Mauricio y Lilita

Redacción

Por Redacción

De haberse producido un par de años antes, hubiera motivado asombro la decisión de Mauricio Macri y Elisa Carrió de aliarse para disputar juntos la candidatura presidencial en las primarias previstas para agosto, pero sucede que desde la reelección de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner mucho ha cambiado en el país, tanto que, para sorpresa de sus adherentes más dogmáticos, la diputada fogosa dejaría de cubrir de insultos al jefe del gobierno porteño para comenzar a aludir a la conveniencia de contribuir con su ayuda a la formación de un frente común antikirchnerista. En efecto, parecería que, luego de convencerse de que el aglomerado presuntamente centroizquierdista Unen no contaría con un precandidato capaz de competir con el trío conformado por Daniel Scioli, Sergio Massa y Macri que encabezaba todas las encuestas, “Lilita” Carrió llegó a la conclusión de que, por ser el porteño el menos malo de los tres, sería mejor acercarse a él de lo que resultaría resignarse a que el país siguiera en manos de militantes de un movimiento a su entender congénitamente inescrupuloso que, con la participación de kirchneristas o sin ella, continuarían dedicándose a repartir los frutos de la corrupción. Puede que la chaqueña confíe en triunfar en la interna que se ha propuesto o, por lo menos, que lo diga a quienes se sienten comprometidos con lo que toman por un “espacio” progresista y por lo tanto incompatible con cualquier variante del liberalismo económico pero, a juicio de virtualmente todos, el más beneficiado por el arreglo será Macri, puesto que en adelante le será más fácil asegurarse el apoyo de radicales y afines en el interior del país. No se equivoca la gente del Pro que atribuye la hostilidad vehemente de la Carrió de antes hacia Macri a prejuicios ideológicos penosamente anticuados. Por sus propios motivos, tanto los populistas como los progresistas que dominan el debate político local se oponen instintivamente a dirigentes que, a diferencia de ellos, no hablan pestes del “neoliberalismo” o sienten desprecio por todo lo vinculado con el sector privado. Aunque conforme a las normas imperantes en buena parte de Europa, América del Norte, Australia y Japón, o sea, en los países desarrollados, Macri siempre ha sido un centrista moderado, aquí, hasta los peronistas se acostumbraron a ubicarlo en algún lugar de la derecha extrema. Felizmente para Macri, el grueso del electorado porteño no prestó demasiada atención a las diatribas en su contra pronunciadas por políticos e intelectuales que, como Carrió en una encarnación anterior, lo trataban como un símbolo del mal absoluto. Aunque su gestión como jefe de gobierno de la Capital Federal haya tenido sus bemoles, la mayoría de los porteños la considera digna. Caso contrario, Macri no figuraría entre los presidenciables. Una asignatura pendiente de la democracia argentina tiene que ver con la incapacidad de la clase política nacional para formar partidos amplios como los existentes en Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania y otros países avanzados. Se trata de una deficiencia que algunos atribuyen al “narcisismo de las pequeñas diferencias” denunciada por Freud y otros al dogmatismo sectario de demasiados dirigentes. Sea como fuere, a esta altura no cabe duda de que la inflación política así manifestada ha tenido consecuencias muy negativas. Por resultar ser muy precarias todas las coaliciones que se han ensayado, les ha sido muy difícil continuar gobernando en circunstancias adversas, mientras que el remedio tácitamente elegido, el personalismo exagerado, suele ser peor que la enfermedad misma. Tiene razón el líder radical Ernesto Sanz cuando dice, al elogiar el pacto de Carrió con Macri, que “la Argentina necesita de amplios acuerdos”, pero sólo se trata de un comienzo. Para poner fin a la alternancia ya rutinaria de etapas de gobiernos caudillistas “fuertes” como los de Carlos Menem y los Kirchner, con otros débiles, producto de una reacción popular contra los abusos sistemáticos que siempre cometen los regímenes unipersonales en los que “la lealtad” presupone la complicidad con corruptos, el país precisaría acuerdos un tanto menos pasajeros que el que acaba de sellar, para indignación de muchos ya expartidarios, una de las fundadoras del frente progresista Unen con el líder de Pro.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 6 de febrero de 2015


