Los hombres de la bolsa

Redacción

Por Redacción

Cuando hablan los mercados, suelen expresarse en un idioma délfico que se presta a muchos malentendidos. Puede que la semana pasada las entidades así designadas no hayan querido decirnos que nada les complacería más que un acuerdo electoral entre Mauricio Macri y Sergio Massa, pero muchos atribuyeron la suba imprevista de las acciones no sólo en la bolsa porteña, donde el índice Merval trepó el 6,8%, sino también de los papeles argentinos en Nueva York, donde algunos aumentaron casi el 12%, a un rumor en tal sentido que pusieron en circulación el radical Ernesto Sanz y el massista Martín Redrado. Otra explicación sería que los inversores se dieron cuenta de que habían exagerado al reaccionar con tanto pesimismo frente a la presunta voluntad de Daniel Scioli de “profundizar el modelo” defendido por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner con la colaboración activa del actual ministro de Economía, Axel Kicillof, razón por la que los índices de la pequeña bolsa local se habían hundido en mayo. Sea como fuere, no cabe duda de que los mercados, es decir, los inversores, están mirando el espectáculo brindado por los presidenciables con una mezcla de temor y esperanza: temor a que un eventual presidente Scioli subordine todo a los intereses políticos y personales de Cristina, esperanza de que gane Macri quien, suponen, enseguida adoptaría una estrategia decididamente más favorable al sector privado que la del gobierno actual. En algunos países, el respaldo de los empresarios, con la excepción lógica de los vinculados con la “patria contratista” nacional, serviría para fortalecer la candidatura del porteño, ya que el grueso del electorado entendería muy bien que su propio nivel de vida depende en buena medida de la salud del sector privado. Sin embargo, desgraciadamente para Macri, parecería que en la Argentina abundan los convencidos de que los empresarios, en especial los financistas, son parásitos que se enriquecen a costa del pueblo y que por lo tanto hay que luchar contra ellos. Es éste el mensaje implícito que difunden los propagandistas del “modelo” kirchnerista. Dan a entender que el bienestar de la mayoría siempre es fruto de la intervención estatal y que, de alcanzar el poder una persona que no comparte dicha opinión, se dedicaría a privar a los trabajadores y quienes viven de subsidios de lo poco que aún tienen. Desde el punto de quienes piensan así, el que los índices bursátiles suban de golpe cuando los inversores creen tener motivos para suponer que la Argentina está en vísperas de un cambio drástico es motivo de alarma. Aunque muchos sospechan que, en el fondo, las ideas de Scioli acerca de la mejor forma de manejar la economía son muy similares a las de Macri, por ahora cuando menos el presidenciable oficialista, aguijoneado por el ministro de Interior y Transporte, Florencio Randazzo, que sueña con reemplazarlo, procura brindar la impresión de ser un enemigo jurado de todo cuanto sabe a liberalismo. Sucede que, le guste o no, el bonaerense tiene que privilegiar lo político por encima de lo meramente económico, ya que no se cree en condiciones de arriesgarse alejándose un solo milímetro del decálogo kirchnerista. La estrategia que ha elegido podría coronarse con éxito si en los escasos meses que nos separan de la jornada electoral la economía se mantiene más o menos como está, pero si experimenta una de sus crisis espasmódicas no le sería fácil ganar los votos que necesitaría para triunfar comprometiéndose a continuar, cueste lo que costare, el rumbo fijado por Cristina. En cuanto al hipotético pacto entre Macri y Massa que, para enojo aparente de los dos, sus respectivos operadores están tratando de impulsar, no se concretará mientras el jefe de Gobierno porteño se niegue a creer que, a menos que los líderes opositores cierren filas como harían en circunstancias parecidas sus equivalentes en otras latitudes, los kirchneristas podrían seguir gobernando por algunos años más. Puesto que a juicio de los inversores que operan en las bolsas dicha eventualidad significaría más inflación, más bancarrotas y mucho más pobreza, o sea, menos consumo, preferirían lo que les parece la alternativa menos mala actualmente existente, es decir, que triunfara Macri con el respaldo formal de una parte significante del peronismo bonaerense.


