Macri y los empresarios
Puede que se hayan equivocado por completo los muchos kirchneristas, progresistas e izquierdistas que nos advierten que, con Mauricio Macri en la Casa Rosada, el país caerá en manos de los siniestros “poderes concentrados” de una especie de mafia empresaria que se dedicará a saquearlo para entonces dejarlo exánime. No es que Macri sea enemigo del sector privado, es que no le ha impresionado gratamente la conducta a través de los años de sus representantes actuales más conspicuos. Como dio a entender hace algunos meses luego de hablar con cierto desdén del “círculo rojo”, como llama al poder permanente o el establishment conformado por “una minoría sumamente politizada”, dijo que en su opinión demasiados empresarios son oportunistas que sólo piensan en sus intereses a corto plazo, cortesanos que “son personas que en un momento pueden estar muy a favor del gobierno y después pueden pasar a estar en contra”. Aleccionado por su propia experiencia tanto en el mundillo empresario como en sus años como jefe del Gobierno de la capital federal, es evidente que Macri desconfía de los “capitanes de la industria” locales, pero a diferencia de presidentes como Raúl Alfonsín en su momento y, últimamente, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, los conoce muy bien, lo que le supone una ventaja. Mientras que los Kirchner querían ver reemplazado el empresariado ya tradicional por una “burguesía nacional”, una aspiración que les sirvió de pretexto para comprometerse con la variante intrínsecamente corrupta y nada eficaz del libre mercado que suele calificarse de “capitalismo de los amigos”, Macri parece esperar que quienes llevan la voz cantante en el sector privado aprendan a comportarse como sus homólogos norteamericanos y europeos occidentales. No le gustan aquellos que están más interesados en congraciarse con el gobierno nacional que en ser competitivos produciendo bienes de buena calidad para venderlos a precios accesibles. No se trata de un detalle menor. Muchos empresarios se han acostumbrado a prestar más atención a su relación personal con funcionarios clave que a lo que en teoría debería ser su preocupación principal. Lo mismo que al grueso de los políticos, les parece natural el corporativismo que estaba de moda en la primera mitad del siglo pasado. Las consecuencias de tales actitudes están a la vista. La Argentina no cuenta con empresas capaces de competir con las europeas, norteamericanas o asiáticas. Operan como clientes del Estado que, si bien ayuda a mantenerlas con vida, les impide crecer. Es posible que Techint sea una excepción a esta regla deprimente, pero sucede que Macri no se lleva bien con el CEO de dicha empresa. En última instancia, el nivel de vida de los habitantes del país no depende de la solidaridad de sus gobernantes sino de la productividad del sector privado nacional. Suponer que la mejor manera de mejorarla consistiría en erigir barreras proteccionistas o repartir subsidios entre las diversas empresas por motivos supuestamente sociales, como es tradicional aquí, ha resultado ser un error estratégico muy grave. Al acostumbrarse a negociar con los dirigentes políticos con la esperanza de conseguir algunos beneficios coyunturales, demasiados empresarios se han resignado a la mediocridad. Que ello haya ocurrido puede comprenderse, ya que ningún hombre de negocios ignora que es mucho más fácil prosperar con la ayuda de funcionarios de lo que sería concentrarse en mejorar el desempeño de su empresa, pero no cabe duda de que la propensión a minimizar la importancia del mercado y dar prioridad al papel de los políticos ha contribuido mucho a la decadencia económica del país. Macri y los integrantes de los equipos que ha formado parecen estar convencidos de que sea posible que en los meses próximos el empresariado nacional cambie de mentalidad, lo que, entre otras cosas, permitiría que el gobierno contara con los recursos auténticos que necesitará para costear los programas sociales que se ha comprometido a conservar. Claramente entienden que, a menos que los empresarios logren emular a sus equivalentes del mundo desarrollado, la Argentina continuará perdiendo terreno, y que para que lo hagan sería imprescindible que reconocieran que ellos mismos han contribuido, tanto por comisión como por omisión, a la depauperación del país.