De haberse producido un par de años antes, hubiera motivado asombro la decisión de Mauricio Macri y Elisa Carrió de aliarse para disputar juntos la candidatura presidencial en las primarias previstas para agosto, pero sucede que desde la reelección de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner mucho ha cambiado en el país, tanto que, para sorpresa de sus adherentes más dogmáticos, la diputada fogosa dejaría de cubrir de insultos al jefe del gobierno porteño para comenzar a aludir a la conveniencia de contribuir con su ayuda a la formación de un frente común antikirchnerista. En efecto, parecería que, luego de convencerse de que el aglomerado presuntamente centroizquierdista Unen no contaría con un precandidato capaz de competir con el trío conformado por Daniel Scioli, Sergio Massa y Macri que encabezaba todas las encuestas, “Lilita” Carrió llegó a la conclusión de que, por ser el porteño el menos malo de los tres, sería mejor acercarse a él de lo que resultaría resignarse a que el país siguiera en manos de militantes de un movimiento a su entender congénitamente inescrupuloso que, con la participación de kirchneristas o sin ella, continuarían dedicándose a repartir los frutos de la corrupción. Puede que la chaqueña confíe en triunfar en la interna que se ha propuesto o, por lo menos, que lo diga a quienes se sienten comprometidos con lo que toman por un “espacio” progresista y por lo tanto incompatible con cualquier variante del liberalismo económico pero, a juicio de virtualmente todos, el más beneficiado por el arreglo será Macri, puesto que en adelante le será más fácil asegurarse el apoyo de radicales y afines en el interior del país. No se equivoca la gente del Pro que atribuye la hostilidad vehemente de la Carrió de antes hacia Macri a prejuicios ideológicos penosamente anticuados. Por sus propios motivos, tanto los populistas como los progresistas que dominan el debate político local se oponen instintivamente a dirigentes que, a diferencia de ellos, no hablan pestes del “neoliberalismo” o sienten desprecio por todo lo vinculado con el sector privado. Aunque conforme a las normas imperantes en buena parte de Europa, América del Norte, Australia y Japón, o sea, en los países desarrollados, Macri siempre ha sido un centrista moderado, aquí, hasta los peronistas se acostumbraron a ubicarlo en algún lugar de la derecha extrema. Felizmente para Macri, el grueso del electorado porteño no prestó demasiada atención a las diatribas en su contra pronunciadas por políticos e intelectuales que, como Carrió en una encarnación anterior, lo trataban como un símbolo del mal absoluto. Aunque su gestión como jefe de gobierno de la Capital Federal haya tenido sus bemoles, la mayoría de los porteños la considera digna. Caso contrario, Macri no figuraría entre los presidenciables. Una asignatura pendiente de la democracia argentina tiene que ver con la incapacidad de la clase política nacional para formar partidos amplios como los existentes en Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania y otros países avanzados. Se trata de una deficiencia que algunos atribuyen al “narcisismo de las pequeñas diferencias” denunciada por Freud y otros al dogmatismo sectario de demasiados dirigentes. Sea como fuere, a esta altura no cabe duda de que la inflación política así manifestada ha tenido consecuencias muy negativas. Por resultar ser muy precarias todas las coaliciones que se han ensayado, les ha sido muy difícil continuar gobernando en circunstancias adversas, mientras que el remedio tácitamente elegido, el personalismo exagerado, suele ser peor que la enfermedad misma. Tiene razón el líder radical Ernesto Sanz cuando dice, al elogiar el pacto de Carrió con Macri, que “la Argentina necesita de amplios acuerdos”, pero sólo se trata de un comienzo. Para poner fin a la alternancia ya rutinaria de etapas de gobiernos caudillistas “fuertes” como los de Carlos Menem y los Kirchner, con otros débiles, producto de una reacción popular contra los abusos sistemáticos que siempre cometen los regímenes unipersonales en los que “la lealtad” presupone la complicidad con corruptos, el país precisaría acuerdos un tanto menos pasajeros que el que acaba de sellar, para indignación de muchos ya expartidarios, una de las fundadoras del frente progresista Unen con el líder de Pro.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora