Maribel

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

EL DISPARADOR

Maribel tiene 28 años. Vive donde nació, en Ventanilla, una hora al noroeste de Lima. Como la mayor parte de la población de ese rincón peruano, ella dispone de escasos recursos económicos. Esa carencia, naturalizada, no fue un impedimento para ser una luchadora.

“Fue difícil aceptarlo, pero hay que ser realista”. Con frases cortas, habla un rato largo. Y solo una vez mencionará a la… Es como si nombrarla fuera invocarla. “Se puede combatir, con esfuerzo”.

Maribel tiene dos hijos, de tres y cinco años. Hace dos que, progresivamente, se empezó a sentir mal. Primero, le costó un poco respirar. En rigor, no tenía síntomas evidentes de nada grave. Pero ella, un poco por intuición y otro tanto porque había trabajado de enfermera, sospechó que algo no andaba bien.

Fue al hospital. El diagnóstico fue chocante. “No lo podía creer. Que te digan ‘tienes…’. Por mis hijos lloraba, claro”. Se lo informó el médico: “Tenía una tuberculosis multirresistente, que rechaza las drogas tradicionales y que iba a requerir mínimo dos años de tratamiento”.

Ya no volverá a pronunciar el nombre de la enfermedad, que en la instancia inicial acarrea un alto riesgo de contagio. En ese momento, sus hijos tenían uno y tres años. “No los pude abrazar por un año”. El lamento y el dolor acompañan su recuerdo.

El cuerpo acompaña su relato. Pareciera, por un momento, que se va a desinflar. Y coincide con lo que va a decir. “Pensé que iba a perder la esperanza, que no iba a poder”. Levanta la mirada, en un movimiento lento, y endereza la espalda, aunque no del todo. “Mi esposo me apoyó mucho y seguí adelante. Eso ayudó, sola no hubiese podido”. Sentía vergüenza y pavura de que la gente supiera lo que le pasaba. “No iba a tener más trabajo”.

Amenazada por el miedo, no se paralizó. Empezó a tomar catorce pastillas por día. “No fue fácil, sentía no poder. Pero pensaba en mis hijos y por ellos lo hice”. Cada mañana, cada tarde, intentaba no quedarse echada en la cama. Al menos, pararse y caminar, aunque no hiciera nada concreto. “Me ponía de pie. Claro que con miedo de que mis hijos se acercaran. Era terrible”.

Con el paso de los meses, salió de la etapa de contagio. El ánimo se fue robusteciendo. Tanto, que pidió un microcrédito. Se lo dieron. Entonces organizó una tienda en el garaje de la casa de sus suegros. Por eso, cada día, sale a las cuatro de la mañana, con su marido, en una motito. Van al mercado a comprar fruta y verdura. Vuelven, buscan a sus dos hijos y van hasta la tienda. Luego, el hombre se va a su trabajo.

Ella abre el negocio y se queda para atender a la gente. Como ahora, que está en la tienda repasando su historia. Eso sí, cada vez que entra algún cliente, se apaga el tono de su voz. O deja de hablar. No hace la más mínima referencia a la enfermedad, y mucho menos menciona la maldita palabra. “Si no, la gente va a dejar de venir”.

Maribel está feliz de recorrer el tramo final del tratamiento, de llegar a la puerta de salida de la tuberculosis multirresistente. “Ha sido bien difícil aguantar siete meses de ampollas, las pastillas, las nauseas, no podía dormir… La he combatido con bastante esfuerzo. Hay mucha gente que se muere por… esto”.


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