MEDIOMUNDO: Series

Redacción

Por Redacción

Es una escena aparentemente tonta pero llena de significado. Sucede en «Lost», cuando tres de los protagonistas de la serie, liderados por el gran Hugo, hacen andar una vieja combi de pasajeros luego de lanzarla cerro abajo. Aun a riesgo de sus vidas consiguen pasear en círculos en un automóvil que se cae a pedazos. Por un momento se olvidan de que están atrapados en una isla, a merced de un grupo de fanáticos, correteados por osos polares y mecanismos sumamente agresivos que no tienen compasión. Es más, creo que mientras reían y torneaban el volante, ese grupo de actores también se olvidó de que estaba actuando.

Un auto viejo no puede llevarte a cualquier lugar, ni un hecho tan simple convertirte en el rey de ningún imperio, pero el sólo acto de conectarte con un juego, una sonrisa, un desafío por breve que sea es capaz de volverte una persona distinta. De abrir la ventana hacia una perspectiva que no estaba en los papeles.

Y así como una típica serie norteamericana transporta un argumento en favor de la frugalidad, la serie misma representa un punto de escape. Es por eso, y por algunas otras cosas, que algunos de los programas se van volviendo compañeros indispensables y hasta un poco adictivos.

No logro entender qué filosofía subyacente exista detrás de todo el vendabal de imágenes, diálogos y situaciones, pero acepto que el placer ocurre. El talento humano para revisar un puñado de ideas y darle un giro excepcional en un formato como el televisivo es un hecho que escapa a determinados razonamientos.

Es que aun estando lejos, las series americanas nos hablan de lo que permanece cerca. Yo mismo tengo una automóvil para 12 pasajeros muy similar al que se ve en la serie. También anda a los tumbos y después de casi 30 años de ajetreo parece a punto de dar su último suspiro. Un mecánico, mi tozudez y la fe de mis hijos consiguen que continúe acumulando kilómetros en el tablero.

Nunca creí tener nada que ver con Nueva York hasta el día en que la conocí la Gran Manzana desde la perspectiva de un taller en la serie «Taxi», ni con un hospital de guerra hasta que llegó MASH a las 12 de la noche a mi pantalla blanco y negro de 14 pulgadas. Hay una diferencia sustancial entre los propósitos de un producto televisivo y la realidad, de acuerdo. Sin embargo, no estoy convencido de que a veces cotidianeidad e imaginario no se asemejen de manera muy interesante.

La televisión aunque contradictoria, dinámica hasta la estupidez y repetitiva, seguirá siendo un espejo y una forma de redención. También de alivio. No creo haber sido el primer ni el último niño que apagó sus horas de soledad con una novela mexicana. O el estudiante ya maduro que se obsesionó con «Picos Gemelos». O el adulto que ha dedicado sus ratos libres a repasar la primera temporada de «Los Sopranos».

Como los libros, como la música, como los recitales en vivo, como el ritual de visitar una restaurante los fines de semana, ver series posee su propio conjuro. Justo antes de comenzar el próximo capítulo, con una pizza en la mano y una cerveza en la hora, cuando ya se hace de noche, y mañana hay tanto por hacer, una serie pulsa teclas profundas en el motor que regula nuestra energía.

Lo pueril se vuelve esencial, eterno y poderoso.

 

CLAUDIO ANDRADE

viejolector@yahoo.com

 


Es una escena aparentemente tonta pero llena de significado. Sucede en "Lost", cuando tres de los protagonistas de la serie, liderados por el gran Hugo, hacen andar una vieja combi de pasajeros luego de lanzarla cerro abajo. Aun a riesgo de sus vidas consiguen pasear en círculos en un automóvil que se cae a pedazos. Por un momento se olvidan de que están atrapados en una isla, a merced de un grupo de fanáticos, correteados por osos polares y mecanismos sumamente agresivos que no tienen compasión. Es más, creo que mientras reían y torneaban el volante, ese grupo de actores también se olvidó de que estaba actuando.

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