Mercados incontrolables

Redacción

Por Redacción

A todos los gobiernos del mundo les gustaría subordinar lo económico a lo político, o sea a su propia voluntad para ponerlo al servicio de sus intereses, pero los resultados de los muchos esfuerzos en tal sentido han sido magros, cuando no contraproducentes. Si bien desde el derrumbe en septiembre del 2008 del banco de inversiones Lehman Brothers se ha hablado incesantemente de la necesidad urgente de regular los mercados financieros, éstos no se han visto perturbados por las declaraciones conjuntas firmadas por los asistentes a las reuniones del G20 u otros foros; de lo contrario, los problemas fiscales de países pequeños como Grecia, Portugal e Irlanda no estarían provocando olas de pánico en las bolsas principales del mundo o afectando negativamente a los demás integrantes de la Unión Europea. Es de prever que resulten ser igualmente vanos los intentos de los políticos de manejar los precios internacionales de los alimentos que, felizmente para nosotros, han aumentado mucho en los años últimos. Se trata de un tema favorito del presidente francés Nicolas Sarkozy que cree, con razón, que las convulsiones que están agitando a los países árabes se deben en buena medida al impacto del alza abrupta del precio del trigo que necesitan importar. Aunque en París acaba de celebrarse una cumbre en que los integrantes del G20 aceptaron tomar medidas que, esperan, sirvan para frenar la especulación en alimentos, sorprendería que tuvieran el efecto deseado. Mal que les pese a los europeos, si lo que quieren es proteger a sus vecinos árabes de las embestidas que les está asestando el mercado internacional de granos, tendrían que hacerlo entregándoles subsidios de muchos miles de millones de euros, una alternativa que, por motivos comprensibles, pocos estarían dispuestos a adoptar. La razón básica del boom de los commodities agrícolas que tanta inquietud está ocasionando en Europa y el Oriente Medio pero que para nosotros ha resultado ser fundamental no constituye un misterio. Se trata de la consecuencia lógica y por lo tanto previsible del aumento notable del poder de compra de una proporción sustancial de los más de 2.000 millones de habitantes de China y la India. Los asiáticos se han transformado en consumidores tan voraces como los occidentales y, lo mismo que los norteamericanos y europeos, no se conforman con meramente subsistir puesto que por fin poseen los medios que les permiten enriquecer su dieta. Así, pues, se ha roto el equilibrio antes existente entre la demanda y la oferta. Aunque nuestro país, Brasil y muchos otros están produciendo cada vez más, el consumo de China y, en menor medida, de la India se ha incrementado a un ritmo todavía más rápido, de ahí los problemas enfrentados por países que no están en condiciones de competir económicamente con ellas. Para que los precios de los alimentos bajaran a un nivel compatible con los recursos que son capaces de generar los países más atrasados –eventualidad que por supuesto no nos beneficiaría–, tendría que aumentar mucho la productividad del campo no sólo aquí sino también en el resto del mundo. Es probable que ello ocurra, pero no lo es que sea suficiente como para cambiar el panorama en los años próximos a menos que los gigantes asiáticos experimenten crisis devastadoras. Tampoco puede preverse que los países árabes y otros de características similares consigan mejorar la productividad sumamente reducida de sus propios sectores agrícolas. Otro factor que es necesario tomar en cuenta consiste en el uso de maíz y caña de azúcar para producir biocombustibles, sobre todo en Estados Unidos, donde ha sido decisiva la voluntad de depender menos de importaciones de petróleo procedentes de países poco amigables como Venezuela o de escasa confiabilidad como Arabia Saudita. Si bien las iniciativas norteamericanas en tal sentido no han perjudicado a los países árabes petroleros que han podido exportar más a China, han contribuido a agravar los problemas ya muy graves de Egipto y Siria, una consecuencia no prevista de una decisión estratégica que se tomó con el propósito de alejar a Estados Unidos del avispero que es el Oriente Medio. En vista de la importancia para el electorado norteamericano del precio de los combustibles, es mínima la posibilidad de que abandonen los programas que están en marcha.


