Mata Hari, la otra historia
Pat Shipman reconstruye en “Mata Hari. Espía, víctima, mito” la otra cara de la mujer que se ganó fama de amante despiadada.
El libro “Mata Hari. Espía, víctima, mito”, de Pat Shipman, diluye la imagen despiadada reproducida una y otra vez sobre la legendaria espía para resaltar la vida de una mujer que respondió al dictado de sus propios deseos según las circunstancias, alejada de cualquier intento de heroísmo. Considerada la mujer más deseada de París, en 1908 Mata Hari fue declarada Estrella de la danza. Tenía 30 años, era una excelente políglota y entre sus conquistas se sumaban diplomáticos, nobles y militares de varios países, entre ellos, un aristocrático oficial alemán que presentarían más tarde los franceses como el principio de sus contactos con el enemigo. Margaretta Zelle (1876), tal su verdadero nombre, fue la favorita de su padre, un comerciante que luego de graves pérdidas económicas se divorció de su esposa y dejó a sus cuatro hijos a la deriva. Ella era una jovencita cuando sufrió el abandono de su padre; así pasó, bruscamente, de niña mimada a tener que enfrentarse con la dureza de la vida, que la marcó para siempre. El capitán Rudolf MacLeod, de 39 años, escribió un anuncio buscando esposa y con sólo 17 la joven le contestó. Se casaron a los pocos días pero la unión trastabilló de entrada: era un hombre sin dinero, mujeriego y celoso. Sin embargo, ella quedó embarazada y ambos partieron a las Indias holandesas. Ahí tuvo también una hija, pero el matrimonio hacía agua y las cosas empeoraron con la muerte repentina del niño. Cuando ambos se divorciaron, y después de un tiempo de peleas, la hija quedó con su padre, pero no llegó a cumplir 22 años. Para entonces, en 1902, Margaretta cambió su nombre por el de Lady Gresha MacLeod y se marchó a París, donde decía que era viuda de un soldado. Luego comenzó a trabajar en un circo ecuestre y se convirtió en una eximia bailarina, un arma de seducción que no dejó de utilizar en su relación con los hombres ya que ese atributo completó la imagen de una mujer alta, seductora y sin escrúpulos. La primera representación de Margaretha como Mata Hari fue en el Museo Guimet. Un periodista escribió: “Se viste con un tocado como el de un pavo real, símbolo de Dios, lleva una espada afilada en el puño, un kris entre los dientes, y de un cinturón reluciente cuelgan de sus caderas telas transparentes estampadas con el emblema del pájaro divino…”. Después actuó en el teatro Olympia y empezó a bailar por toda Europa. Se volvió tan popular que entre 1905 y 1906 se publicó una serie de postales que la mostraban en plena danza. Al tiempo que iba de éxito en éxito coleccionaba amantes que la ayudaban en su carrera o le hacían generosos regalos en dinero y joyas. Era habitual gastar mucho más de lo que tenía, pero siempre salía adelante con un nuevo amante. La llegada de la Primera Guerra Mundial trastocó su vida alocada ya que “en 1914 se estaba imponiendo en toda Europa un estilo más oscuro y puritano y los días de vida exuberante estaban llegando a su fin”, escribe Shipman en el libro publicado por Edhasa. Al ser oriunda de un país neutral durante la guerra, Mata Hari no tuvo problemas para ir de Berlín a Francia detrás de amantes ocasionales que reforzaban sus finanzas, entonces amenazadas. En 1916 se enamoró profundamente de un oficial ruso dieciocho años más joven, Vladimir de Masloff, su querido “Vadine”, quien se distanció de ella cuando, ya detenida, fue interrogado sobre su relación. Mata Hari fue víctima de una trampa tendida por el director de la inteligencia francesa para hacerla pasar por agente alemán. El interrogador y el fiscal también trabajaron para condenarla y con pruebas endebles la acusaron de espía. Ante el pelotón de fusilamiento murió con dignidad y valor el 15 de octubre de 1917. La evidencia de su culpabilidad se desvanece a lo largo de la investigación de Shipman, que emprende un detallado recorrido para desenredar la madeja de un caso que acaparó la atención pública. “Una de mis fuentes principales –escribe Shipman en el prólogo– ha sido la correspondencia disponible de Mata Hari”, al igual que las traducciones del francés y del holandés. “Ella misma fue una creación de principio a fin, un personaje en una obra que continuamente reescribía”. (Télam)