Los techos cada vez más bajos de nuestra educación
COLUMNISTAS
Hace apenas unas décadas, terminar el secundario era sólo una escala, en el camino hacia un título terciario o universitario. Nuestro país, como pocos, históricamente ha abierto sus puertas a propios y extraños. No hubo ni hay restricciones para poder acceder a la formación superior.
Tan generosa política siempre fue un símbolo de inclusión de nuestro sistema educativo. Así personas de toda clase social y hasta extranjeros encontraron en nuestro país un suelo fértil para alcanzar su preparación profesional.
Tal carácter distintivo ha sido motivo de orgullo -y también de luchas político-sociales- para generaciones enteras de argentinos que pudieron ver así cumplidos sus sueños personales.
Desde la época de “m’hijo el dotor”, el inmigrante de escasa formación y mucha capacidad de trabajo añoraba ver en su descendencia otra proyección de vida.
Así, con esfuerzo, el Nivel Medio era una etapa donde la exigencia en conocimientos generales de diferentes materias brindaba la base cognitiva y actitudinal para dar el gran salto a los estudios de grado.
Los tiempos han cambiando y hoy se lee, con perplejidad, que sólo una tercera parte del alumnado termina el secundario.
En efecto, con fecha 7/12/14 “Río Negro” informaba: “Sólo el 31% de los estudiantes rionegrinos termina el colegio secundario en los plazos previstos, otro 11% lo hace con demoras y el 58% restante abandona. Las cifras de la provincia son similares a las que se registran a nivel nacional en cuanto a desgranamiento, aunque está aumentando el índice de retención de un año a otro y alcanza tanto a escuelas públicas como privadas”.
Podría pensarse que ello se debe a una mayor exigencia en dicha etapa formativa, pero no. Muy por el contrario, se han eliminado las limitaciones al número de faltas que un alumno puede tener a lo largo del ciclo lectivo, se flexibilizaron exigencias sobre conocimientos adquiridos y se otorgan enormes facilidades a la hora de aprobar una materia.
Tamaña laxitud no ha logrado revertir los índices de abandono.
Según el reciente informe de la prueba Terce de la Unesco, Argentina dejó de ser el país con la menor tasa de abandono escolar en el último año de la escuela primaria en América Latina, al empeorar del 5,1 al 6,9% del alumnado entre el 2006 y el 2011.
Consultado que fuera el ministro de Educación, Alberto Sileoni, acerca de la suba de la tasa de abandono, recurrió a su inveterada práctica de compararse con países regionales de mitad de tabla para abajo.
Si a ello le sumamos que, conforme el relevamiento de la Unesco de quince países, Argentina se estancó en matemáticas y lengua del Nivel Primario y cayó del puesto sexto al noveno en lectura, la perspectiva no parece ser muy halagüeña.
Simultáneamente con ello, el gobierno nacional no hesita en crear más universidades públicas. Pocos meses atrás el kirchnerismo logró convertir en ley la estatización de la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo, una de las tantas casas de estudios en carpeta.
Se genera de dicho modo una verdadera paradoja. La de aumentar la estructura universitaria y la de decaer, en paralelo, la cantidad de estudiantes potenciales que podrían llegar acceder a dicho ámbito.
Si sólo el 30% de los alumnos egresa del secundario y, de éstos, una parte no prosigue sus estudios superiores, ¿cuántas personas llegarán a la universidad? Si de aquellos que ingresan a las diferentes facultades, sólo egresa un porcentaje menor, ¿cuántos profesionales tendremos el día de mañana para afrontar los cambios que propone la actualidad, sobre todo en ciencia y tecnología?
Cuando en otros países cercanos se pelea activamente por acceder a una formación pública y gratuita, en nuestro país dicho derecho adquirido no es ejercido.
Así se produce un corrimiento alarmante de los cielos que nos supo proponer la educación, para encontrarnos con techos cada vez más bajos. Hoy para muchos niños y jóvenes de nuestro país, terminar la primaria es un logro y la secundaria poco menos que una proeza.
Bajo una pretendida inclusión, el resultado excluyente a mediano plazo deviene inexorable.
Seguramente habrá múltiples cuestiones de fondo a atender para modificar tanto embrutecimiento a futuro.
Si la secundaria en la actualidad conserva algún grado de equilibrio, se debe a la tarea silenciosa de ciertos docentes y directivos que trabajan con denodada vocación.
En lo personal propugno que no se le sigan asestando tantas heridas de muerte a una secundaria de calidad. Cuando analizamos las causas del desgranamiento y del abandono, no se puede soslayar la desesperanza que implica para un adolescente tener que asistir a un lugar donde no hay clases o se pierden horas recurrentemente, donde no hay estímulos para la superación y donde, demagógicamente, no se defiende a la mayoría silenciosa que quiere hacer las cosas bien.
La educación, a la luz de tantos datos objetivos, no precisa de más dádivas.
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN
Abogado. Profesor nacional de Educación Física. marceloangriman@ciudad.com.ar
MARCELO ANTONIO ANGRIMAN