóvar ganó el premio “Teddy” del certamen, un oso de peluche que hoy es de bronce, por su película “La Ley del Deseo”. Se trata de un concurso paralelo, organizado por cineastas y periodistas homosexuales sin la mordaza que se impone a la cultura gay acá: crónicas de tales ceremonias muestran a sus conductores luciendo slip rosa, pieles y coronas, el torso desnudo, y a los directores alzando con orgullo el oso de peluche. “Orlando” y “Fresa y chocolate” han sido otras de las películas premiadas.

Por estas pampas, muchos se despabilaron con que “Puerto Pollensa” era un cifrado himno lésbico sólo al advertir que aquel “gordito con lentes” iba a cambiarse las gafas porque no podía creer lo que veía. Dos mujeres amándose en la playa no es una escena frecuente para los argentinos. La invisibilidad de las relaciones homosexuales atenúa la intolerancia: si no se ven, no existen.

Pero existen. Sin embargo no se puede predicar certeza, sin riesgo de sesgar o de generalizar, sobre la existencia de una cultura gay: ¿hay productos culturales homosexuales a causa de las preferencias sexuales de sus autoras y autores? ¿es homosexual una novela, por ejemplo, si su contenido trata la homosexualidad? ¿la creación, el arte, la belleza, tienen un signo más o menos masculino, más o menos femenino que los determina? ¿en qué medida es el mercado el que secciona y dota de atributos especiales a un producto?

“A veces da la impresión de que los escritores gays sólo escriben para un público gay, lo cual es un error. La cuestión es que la experiencia humana es universal y no hay razón para que los heterosexuales no puedan obtener de una novela gay tanto provecho como los gays obtienen de una novela heterosexual”.

La cita es de David Leavitt, un escritor de última generación que ha firmado antologías de “literatura homosexual” y se ha declarado militante de la causa. Hubo (hay) en el país un Néstor Perlongher cuyas audacias intelectuales rebasaron el continente gay, que también habitó lúcidamente, y articularon militancia política de izquierda, poesía y una sociología urbana que abordó la prostitución masculina y el sida. Durante la guerra de Malvinas, arreció con un ensayo titulado “Todo el poder a Lady Di” y su texto “Evita vive”, de 1975, irritó al peronismo hasta la exasperación.

Todo hecho artístico es una provocación. Algunos sobrevivientes del teatro “under” porteño que se atrevieron a ser visibles, como Fernando Noy, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, explotan artísticamente el rasgo andrógino de una cultura cuyos géneros tienden cada vez más a igualarse en la exterioridad. Batato Barea fue, con Noy, la más conmovedora estrella andrógina de los cambiantes 80’s.

El aparato represivo confina a espacios subterráneos, en los márgenes, a toda expresión sospechada de “distinta”. Desde la superficie, desde el centro de la máquina cultural, se postula, se ordena, se clasifica. Muchas veces se condena. Quizás ésta razón mantiene “invisibles” a muchos artistas argentinos homosexuales.

“No queremos que nos persigan, ni que nos prendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen, ni que nos analicen, ni que nos expliquen, ni que nos toleren, ni que nos comprendan: lo que queremos es que nos deseen”, escribió Néstor Perlongher en un artículo que hoy circula como credo, secreto y público, de esos márgenes obscenamente vigilados.

Mónica Reynoso


NEUQUEN (AN).- Eduardo es cliente de uno de los bancos ubicados en el microcentro neuquino. Con frecuencia realiza trámites, y siempre lo atiende el mismo cajero con el cual intercambia frases de ocasión y algún que otro comentario. Hasta que un día el empleado lo mira a los ojos, toma aire como si inspirar profundo le inyectara la dosis de valor que necesita y le dice:

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