Cuando hablan los mercados, suelen expresarse en un idioma délfico que se presta a muchos malentendidos. Puede que la semana pasada las entidades así designadas no hayan querido decirnos que nada les complacería más que un acuerdo electoral entre Mauricio Macri y Sergio Massa, pero muchos atribuyeron la suba imprevista de las acciones no sólo en la bolsa porteña, donde el índice Merval trepó el 6,8%, sino también de los papeles argentinos en Nueva York, donde algunos aumentaron casi el 12%, a un rumor en tal sentido que pusieron en circulación el radical Ernesto Sanz y el massista Martín Redrado. Otra explicación sería que los inversores se dieron cuenta de que habían exagerado al reaccionar con tanto pesimismo frente a la presunta voluntad de Daniel Scioli de “profundizar el modelo” defendido por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner con la colaboración activa del actual ministro de Economía, Axel Kicillof, razón por la que los índices de la pequeña bolsa local se habían hundido en mayo. Sea como fuere, no cabe duda de que los mercados, es decir, los inversores, están mirando el espectáculo brindado por los presidenciables con una mezcla de temor y esperanza: temor a que un eventual presidente Scioli subordine todo a los intereses políticos y personales de Cristina, esperanza de que gane Macri quien, suponen, enseguida adoptaría una estrategia decididamente más favorable al sector privado que la del gobierno actual. En algunos países, el respaldo de los empresarios, con la excepción lógica de los vinculados con la “patria contratista” nacional, serviría para fortalecer la candidatura del porteño, ya que el grueso del electorado entendería muy bien que su propio nivel de vida depende en buena medida de la salud del sector privado. Sin embargo, desgraciadamente para Macri, parecería que en la Argentina abundan los convencidos de que los empresarios, en especial los financistas, son parásitos que se enriquecen a costa del pueblo y que por lo tanto hay que luchar contra ellos. Es éste el mensaje implícito que difunden los propagandistas del “modelo” kirchnerista. Dan a entender que el bienestar de la mayoría siempre es fruto de la intervención estatal y que, de alcanzar el poder una persona que no comparte dicha opinión, se dedicaría a privar a los trabajadores y quienes viven de subsidios de lo poco que aún tienen. Desde el punto de quienes piensan así, el que los índices bursátiles suban de golpe cuando los inversores creen tener motivos para suponer que la Argentina está en vísperas de un cambio drástico es motivo de alarma. Aunque muchos sospechan que, en el fondo, las ideas de Scioli acerca de la mejor forma de manejar la economía son muy similares a las de Macri, por ahora cuando menos el presidenciable oficialista, aguijoneado por el ministro de Interior y Transporte, Florencio Randazzo, que sueña con reemplazarlo, procura brindar la impresión de ser un enemigo jurado de todo cuanto sabe a liberalismo. Sucede que, le guste o no, el bonaerense tiene que privilegiar lo político por encima de lo meramente económico, ya que no se cree en condiciones de arriesgarse alejándose un solo milímetro del decálogo kirchnerista. La estrategia que ha elegido podría coronarse con éxito si en los escasos meses que nos separan de la jornada electoral la economía se mantiene más o menos como está, pero si experimenta una de sus crisis espasmódicas no le sería fácil ganar los votos que necesitaría para triunfar comprometiéndose a continuar, cueste lo que costare, el rumbo fijado por Cristina. En cuanto al hipotético pacto entre Macri y Massa que, para enojo aparente de los dos, sus respectivos operadores están tratando de impulsar, no se concretará mientras el jefe de Gobierno porteño se niegue a creer que, a menos que los líderes opositores cierren filas como harían en circunstancias parecidas sus equivalentes en otras latitudes, los kirchneristas podrían seguir gobernando por algunos años más. Puesto que a juicio de los inversores que operan en las bolsas dicha eventualidad significaría más inflación, más bancarrotas y mucho más pobreza, o sea, menos consumo, preferirían lo que les parece la alternativa menos mala actualmente existente, es decir, que triunfara Macri con el respaldo formal de una parte significante del peronismo bonaerense.

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