A todos los gobiernos del mundo les gustaría subordinar lo económico a lo político, o sea a su propia voluntad para ponerlo al servicio de sus intereses, pero los resultados de los muchos esfuerzos en tal sentido han sido magros, cuando no contraproducentes. Si bien desde el derrumbe en septiembre del 2008 del banco de inversiones Lehman Brothers se ha hablado incesantemente de la necesidad urgente de regular los mercados financieros, éstos no se han visto perturbados por las declaraciones conjuntas firmadas por los asistentes a las reuniones del G20 u otros foros; de lo contrario, los problemas fiscales de países pequeños como Grecia, Portugal e Irlanda no estarían provocando olas de pánico en las bolsas principales del mundo o afectando negativamente a los demás integrantes de la Unión Europea. Es de prever que resulten ser igualmente vanos los intentos de los políticos de manejar los precios internacionales de los alimentos que, felizmente para nosotros, han aumentado mucho en los años últimos. Se trata de un tema favorito del presidente francés Nicolas Sarkozy que cree, con razón, que las convulsiones que están agitando a los países árabes se deben en buena medida al impacto del alza abrupta del precio del trigo que necesitan importar. Aunque en París acaba de celebrarse una cumbre en que los integrantes del G20 aceptaron tomar medidas que, esperan, sirvan para frenar la especulación en alimentos, sorprendería que tuvieran el efecto deseado. Mal que les pese a los europeos, si lo que quieren es proteger a sus vecinos árabes de las embestidas que les está asestando el mercado internacional de granos, tendrían que hacerlo entregándoles subsidios de muchos miles de millones de euros, una alternativa que, por motivos comprensibles, pocos estarían dispuestos a adoptar. La razón básica del boom de los commodities agrícolas que tanta inquietud está ocasionando en Europa y el Oriente Medio pero que para nosotros ha resultado ser fundamental no constituye un misterio. Se trata de la consecuencia lógica y por lo tanto previsible del aumento notable del poder de compra de una proporción sustancial de los más de 2.000 millones de habitantes de China y la India. Los asiáticos se han transformado en consumidores tan voraces como los occidentales y, lo mismo que los norteamericanos y europeos, no se conforman con meramente subsistir puesto que por fin poseen los medios que les permiten enriquecer su dieta. Así, pues, se ha roto el equilibrio antes existente entre la demanda y la oferta. Aunque nuestro país, Brasil y muchos otros están produciendo cada vez más, el consumo de China y, en menor medida, de la India se ha incrementado a un ritmo todavía más rápido, de ahí los problemas enfrentados por países que no están en condiciones de competir económicamente con ellas. Para que los precios de los alimentos bajaran a un nivel compatible con los recursos que son capaces de generar los países más atrasados –eventualidad que por supuesto no nos beneficiaría–, tendría que aumentar mucho la productividad del campo no sólo aquí sino también en el resto del mundo. Es probable que ello ocurra, pero no lo es que sea suficiente como para cambiar el panorama en los años próximos a menos que los gigantes asiáticos experimenten crisis devastadoras. Tampoco puede preverse que los países árabes y otros de características similares consigan mejorar la productividad sumamente reducida de sus propios sectores agrícolas. Otro factor que es necesario tomar en cuenta consiste en el uso de maíz y caña de azúcar para producir biocombustibles, sobre todo en Estados Unidos, donde ha sido decisiva la voluntad de depender menos de importaciones de petróleo procedentes de países poco amigables como Venezuela o de escasa confiabilidad como Arabia Saudita. Si bien las iniciativas norteamericanas en tal sentido no han perjudicado a los países árabes petroleros que han podido exportar más a China, han contribuido a agravar los problemas ya muy graves de Egipto y Siria, una consecuencia no prevista de una decisión estratégica que se tomó con el propósito de alejar a Estados Unidos del avispero que es el Oriente Medio. En vista de la importancia para el electorado norteamericano del precio de los combustibles, es mínima la posibilidad de que abandonen los programas que están en marcha.

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