Los guerreros santos siguen avanzando
Mientras los medios locales dedicaban suplementos enteros al Mundial de fútbol y festejaban los esfuerzos del papa Francisco por reactivar, con oraciones y abrazos ecuménicos, el llamado “proceso de paz” en Oriente Medio, el mapa de dicha región cambió de manera alarmante. Combatientes islamistas tomaron la segunda ciudad de Irak, Mosul, además de Tikrit, para avanzar hacia Bagdad, fusilando o, por preferencia, decapitando a cualquier infiel que encontraron en el camino. Se informa que medio millón de personas aterrorizadas huyó de Mosul, lo que puede entenderse; el “Ejército Islámico de Irak y el Levante” se asemeja más a una horda de depredadores medievales que a una formación militar moderna. Puede que los guerreros santos no se hayan propuesto ocupar por mucho tiempo las ciudades capturadas, ya que hasta ahora han preferido limitarse a torturar, matar y robar, pero parecería que las fuerzas regulares iraquíes son incapaces de frenarlos. Por el contrario, al enterarse de su proximidad, decenas de miles de soldados, entre ellos los oficiales, desertaron, despojándose de sus uniformes y sus armas. Acaso los únicos que están en condiciones de hacerles frente son los kurdos que, como es natural, anteponen sus propios intereses a aquellos de los iraquíes árabes, sean éstos sunnitas, como ellos, o chiitas. Irak corre peligro de desintegrarse por completo. Podrían compartir tal destino Afganistán e incluso Pakistán, donde los islamistas han intensificado sus ataques contra los reacios a someterse a su brutal versión del islam. Asimismo, en el norte de África, desde las zonas de Nigeria devastadas por Boko Haram hasta Somalia, donde grupos igualmente salvajes cometen a diario atrocidades repugnantes, además de Libia, que se ha entregado a la anarquía, el integrismo islámico está sembrando el caos. En comparación con lo que está sucediendo en el resto de la región, el conflicto entre Israel y los árabes palestinos es un asunto menor. Aun cuando firmaran la paz mañana, continuaría la guerra interna, que empezó hace casi 1.400 años, entre los sunnitas y los chiítas, y de las dos sectas así denominadas contra Occidente. Los líderes de Estados Unidos y Europa quisieran limitarse a hablar de los beneficios de la paz, pedir perdón por sus eventuales aportes a las convulsiones que están desgarrando el mundo musulmán y manifestarse dispuestos a brindar ayuda humanitaria a millones de víctimas presuntamente inocentes. Pero, como advierten los servicios de inteligencia occidentales, muchos combatientes islámicos que llevan pasaportes europeos o norteamericanos están preparándose para seguir la guerra santa en tierras aún no sometidas a los dictados de Alá y de quienes se creen sus paladines. Lo lógico sería impedirles regresar, pero los juristas dicen que excluirlos sería ilegal. Por lo demás, detenerlos en la frontera sería antipático y motivaría las protestas de las organizaciones de derechos humanos que suelen colaborar con los islamistas. Parecería, pues, que todos los gobiernos occidentales se han resignado a enfrentar un fuerte recrudecimiento del terrorismo islamista en los próximos meses aunque, como les recordaron los resultados de las elecciones parlamentarias europeas más recientes, son cada vez más los ciudadanos de los países del Viejo Continente que preferirían que sus dirigentes adoptaran una postura menos pasiva. Que éste sea el caso es una tragedia para los muchos árabes, afganos, paquistaníes y norafricanos que sueñan con salvarse emigrando, a menudo a bordo de embarcaciones precarias, a la tierra de promisión Europea. Si sólo fuera cuestión de algunos miles, no habría ningún problema, pero ocurre que se cuentan por centenares de miles, tal vez millones, que incluirían a muchos yihadistas aguerridos. Asimismo, la experiencia les ha enseñado a los europeos que los descendientes de inmigrantes musulmanes pacíficos podrían convertirse en enemigos mortales de los países que dieron refugio a sus padres. A Jorge Bergoglio le gustaría que Europa abriera las puertas de par en par para que entren todos los sirios, iraquíes, africanos y otros que huyan de la guerra, pero en las circunstancias actuales tanta solidaridad cristiana sería suicida, En el pasado, las potencias occidentales hubieran reaccionado frente al desafío planteado por la ofensiva islamista ocupando militarmente las zonas más conflictivas, pero en los tiempos que corren escasean los interesados en intentar algo tan costoso, difícil y con toda seguridad sanguinario. Lejos de fantasear con conquistar países de cultura radicalmente distinta de la suya con el presunto propósito de administrarlos hasta que, un par de siglos más tarde, puedan funcionar como democracias, los norteamericanos y europeos están procurando distanciarse de las sociedades ferozmente intolerantes del mundo islámico. Al convencer a los nazis de que nadie se animaría a declararles la guerra, el pacifismo de los progresistas franceses y británicos de hace ochenta años hizo inevitable la Segunda Guerra Mundial. Los mismos sentimientos están contribuyendo a la gigantesca catástrofe que está por producirse en el Gran Oriente Medio. Si bien en la región nadie ignora que las fuerzas militares occidentales son incomparablemente más mortíferas que Boko Haram, el Ejército Islámico de Irak y el Levante o cualquier otra agrupación de mentalidad parecida, todos son conscientes de que hombres como Barack Obama y David Cameron no pensarían en aprovecharlas y que François Hollande, quizás el único mandatario occidental que toma realmente en serio la amenaza planteada por el islamismo militante, no está en condiciones de hacer mucho más que intervenir en países relativamente manejables como Malí y la República Centroafricana. El pacifismo de los gobiernos de Estados Unidos y los países de la Unión Europea puede ser encomiable, pero ha servido para hacer de una parte sustancial del mundo una zona liberada en que, en nombre de un culto religioso con vocación imperial, grupos de fanáticos desalmados están operando con impunidad. Aunque los gobiernos locales fueron elegidos en comicios aceptables y por lo tanto merecen el apoyo de la mayoría, son demasiado débiles y, en Irak y otros países, sectarios como para derrotar a bandas de guerreros que se vanaglorian de su voluntad de morir. Envalentonados por lo que ya han logrado, los combatientes del islam medieval están preparándose para repetir sus hazañas en las grandes ciudades occidentales, lo que pondrá a prueba la entereza de quienes creen que, si ellos mismos optan por la paz, también lo harán todos los demás.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON