Los ricos quieren independizarse
A esta altura, nadie ignora que la crisis económica que afecta a virtualmente todos los países desarrollados podría significar el fin de la Eurozona debido a la brecha cada vez más amplia que separa a los alemanes y sus vecinos del norte por un lado y sus socios del sur mediterráneo por el otro y, tal vez, el de la Unión Europea misma. También plantea una amenaza a la integridad de algunos Estados nacionales, entre ellos el Reino Unido, Bélgica, Italia y España. Aunque parecería que el fervor independentista de los escoceses se ha reducido bastante debido a la conciencia renovada de que su país se ve beneficiado por los aportes económicos de los demás británicos –los problemas financieros gravísimos de Islandia e Irlanda han hecho menos atractiva la idea de que fuera de su interés optar por integrarse a un “arco de prosperidad” norteño–, en Bélgica, Italia y España los separatistas se saben más ricos y productivos que sus compatriotas y por lo tanto suponen que les convendría independizarse cuanto antes. Lo mismo que los alemanes que, por motivos comprensibles, son reacios a entregar cantidades colosales de dinero todos los años a los griegos, italianos y españoles para ahorrarles la necesidad de llevar a cabo reformas estructurales dolorosas, los flamencos, italianos de la Liga Norte y, más aún, los catalanes, además, huelga decirlo, de los vascos, se sienten perjudicados por la conducta a su juicio irresponsable, cuando no corrupta, de la gente de regiones que según ellos se aferran a modalidades políticas y sociales anticuadas. En tiempos tan difíciles como los que corren, es sin duda natural que los orgullosos de su propia cultura de trabajo se sientan frustrados por quienes, en su opinión, no la comparten. La semana pasada los nacionalistas catalanes celebraron una movilización multitudinaria en Barcelona, con la participación, según los organizadores, de más de dos millones de personas, para reclamar la independencia. Como ya es habitual en Cataluña, las consignas que llevaban las pancartas de los manifestantes estaban escritas en catalán e inglés, ya que los separatistas siempre han sido contrarios al empleo del castellano para comunicarse con el resto del mundo. Aunque el nacionalismo catalán es en el fondo cultural y tiene raíces históricas profundas, ha cobrado mucha fuerza últimamente debido a la gravísima crisis económica y social que está sufriendo España. A pesar de ser una de las comunidades más ricas y dinámicas del país, equiparable en dicho ámbito con la vasca, Cataluña ha tenido que pedirle al gobierno central un “rescate” de más de 5.000 millones de euros para mantenerse a flote, pero, como señalan los políticos locales, aporta mucho más a Madrid de lo que recibe, de ahí la deuda enorme que ha acumulado. Conforme a los defensores de la unidad española, empero, de independizarse, Cataluña no tardaría en depauperarse porque en tal caso se romperían las relaciones comerciales con el resto de España, planteo éste que pocos encuentran convincente; suponen que un eventual divorcio sería como el “de terciopelo” que fue protagonizado por los checos y eslovacos. Según las encuestas de opinión más recientes que se han difundido, más del 50% de los habitantes de Cataluña están a favor de la independencia aunque, claro está, una proporción aún mayor da por descontado que “el nuevo Estado” seguiría siendo un miembro pleno de la Unión Europea. Entienden que, desde el punto de vista de los comprometidos con el proyecto europeo, resultaría positiva la fragmentación de las naciones tradicionales puesto que supondría el traslado de más poder a Bruselas en detrimento de los gobiernos de los países relativamente grandes, pero voceros de la Comisión Europea insisten en que una hipotética declaración de independencia por parte de una región significaría la expulsión automática de la UE, aunque después podría pedir la adhesión que requeriría la unanimidad de todos los miembros actuales. Así las cosas, un veto español –o belga, italiano o británico– sería más que suficiente como para frustrar los planes de los catalanes o, lo que sería más probable, obligarlos a enfrentar un período acaso prolongado de negociaciones desagradables antes de ser readmitidos en la familia europea.
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