Puede que se hayan equivocado por completo los muchos kirchneristas, progresistas e izquierdistas que nos advierten que, con Mauricio Macri en la Casa Rosada, el país caerá en manos de los siniestros “poderes concentrados” de una especie de mafia empresaria que se dedicará a saquearlo para entonces dejarlo exánime. No es que Macri sea enemigo del sector privado, es que no le ha impresionado gratamente la conducta a través de los años de sus representantes actuales más conspicuos. Como dio a entender hace algunos meses luego de hablar con cierto desdén del “círculo rojo”, como llama al poder permanente o el establishment conformado por “una minoría sumamente politizada”, dijo que en su opinión demasiados empresarios son oportunistas que sólo piensan en sus intereses a corto plazo, cortesanos que “son personas que en un momento pueden estar muy a favor del gobierno y después pueden pasar a estar en contra”. Aleccionado por su propia experiencia tanto en el mundillo empresario como en sus años como jefe del Gobierno de la capital federal, es evidente que Macri desconfía de los “capitanes de la industria” locales, pero a diferencia de presidentes como Raúl Alfonsín en su momento y, últimamente, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, los conoce muy bien, lo que le supone una ventaja. Mientras que los Kirchner querían ver reemplazado el empresariado ya tradicional por una “burguesía nacional”, una aspiración que les sirvió de pretexto para comprometerse con la variante intrínsecamente corrupta y nada eficaz del libre mercado que suele calificarse de “capitalismo de los amigos”, Macri parece esperar que quienes llevan la voz cantante en el sector privado aprendan a comportarse como sus homólogos norteamericanos y europeos occidentales. No le gustan aquellos que están más interesados en congraciarse con el gobierno nacional que en ser competitivos produciendo bienes de buena calidad para venderlos a precios accesibles. No se trata de un detalle menor. Muchos empresarios se han acostumbrado a prestar más atención a su relación personal con funcionarios clave que a lo que en teoría debería ser su preocupación principal. Lo mismo que al grueso de los políticos, les parece natural el corporativismo que estaba de moda en la primera mitad del siglo pasado. Las consecuencias de tales actitudes están a la vista. La Argentina no cuenta con empresas capaces de competir con las europeas, norteamericanas o asiáticas. Operan como clientes del Estado que, si bien ayuda a mantenerlas con vida, les impide crecer. Es posible que Techint sea una excepción a esta regla deprimente, pero sucede que Macri no se lleva bien con el CEO de dicha empresa. En última instancia, el nivel de vida de los habitantes del país no depende de la solidaridad de sus gobernantes sino de la productividad del sector privado nacional. Suponer que la mejor manera de mejorarla consistiría en erigir barreras proteccionistas o repartir subsidios entre las diversas empresas por motivos supuestamente sociales, como es tradicional aquí, ha resultado ser un error estratégico muy grave. Al acostumbrarse a negociar con los dirigentes políticos con la esperanza de conseguir algunos beneficios coyunturales, demasiados empresarios se han resignado a la mediocridad. Que ello haya ocurrido puede comprenderse, ya que ningún hombre de negocios ignora que es mucho más fácil prosperar con la ayuda de funcionarios de lo que sería concentrarse en mejorar el desempeño de su empresa, pero no cabe duda de que la propensión a minimizar la importancia del mercado y dar prioridad al papel de los políticos ha contribuido mucho a la decadencia económica del país. Macri y los integrantes de los equipos que ha formado parecen estar convencidos de que sea posible que en los meses próximos el empresariado nacional cambie de mentalidad, lo que, entre otras cosas, permitiría que el gobierno contara con los recursos auténticos que necesitará para costear los programas sociales que se ha comprometido a conservar. Claramente entienden que, a menos que los empresarios logren emular a sus equivalentes del mundo desarrollado, la Argentina continuará perdiendo terreno, y que para que lo hagan sería imprescindible que reconocieran que ellos mismos han contribuido, tanto por comisión como por omisión, a la depauperación del país.
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